El conocimiento desaprovechado

Este texto es una ventana a las reflexiones de una investigadora, galardonada con el Premio al Mérito Ecológico 2017 en investigación, que ha sido pionera en la implementación de metodologías inter y transdisciplinarias en el campo socioecológico. Tras más de treinta y cinco años de una trayectoria destacada, nos brinda su visión sobre el uso que considera deberíamos dar al conocimiento generado en la academia para abordar problemáticas socioambientales, y también analiza el papel crucial de aquellos que, como ella, se jubilaron.

Ilustración: Jaque Jours
Ilustración: Jaque Jours

Nunca pensé que llegara el día, jubilarse es lo mejor que podemos hacer unos cuantos en este país, y todavía menos, con una buena pensión y fondo de ahorros. Dentro de ese porcentaje pequeño, hay injusticias notables; mis colegas que cotizaron al ISSSTE reciben pensiones de la mitad que los que cotizamos en el IMSS. Mis colegas están enojados con el Conahcyt por muchas razones, pero es importante tener presente que justo ahora, los que nos mantuvimos en los niveles altos del SNI, podemos recibir la beca durante quince años y sin carta de adscripción. Por fin, podemos dejar nuestras plazas a los miles de jóvenes que pelean por las escasas plazas universitarias.

Cuando uno se jubila, los colegas y estudiantes te preguntan cuál fue tu principal logro. Después de más de 35 años de trabajo, les contesté que lo mejor que había hecho y por lo cual me tenían que estar agradecidos, fue haber insultado con un grito fenomenal al director cuando en las evaluaciones internas me calificó con cero y lo exhibió ante todos los compañeros presentes. Con esa calificación mi beca anual disminuyó notablemente y merecí un correo del director acusándome de oprobiosa. Lo bueno es que mi insulto llegó a oídos de las autoridades y a partir de ese año se anularon las calificaciones de los directores en las evaluaciones anuales. Es un auténtico logro, sobre todo cuando los académicos somos excesivamente evaluados; nos evalúan semestral, anual, trienal o quinquenalmente, por alumnos de cada nivel educativo, por colegas internos, por colegas externos, por autoridades encargadas de las evaluaciones. Así que, a botepronto, consideré la eliminación de una calificación totalmente visceral como mi mejor logro.

Pero en este artículo de lo que quiero escribir desde una perspectiva autocrítica es sobre la enorme cantidad e importante investigación de académicos desaprovechada, sobre todo en lo que concierne al campo en donde me desarrollé pero que bien puede ser aplicado también a otras áreas.

Tuve la fortuna de haber sido contratada para hacer mi tesis de licenciatura en el Instituto Nacional de Investigaciones sobre Recursos Bióticos, dirigido por el Dr. Arturo Gómez Pompa, un personaje que se adelantó a su tiempo, y nos enseñó a todos a hacer lo que ahora es exigencia del Conahcyt; es decir, investigaciones que estuvieran relacionadas a la solución de problemas locales y que incorporaran los saberes de los beneficiarios de los resultados de la investigación. Cuando ese instituto fue cerrado por cuestiones políticas, conseguí trabajo para abrir una maestría en ciencias cuyo diseño había quedado trunco. Lo que hicimos un colega agrónomo, también de recién ingreso, y yo, fue el cambio conceptual disciplinario tradicional de ecología de zonas áridas a manejo de ecosistemas de zonas áridas. Con ello rompimos paradigmas y nos ganamos la enemistad de los disciplinarios en el campo de la biología. Buscando aliados, encontramos dentro de la misma universidad una especialidad en manejo costero, y colegas míos habían iniciado por el mismo camino una maestría similar en zonas tropicales en Yucatán, otra en manejo de cuencas en Querétaro y una muy cercana, en cuestiones más generales y urbanas. Un problema al que nos enfrentamos consistía en obtener una buena evaluación con los sistemas habituales tanto de las universidades como de la SEP y el entonces Conacyt. Nuestras investigaciones sobre evaluación de la interdisciplina a nivel internacional nos inspiraron a hacer una reunión nacional de todos aquellos posgrados que, para ese entonces, ya eran varios; el tema ambiental, que es intrínsecamente interdisciplinario, estaba siendo solicitado por los jóvenes de varias carreras del país. En ese taller, cerca de 60 coordinadores de posgrados en temas ambientales, expedimos una carta al Conacyt la cual fue entregada por un miembro distinguido del mismo y entendedor de la interdisciplina en temas ambientales. El Dr. Enrique Leff presentó la petición y un tiempo después encontraron que había una “disciplina” en las ciencias sociales denominada Prospectiva, donde se apreciaba el trabajo de aquellos quienes hacíamos escenarios tendenciales de impacto ambiental, análisis de riesgos, planes de manejo de ecosistemas, entre otros. Con esa inserción en los esquemas de evaluación, aparecimos en el mapa no sólo como posgrados sino como posgrados consolidados. Nuestros alumnos recibieron becas y los profesores entramos al Sistema Nacional de Investigadores. Con ello, las autoridades universitarias tuvieron que reconocernos.

Escribo esto porque, sujetos a la multitud de evaluaciones para mejorar nuestros salarios, este tipo de alianzas y luchas sin fin para hacer valer el trabajo diverso de la academia no ha terminado. Las evaluaciones a quienes hacen interdisciplina y, peor aún hoy, transdisciplina (donde se mezclan otros saberes no académicos), siguen siendo evaluados por excelentes investigadores disciplinarios que no sólo no conocen el trabajo colectivo, sino que lo desdeñan.

En fin, en esta propia “autoevaluación” encuentro que las evaluaciones son necesarias, pero como vienen acompañadas de un valor monetario son un gran impedimento a la creatividad y avance de la investigación y educación en México. Los académicos nos vamos moviendo según lo que tenga la piñata. En la academia, a menudo, arrastrados por las circunstancias, hacemos lo que nos solicitan o lo que creemos que se requiere de nosotros. Y lo peor es que quien diseña esas evaluaciones son nuestros propios compañeros, que en el caso del trabajo inter o transdisciplinario, les es totalmente ajeno. Cuando nos invitan a participar en comité evaluadores, somos tan pocas personas que ninguna propuesta pasa, quedamos como excéntricos y obscuros. Afortunadamente, este tipo de personas son generalmente luchadoras, creen devotamente en sus ideas y hacen equipo. Y, sobre todo, no paran.

Así, llegamos a este sexenio donde, por fin, los ideales de esos equipos aislados y vituperados fuimos invitados, escuchados y somos partícipes de un proyecto nacional compartido a través de los Pronaces, en especial el de sustentabilidad y sistemas socioecológicos. Sin embargo, todavía tenemos que mejorar el sistema de evaluación sustancialmente; prevalece la administración sobre las necesidades académicas, el productivismo sobre la profundidad y los evaluadores disciplinarios en las comisiones interdisciplinarias.

Analicé el tipo de trabajos que se realizaron en más de treinta años de enseñar investigación inter y transdiciplinaria. Nos vanagloriamos de que muchas de las preguntas de investigación de las tesis han sido planteadas por la sociedad, es decir, ya nos conocen y algunas personas vienen a pedirnos estudios para obtener permisos en el manejo de un recurso natural o biocultural. Hay cientos de tesis, no sólo de la maestría sino de la especialidad y doctorado, donde los estudiantes y sus comités de tesis pusieron en práctica toda su creatividad para resolver un problema en conjunto con quienes solicitan el uso de nuestro conocimiento. Algunas veces, las personas de ranchos o ejidos que se acercan obtienen lo que buscaban y nos recomiendan a otros. En algunos cursos semestrales, los estudiantes forman parte de investigaciones aplicadas como son manifestaciones de impacto ambiental, ordenamientos ecológicos, planes de manejo de áreas protegidas, o propuestas para las áreas verdes de la ciudad o municipio; ahí es donde la puerca torció el rabo.

No es que falte comunicación con las personas funcionarias de agencias de gobierno, es que son muchas las fases para que una investigación universitaria llegue a aplicarse. La academia cumple entregando los resultados, pero en realidad en ese momento es cuando comienza el proceso de toma de decisiones en el cual, generalmente, la academia ya no participa. Los estudios de lo que se llama Interfaz Ciencia-Gobierno hablan de seis pasos; el proceso comienza con los funcionarios quienes deben comprender las alternativas que se plantean, cuestión que salvamos trabajando transdisciplinariamente, pero después el documento es interpretado por otros muchos funcionarios y termina con una decisión política no siempre basada en el conocimiento. Especialmente, muchas de las investigaciones novedosas e ingeniosas terminan obstaculizadas cuando el gobierno tiene que decidir algo poco convencional, y generalmente se van por las opciones más baratas y fáciles de implementar. En México tenemos que encontrar las formas de salvar esa barrera entre la academia y el gobierno, porque las grandes empresas convencen a quien sea de cualquier barrabasada.

Los investigadores y profesores asociados a esos posgrados hicimos investigaciones para ordenamientos ecológicos que llegaron a publicarse como leyes estatales o nacionales. Al evaluar su desempeño, encontramos que sólo se implementaron un porcentaje muy bajo de las soluciones planteadas. Sí, hacemos análisis de sistemas sociales y ecológicos complejos, desentrañamos los nudos que implica entender estos sistemas y hacemos propuestas. Lamentablemente, no se concretan las soluciones que creativamente hemos diseñado en colectivo, tanto jóvenes entusiastas como sus maestros necios y perseverantes.

Me motiva a seguir luchando una idea genial que escuché una vez de un emprendimiento ingenioso. Una persona, dándose cuenta de lo mismo que aquí menciono —miles de tesis e investigaciones invisibles—, armó una empresa de consultoría, donde ofrecía respuesta a problemas puntuales. Las respuestas, decía ella, estaban en una o varias tesis que pocos conocían. Al parecer su negocio fue un éxito. Veo en esta iniciativa una posibilidad de crear el vínculo entre academia y gobierno, entre otros actores sociales. Propongo que las personas que nos jubilamos nos organicemos y quienes todavía nos acordamos de las tesis que dirigimos y de los trabajos escolares armemos junto con estudiantes una empresa en lo que se va creando algo institucionalmente. Un proyecto que retome las soluciones que ya encontraron alumnos en sus trabajos universitarios. Atendamos problemáticas que ya tienen respuestas y asegurémonos que está vez sí se lleven a cabo.

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Publicado en: Repensar el discurso

Un comentario en “El conocimiento desaprovechado

  1. ¡Hola Ileana!

    Acabo de leer tu artículo, y como siempre me pareció muy interesante. Estoy convencido que el llevar a decisiones de manejo o políticas ambientales a cualquier nivel es muy difícil, incluso para investiagaciones no inter- o multidisciplanarias, como las que hice durante mucho tiempo antes de jubilarme en México (32 años, menos que tú). Yo me dediqué mucho tiempo a problemas de contaminación y toxicología acuáticas, y encontré que hay problemas para la implementación de políticas de saneamiento o indemnización a los afectados que complican muchísimo las cosas. Por ejemplo, las consideraciones económicas, como cuánto cuesta la solución respecto a dejar las cosas como están, con la complicación adicional que es cómo cuantificar en términos monetarios los riesgos a la salud humana y ambiental; la percepción social del problema, cómo ve la sociedad el problema, en importante o no, y cuanto estamos dispuestos como sociedad a gastar a solucionar el problema. Un último problema que voy a mencionar tiene que ver con las posibles compllicacioes relacionadas con corrupción, tanto de las personas que van a ser indemnizadas, como los indemnizadores. Desgraciadamente hay muchos ejemplos públicos en México.
    En fin, me dio mucho gusto leer tu artículo, y ver que sigues activa.
    Saludos cordiales,
    Gerardo Gold

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