A finales del siglo pasado surgieron tendencias orientadas a contrarrestar los efectos del modelo económico lineal, caracterizado por el ciclo de tomar-usar-desechar recursos e insumos aparentemente inagotables. Esta práctica resultó en una creciente demanda de recursos y en la acumulación de residuos causando daños ambientales y sociales inconmensurables. En respuesta a estas prácticas, surgieron diferentes propuestas que prometían cambiar la voracidad de nuestro modelo económico, como la economía verde, la economía azul y los bonos de carbono. Sin embargo, estas propuestan han enfrentado desafíos significativos en su camino hacia un cambio real y sostenible. Décadas después de su concepción, es evidente que no hemos logrado realmente una economía global que refleje reducciones significativas en las emisiones de gases de efecto invernadero, un uso eficiente de los recursos y una inclusión social efectiva. Por ello, en este texto emprendo una exploración de estas propuestas, evaluando su capacidad para abordar las actuales problemáticas económicas y medioambientales, así como su papel en la promoción de la justicia social. El propósito de este análisis es determinar si en estas propuestas reposa la clave para forjar un futuro verdaderamente sostenible y equitativo.

Perspectivas económicas desde una óptica ecológica
El concepto de economía verde fue presentado en 1989 por David Pearce, Anil Markandya y Edward Barbier en su libro Blueprint for a Green Economy. Propone ser un medio para impulsar soluciones a los diversos desafíos que enfrenta la humanidad en la actualidad, que abarcan actividades financieras, productivas, energéticas, alimentarias, ecológicas y climáticas, sin comprometer las necesidades humanas. En otras palabras, reconoce que la sostenibilidad exige una economía adecuada y equilibrada para garantizar el bienestar de la sociedad a largo plazo. Este enfoque busca alejarse del paradigma del tomar-usar-desechar, fomentando la recuperación y preservación de los recursos naturales y promoviendo la conciencia sobre la biodiversidad de nuestro planeta y nuestro papel como seres dentro de un ambiente compartido. En la práctica, este sistema de producción ha resultado ser costoso, lo que ha elevado los precios y ha llevado a que sólo aquellos con ingresos más altos puedan acceder a productos considerados “ecológicos”. Esto ha generado demandas insostenibles basadas en productos de moda, como los productos bio, eco, orgánicos y reciclados, por mencionar algunos ejemplos.
Paralelamente, en 1989, David Pearce y Kerry Turner introdujeron el término economía circular en un capítulo de su libro Economics of Natural Resources and the Environment. Este enfoque ha sido ampliamente aceptado en el ámbito empresarial como un modelo holístico alternativo y viable, utilizado para mantener los recursos, materiales, componentes y productos en un ciclo continuo positivo que preserva y aumenta el capital natural. Su esencia radica en optimizar los rendimientos de los recursos y minimizar los riesgos del sistema, gestionando los insumos finitos y flujos renovables de manera efectiva a cualquier escala. Su estrategia se centra en reducir el uso de materias primas, reparar o reutilizar componentes y reciclar los desechos como parte de un sistema de retroalimentación similar a un sistema vivo. De este modelo surgen las “4 R” que muchos conocemos: reducir, reutilizar, reciclar y recuperar, presentes en muchas campañas publicitarias que buscan promover la producción y los productos sostenibles, aunque a menudo a costos elevados que nuevamente sólo son accesibles para una minoría.
Por su parte, la economía azul, que surgió en 1994 a partir del libro de Gunter Pauli titulado The Blue Economy, es un complemento a los modelos ya mencionados. Su motor de desarrollo es la preservación de los ecosistemas marinos y su sostenibilidad ambiental, dado que los océanos cubren la mayor parte de la superficie de nuestro planeta y albergan sistemas ecológicos fundamentales para el funcionamiento de la Tierra y no habían sido contemplados en otros modelos económicos. Se basa en el papel que juegan los océanos y cuerpos de agua al actuar como sumideros naturales de carbono, los cuales han capturado más del 60 % del CO2 emitido en los últimos 150 años. Por tanto, la economía azul se enfoca en conservar y restaurar estos sistemas acuáticos y sus recursos.
Los bonos de carbono
El dióxido de carbono (CO2) en la atmósfera de nuestro planeta ha estado presente desde sus inicios debido a emisiones volcánicas, degradación y respiración de plantas y animales, así como incendios forestales. Al mismo tiempo, existe un mecanismo natural en el que el CO2 atmosférico es asimilado por vegetales terrestres y acuáticos a través de la fotosíntesis, convirtiéndolo en biomasa y sosteniendo las cadenas alimenticias. Este proceso es fundamental para la concentración del CO2 en nuestra atmósfera. Sin embargo, desde la Revolución Industrial nuestro modelo económico se basa en gran medida en la quema de combustibles fósiles como fuente de energía, lo que genera altas emisiones de CO2, contribuyendo al calentamiento global. Entonces, a partir del Protocolo de Kioto en 1977, se introdujo la idea de la remoción de una tonelada de dióxido de carbono (tnCO2eq) de la atmósfera terrestre a través de promover el cuidado, protección y mantenimiento de grandes áreas verdes. Esto dio lugar a la generación de proyectos que reducen o evitan emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) para mitigar el cambio climático.
Una vez que surgieron proyectos que capturaban o reducían las emisiones de CO2, se ideó un mecanismo de balance entre emisiones y reducciones para lograr la neutralidad de carbono. Se crearon organismos internacionales de verificación y certificación que validan estas acciones a través de estándares internacionales precisos y auditados. Esto ha dado lugar a la emisión de bonos de carbono en el mercado, donde una parte del costo se destina a la preservación de áreas verdes y a la compensación de emisiones de empresas que se comprometen a mejorar sus procesos productivos a través de la eficiencia energética y operativa.
Esta propuesta representó una prometedora alternativa de producción con beneficios ambientales, destinada a mitigar los efectos del cambio climático. Una década después, prestó atención a los valiosos servicios ambientales prestados por nuestros océanos, lo que generó el concepto de Carbono Azul. Este se refiere al CO2 capturado de manera natural por manglares, marismas, pastos marinos, algas y microalgas entre otros organismos, así como a los procesos biogeoquímicos que ocurren en los sedimentos marinos. Estos ecosistemas actúan como sumideros naturales de carbono y desempeñan un papel esencial. Los manglares, por ejemplo, almacenan carbono a una tasa hasta diez veces superior a los bosques templados y cincuenta veces a los bosques tropicales por unidad de superficie.1 Sin embargo, muestra que la gran mayoría de estos proyectos parecen tener fallas fundamentales que sugieren que no se puede confiar en ellos para reducir las emisiones que provocan el calentamiento global.
La capacidad de los océanos para fijar y almacenar CO2 se encuentra amenazada. Los ecosistemas costeros que contribuyen al “Carbono Azul” son especialmente vulnerables y experimentan una pérdida alarmante, estimándose la destrucción anual de entre 340 000 y 980 000 hectáreas.2 Aunque carecemos de mapas de distribución precisos, las imágenes históricas sugieren una desaparición de hasta el 67 % de la distribución histórica global de los manglares, el 35 % de las marismas y el 29 % de los pastos marinos. De persistir esta tendencia, se prevé que en los próximos 100 años podrían desaparecer entre el 30 % y el 40 % de las marismas y pastos marinos, así como la mayoría de los manglares.3
Su pérdida está intrínsecamente vinculada al crecimiento urbano sostenido en las últimas décadas en los 200 kilómetros más cercanos a la costa. Esta tendencia ha generado la concentración más alta de población en la franja costera de nuestro planeta, impulsada por la economía global y el aumento del comercio internacional que mayoritariamente ocurre a través del desarrollo de ciudades portuarias y asentamientos urbanos en áreas costeras. No es difícil imaginar una laguna costera en cualquier parte del mundo, donde convergen actividades humanas y con ello la expansión urbana y portuaria, generación de aguas residuales urbanas e industriales, agricultura, pesca, acuicultura, explotación de salinas y actividades turísticas, entre otras. Si el ordenamiento territorial urbano e industrial no respeta la planificación y legislación ambiental, los sistemas costeros serán afectados irreparablemente, comprometiendo la capacidad de captación del CO2 antropogénico.
Límites a los modelos de distintos colores
Al analizar las propuestas actuales que buscan abordar la crisis ambiental, debe reconocerse que muchas de éstas no son más que ajustes marginales a un sistema económico que es fundamentalmente voraz y depredador. Este sistema no sólo devasta nuestros recursos naturales, sino que, en su esencia, perpetua una injusticia social que privilegia a unos pocos mientras margina a la mayoría. Para enfrentar genuinamente estos desafíos y alcanzar una mitigación, compensación y restauración reales, es vital un nuevo paradigma relacional con la naturaleza. Esto implica reestructurar nuestra economía y nuestros valores socioecológicos. La verdadera sostenibilidad va más allá de las respuestas técnicas: debe ser inclusiva, equitativa y tener a la justicia social como un valor transversal.
Aunque las propuestas actuales pretenden reducir brechas y conflictos, no abordan el problema de raíz: un sistema económico que prioriza las ganancias sobre las personas y el planeta. Aspirar a un paradigma de desarrollo sostenible, respaldado por políticas ambientales que realmente promuevan la justicia social, es esencial para nuestro futuro compartido. Este objetivo, de transformar radicalmente la forma en que valoramos nuestro planeta y a cada individuo dentro de él, puede parecer distante y utópico, especialmente cuando se enfrenta a poderosos intereses económicos establecidos. Sin embargo, es una dirección imperativa y urgente hacia la cual debemos encaminarnos con determinación.
Aramis Olivos Ortiz
Centro Universitario de Investigaciones Oceanológicas, Universidad de Colima
Donato DC, Kauffman JB, Murdiyarso D, Kurnianto S, Stidham M, Kanninen M. (2011). Mangroves among the most carbon-rich forests in the tropics. Nature Geoscience. 4: 293-297; Laffoley, D., & Grimsditch, G. D. (Eds.). (2009). The management of natural coastal carbon sinks. IUCN. Gland, Switzerland. 53.
Murray, B.C., Pendleton, L. & Sifleet, S. (2011). State of the Science on Coastal Blue Carbon: A Summary for Policy Makers. In: Nicholas Institute for Environmental Policy Solutions Report NIR 11-06, pp. 1–43.
Pendleton, L., Donato, D.C., Murray, B.C., Crooks, S., Jenkins, W.A., Sifleet, S. et al. (2012). Estimating global “blue carbon” emissions from conversion and degradation of vegetated coastal ecosystems. PLoS One, 7, e43542
I support the author, as she shows us the importance of changing our relationship with nature and our economy, advocating for a paradigm that prioritizes inclusion, equity and social justice.
Thank you Andrea. The idea of this text is to create greater awareness towards better ways of interacting between society and nature. Looking for fair and equitable ways.