No cabe la menor duda que nuestro planeta se está calentando. Tampoco existen cuestionamientos sobre la responsabilidad que tienen los gases de efecto invernadero en el proceso. Finalmente, estamos también seguros que las emisiones de dichos compuestos son responsabilidad de nuestra humanidad, en particular de la quema de combustibles fósiles y en menor medida del cambio de uso de suelo. En otras palabras, los seres humanos estamos cambiando el clima global a una velocidad sin precedentes en la historia terrestre.
Los impactos de lo anterior ya se están dejando ver en una plétora de sectores. Pérdidas en la producción agrícola por extremos climáticos, un aumento en la intensidad de los huracanes —Otis es la última gran tragedia al respecto—, incremento en el nivel del mar y con ello inundaciones masivas en zonas costeras, mayor incidencia de plagas forestales, más enfermedades transmitidas por vectores (p. ej. mosquitos), por mencionar unos cuantos. Para darnos una idea, en 2022 el costo de los desastres causados por el cambio climático fue de 165 000 millones de dólares, haciendo a este año el tercero más costoso en toda la historia reciente.
Frente a esta situación, la posición lógica, racional y humanitaria es replantear nuestro sistema económico y tratar de descarbonizar la economía. Se trata de permitir el desarrollo económico, pero alejarlo de los combustibles fósiles, buscando el reemplazo energético por fuentes renovables y de menor emisión de gases de efecto invernadero. Este ha sido el camino que están siguiendo varios países, que han visto una reducción de sus emisiones en la última década. Ejemplo de ello son Estados Unidos, Japón, Reino Unido, Francia, por mencionar algunos. México se encontraba en este mismo camino, y pese a una rápida alza en las emisiones durante 2000-2009, logró estabilizar las mismas durante 2010-2019 e inclusive ver una disminución durante 2020-2021.1
No obstante, el rumbo en materia energética cambió durante los últimos 5 años. Nuestro país decidió limitar las opciones de energías renovables y volver a los combustibles fósiles. En particular, se optó por invertir en una refinería gigantesca de petróleo: el proyecto Dos Bocas. Pese a las críticas internacionales, a la presión social y ambiental, el megaproyecto sigue en pie y se espera que produzca hasta 290 000 barriles de gasolinas al día. Se anuncia como una inversión con un gran retorno, que permitirá a México reducir su dependencia de gasolinas de otros países. En lugar de invertir en energía limpia (que también nos da independencia energética), decidimos volver cuarenta años al pasado.
Ahora bien, los economistas han creado una métrica monetaria para poder evaluar el impacto que tienen las emisiones de dióxido de carbono. El llamado “costo social del CO2” es una útil herramienta para darle un valor a los impactos ambientales de cada tonelada adicional de CO2 que emitimos. En este caso, podemos utilizar este concepto para calcular lo que significará en costos económicos el impacto ambiental de Dos Bocas.

Partamos del supuesto que la planta genere los 290 000 barriles gasolina diarios que se espera. Cada uno de estos emitirá en promedio 350 kg de dióxido de carbono a la atmósfera2 en todo su procesamiento en la matriz energética. Recientemente, el gobierno de Estados Unidos reestableció el Grupo Intersecretarial sobre el Costo Social de las Emisiones de Gases de Efecto Invernadero. Dicho grupo fijó un costo social del CO2 de 51 dólares por tonelada.3 En otras palabras, utilizando el costo social del CO2 fijado por el gobierno de Estados Unidos, estamos hablando de un impacto de 5 millones de dólares diarios o 1900 millones de dólares por año. Considerando, los valores reportados extremos en la literatura, Dos Bocas tendría un impacto anual entre 1500 y 15 000 millones de dólares, con una estimación central de 6800 millones de dólares. Si el costo final de la refinería es de 17 000 millones de dólares, esto quiere decir que, si utilizamos el valor central del costo social del CO2 reportado en la literatura, en tres años alcanzaremos un costo climático mayor que la misma construcción del proyecto. Asumiendo un costo social del CO2 conservador, nos tardaríamos poco menos de una década.4
Es momento de que, como sociedad, empecemos a ligar las decisiones que tomamos en un sitio con las consecuencias que suceden en otro. Si queremos plantas como Dos Bocas, entonces también debemos estar dispuestos a aceptar impactos como Otis,5 sequías intensas que hemos tenido, y los impactos por riesgos físicos crónicos. Estos riesgos son, por ejemplo, los causados por aumentos en las temperaturas, cambios en los patrones de precipitación e incrementos en el nivel del mar. Es importante tener en cuenta que a pesar de que los impactos por eventos extremos son muy importantes y reciben mucha atención mediática, se estima que alrededor del 90 % de los costos económicos del cambio climático ocurrirán por riesgos físicos crónicos. Si seguimos carbonizando la economía, debemos entonces también aceptar crecientes retos en aspectos como manejo del agua, salud pública, seguridad alimentaria, biodiversidad y productividad laboral. Desde nuestro punto de vista, estamos pagando un precio demasiado alto, no sólo económico, sino también social. Creemos que se necesita otra dirección para la política energética nacional, una con miras al futuro y a las generaciones que siguen.
Guillermo N. Murray Tortarolo
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad
Francisco Estrada Porrúa
Coordinador del Programa de Investigación en Cambio Climático
1 Si bien esta disminución se debió a la pandemia.
2 Asumiendo que cada litro de gasolina emite 2.3 kg de CO2.
3 Es esencial contar con esta medición, aunque el valor es algo conservador en comparación con un estudio reciente que lo ubica en un rango de 44 a 413 dólares, con un valor central de 185 dólares.
4 Algunos economistas han fijado el valor en precios incluso mayores a 1000 dólares por tonelada.
5 Cuyo impacto estimado le costará al país alrededor de 3400 millones de dólares.