El Viaje de OSIRIS-Rex, una lección para la humanidad

La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás,
pero tiene que ser vivida mirando hacia adelante.

—Søren Kierkegaard

Poco antes de las 9 de la mañana del 24 de septiembre, en el solitario desierto de Utah en Estados Unidos, tocó tierra una pequeña cápsula, dejando apenas una ligera marca en el suelo árido. La imagen de esta diminuta caja negra en medio del vasto paisaje desértico dice muy poco de la maravillosa travesía que concluyó con su suave aterrizaje. Está cápsula, que lleva el nombre poco inspirador de cápsula de retorno de muestra (SRC, por sus siglas en inglés) acaba de concluir un viaje de más de 6200 millones de kilómetros, el equivalente a 62 viajes redondos al sol, como parte de la carga de la sonda OSIRIS-REx de la Nasa. Lo impresionante de su trayecto palidece ante lo magnífico de su carga, quizás unos 250 gramos de material del asteroide 101955 Bennu, recolectados el 20 de octubre de 2020, a unos 332 millones de kilómetros de la Tierra. Esta muestra está compuesta de material que se depositó hace 4500 millones de años, un período de tiempo inconcebiblemente vasto. En ese momento, tanto el Sistema Solar como la Tierra apenas habían concluido su proceso de formación.

OSIRIS-APEX, NASA Goddard's Scientific Visualization Studio bajo licencia de Creative Commons
OSIRIS-APEX utiliza sus propulsores para perturbar la superficie de Apophis, con el fin de estudiar sus propiedades.
Crédito: NASA Goddard’s Scientific Visualization Studio bajo licencia de Creative Commons
La animación completa está en: svs.gsfc.nasa.gov/20381

Mirando hacia atrás

A diferencia de la Tierra, el material que compone a Bennu se ha mantenido aislado en el espacio, inmaculado por las fuerzas que continuamente cambian a nuestro planeta, manteniendo esos materiales prácticamente congelados en el tiempo, con la misma composición que cuando se formó junto con nuestro Sistema Solar. En esta muestra, la humanidad espera encontrar pistas sobre el origen de las moléculas que hicieron posible que en nuestro planeta exista la vida: agua y compuestos orgánicos simples. Puesto de otra forma, esperamos encontrar una pieza más en el infinito e indescifrable rompecabezas de la historia de la vida en la Tierra, ese rompecabezas que ha atormentado la mente del ser humano, esa pregunta que llevó a la humanidad a inventar y refugiarse en la filosofía, la religión y la ciencia.

El objetivo de la misión de OSIRIS-REx me recuerda lo que escribió el filósofo danés Søren Kierkegaard: “La vida sólo puede ser entendida mirando hacia atrás, pero tiene que ser vivida mirando hacia adelante”. Mirar hacia atrás siempre será fácil. Sin duda la humanidad conoce detalles casi increíbles del pasado, sabemos que hace unos 13 800 millones de años hubo un evento masivo en el universo, al que llamamos “big bang”, que dio origen a todo lo que hoy conocemos. Inclusive tenemos fotografías de galaxias tal y como eran hace 13 500 millones de años. Tenemos evidencia que la vida apareció en la Tierra hace al menos 3500 millones de años y que hace unos 6 millones de años, tan sólo un instante en tiempos cósmicos, apareció un grupo de animales de los cuales descendemos directamente.

Mirar hacia adelante

Pese al inmenso esfuerzo por entender de dónde venimos, cuando se trata de mirar hacia adelante y acordar hacia dónde vamos, estamos paralizados. Desde hace décadas somos conscientes de la alteración del clima en nuestro planeta, siendo la actividad humana la principal instigadora al priorizar incansablemente la productividad y la utilidad sobre todas las demás consideraciones. El problema no radica en la búsqueda de la productividad y la utilidad, sino en la primacía absoluta otorgada a estos principios, en detrimento de la preservación de nuestro entorno y de la dignidad humana, los cuales deben ser primordiales y centrales en nuestras preocupaciones.

Tenemos tanto tiempo paralizados ante el cambio climático, que hemos visto cómo ha cambiado el discurso de “prevenir” y “mitigar” para ahora hablar de “adaptarse” y “resistir”. En ese tiempo hemos visto también cómo la discusión se centró en la emisión de gases de efecto invernadero en los países y no para los países. La diferencia es sutil, pero es muy importante pues vemos cómo las naciones del Norte Global, en lugar de reevaluar sus prácticas y el alcance de su impacto, optaron por aparentar una reducción de su huella ambiental subcontratando sus industrias más contaminantes y abusivas hacia nacionales del Sur Global. Estos países ahora son señalados por los países “desarrollados” por su impacto ambiental, omitiendo que ese impacto es en realidad suyo. Además, se aprovechan al máximo las fragilidades legales del Sur global, donde las leyes son más laxas y se las vigila pobremente.

Podemos pensar que la parálisis ante el futuro es parte de la naturaleza humana, pero esta narrativa no coincide con la historia de la humanidad. A lo largo de nuestra historia, la humanidad ha demostrado su capacidad para concebir planes y llevar a cabo acciones audaces, con la mira puesta en el futuro y en la búsqueda de lo que a primera vista parecía inalcanzable. La misión OSIRIS-REx nos ofrece en este punto también una oportunidad para la reflexión. El asteroide Bennu fue identificado en septiembre de 1999, en esos tiempos que hoy se antojan inocentes, en que una Guerra Fría que parecía haber terminado y la falta deliberada de información acerca de la crisis climática alimentaba la percepción que la mayor amenaza para la humanidad eran los asteroides. Desde que poco tiempo después de su descubrimiento se dedujo que su trayectoria convertía a Bennu en el asteroide más peligroso para la Tierra, con una posibilidad de impactar a finales del siglo siguiente de 1 en 2700 (i.e. 0.037 %), la humanidad empezó a planear lo que hasta hace tres años parecía imposible, recolectar una muestra del asteroide para traerla a la Tierra casi un cuarto de siglo después de que Bennu fuera descubierto.

La parálisis ante la crisis climática no es natural: es creada. Es resultado de toda una generación de seres humanos a los que se les adoctrinó para creer que el problema es la sobrepoblación, y se les llevó a ver a la humanidad como un virus o un cáncer. Se les repitió hasta el cansancio que el planeta no puede soportar a grandes poblaciones humanas, aun sin que haya soporte científico para ello, cuando en un par de segundos la Tierra recibe del sol suficiente energía para alimentar a la humanidad durante un día (1 día = 86 400 segundos). Incluso cuando el 40 % de la comida que producimos se desperdicia, Se nos convenció que reducir la basura era obligación del consumidor, que somos nosotros los que debemos reciclar, reutilizar, y cuantas “R’s” se nos ocurran; nos llevaron a comprar una cantidad ridícula de bolsas de tela para el súper e incontables botes para agua, todo antes de que las empresas repensaran qué, cómo y dónde producen. Inclusive, se nos hizo creer que ayudarnos a reciclar parte de la basura que ellas generan las hace empresas socialmente responsables.

Y aquí seguimos, asediados por una sensación de abrumadora inercia, paralizados por nuestras propias dudas y con la conciencia cargada de culpa, pero con poca acción alentadora. El cambio climático no dictará el fin de la vida en la Tierra; la vida en la Tierra ha sobrevivido a catástrofes mucho más serias. Tampoco terminará con la humanidad, pues ésta ha sobrevivido a otros cambios climáticos: el anterior permitió una de las migraciones que pobló a nuestro continente. Lo que sí está en juego es nuestra sociedad tal y como la conocemos. Nuestro planeta tiene la capacidad de soportar a la población humana actual y futura, lo que es incapaz de sostener es la forma en que ese infame 1 % de la población con mayores ingresos insiste en relacionarse con el planeta, favoreciendo la productividad y la utilidad en detrimento de la vida. En este extraordinario viaje de OSIRIS-REx, recordemos la capacidad que tenemos como humanidad de enfrentar desafíos monumentales, de lograr lo aparentemente inalcanzable. Ese cambio es posible, y en nuestras manos está la elección de un futuro más más justo que permita a la vida florecer dignamente.

 

Julio V. Suárez
Profesor de la Facultad de Ciencias de la UABC y Director del Instituto Gould-Stephano, A. C.

Escribe tu correo para recibir el boletín con nuestras publicaciones destacadas.


Publicado en: Repensar el discurso