La retórica bélica del cambio climático

En los cielos de Manhattan, el color ocre apocalíptico se despliega como un llamado urgente, despertando a aquellos que permanecían adormecidos ante la catástrofe ambiental.

Ahora que circula esta imagen, precisamente ahora, es cuando más debemos vigilar la manera en la que se enmarca la crisis ambiental y se formulan acciones para salir de este desastre. Pues cada vez más, al cambio climático se le formula desde una retórica que evoca y convoca a la guerra. Por ejemplo, la forma en la que se plantea el objetivo de lograr la neutralidad de carbono para 2050 parece ignorar cómo lograremos tal hazaña, cuáles son los costos, quiénes pagarán por ellos. Se omiten estos detalles porque en la guerra el fin justifica los medios. De ahí que no sepamos si las pretendidas soluciones consistirán en el despliegue de la bioingeniería, si será a través de la instalación masiva de aerogeneradores con sus consecuentes impactos en territorios y personas, o bien el improbable pero utópico camino que implicaría un replanteamiento de nuestro ser en el mundo, y todos los cambios estructurales que esto conlleva.

En los medios está el fin, y por tanto construir un mundo habitable para el presente y futuro depende en buena medida de los medios que utilicemos para lograrlo. En este momento, en cambio, casi todos ellos son moralmente cuestionables, muchas veces injustos, y casi todos ellos afianzadores del statu quo. Lejos de solucionar, este discurso beligerante tiene otro propósito: hacer de nosotros sujetos indolentes, temerosos, dispuestos a pasar por alto atropellos a derechos humanos, todo ello en nombre de la lucha por el cambio climático. Pensarlo, interpretarlo así, hace de nosotros sujetos acríticos que no se toman tiempo en indagar las causas fundantes del desarrollo de la crisis climática, sus raíces profundas. Además, tiene como propósito también eludir las responsabilidades y consecuencias éticas y morales de nuestros actos y permitirse cualquier violencia sin ningún remordimiento y ningún pudor, puesto que en la guerra se aprueba todo con el fin de destruir al enemigo.

Cabe aclarar que la crítica a la retórica bélica del cambio climático no supone pretender que éste no sea un problema mayúsculo, con un potencial de destrucción inédito en tiempos modernos. Lo que argumento es que, para comprenderlo y encontrar alternativas reales, es necesario pasar del entendimiento de su existencia física a su comprensión como una realidad que se construye discursivamente. En este ensayo me propongo analizar alguna de las formas en la que se construye el discurso beligerante de cambio climático y cómo sirve a intereses ideológicos, políticos y económicos que lejos están de solucionar el problema y que, en cambio, reafirman este orden social que actualmente destruye la vida material y espiritual del planeta.

Ilustración: Alberto Caudillo
Ilustración: Alberto Caudillo

El sentido de urgencia

Como en la guerra, el cambio climático está enmarcado en un discurso de que el tiempo se agota, de que es ahora o nunca. Estas sentencias ominosas retumban en nuestras conciencias “nos quedan diez años para actuar”. En el corazón de Manhattan, esa ciudad hoy desdibujada por el humo de incendios forestales, hay un monumento dedicado al número “más importante del mundo”; es un reloj que desciende sin tregua, contando los segundos que faltan para llegar al momento en el que, emitir más carbono a la atmósfera, significaría desatar la catástrofe, movilizando el sentimiento angustiante de que la vida pende de un hilo. De ahí que pareciera que debemos actuar desbocados, frenéticos, sin espacio alguno para la reflexión. Cuántas veces hemos escuchado el mantra insidioso “es mejor hacer algo que no hacer nada”. Hay veces que es preferible no hacer nada a hacer cosas que provocan daños irremediables. ¿De qué sirve seguir sumando acciones que nos alejan de un camino hacia la vida? Sirven para que las empresas sigan a flote desde su eco-capitalismo, sirve para continuar con la lógica frenética del productivismo absurdo, torpe, desprovisto de sentido.

Lo que necesitamos es apartarnos por un momento y reflexionar sobre las causas profundas que subyacen a esta crisis. Debemos pensar lo que hay detrás de las acciones que se promueven, y cuestionar quiénes son los verdaderos beneficiarios de estas propuestas. En la mayoría de los casos, las acciones emprendidas refuerzan el sistema económico capitalista neoliberal ofreciendo falsos remedios, como son los relacionados con el consumo sustentable, el ecoturismo y otros distractores y propuestas insensatas que inundan los medios de comunicación continuamente.

Este sentido de urgencia que se nos impone busca movilizar y fortalecer esta nueva etapa del capitalismo, bajo la máscara de lo ecológico, ocultando que esta maquinaria económica de consumo y producción es la responsable directa de devastar de la naturaleza humana y no humana a mansalva. Esos son los responsables del cambio climático que la retórica de la guerra contra el cambio climático oculta y no toca ni con el pétalo de una flor.

Esa necesidad de ir contra reloj, de actuar apresuradamente, es en realidad el reloj del capital, son los tiempos de la mercancía. Un cambio verdadero tendría que pasar por proponer un movimiento para ralentizar el ritmo, ponerle “fin” a los tiempos desquiciados del mercado y la economía, al tiempo del capital, el que nos propone comida rápida, moda rápida. Necesitamos recuperar un ritmo más pausado y significativo, el tiempo de la contemplación, de la conexión con las personas, con la tierra. Recuperar el tiempo paciente de la vida.

Líderes de guerra contra un enemigo invisible, el CO2

Como en cualquier guerra, aparecen líderes fuertes con estrategias que parecen claras y contundentes, que combaten a un enemigo común, un enemigo creado a modo, el que amenaza la supervivencia de la humanidad: el CO2 en este caso. A diferencia de otras guerras, este enemigo posee el don de la ubicuidad, está en todos lados, son todos y no es nadie. De esta manera la guerra es declarada contra un enemigo inmaterial, etéreo, una imagen fantasmagórica mediante el cual se protege a los verdaderos responsables de la anunciada catástrofe. Así, el CO2 se construye como un enemigo abstracto, despersonificado, o se personifica a conveniencia. Se convierte en una herramienta política, tiene la posibilidad de usarse en favor de quien quiera señalar a un culpable. Hoy día, por ejemplo, China es presentado públicamente como el gran satán del cambio climático por sus grandes emisiones de GEI, sin señalarse que parte de esas emisiones provienen de los grandes consorcios económicos de occidente que se instalan en China por sus leyes ambientales laxas y por el bajo precio de la fuerza de trabajo. La mayor parte de los productos que se fabrican en China son para satisfacer el consumo compulsivo de mercancías baratas de los consumidores del mundo occidental.

Es fundamental examinar quiénes son estos líderes y cuáles son sus agendas. A Joe Biden le vino bien tomar en su campaña la bandera del cambio climático, hacer del CO2 el enemigo a combatir y erigirse en el paladín de la gran cruzada universal. Esta estrategia busca mantener a los Estados Unidos como la principal potencia económica del mundo y hacer de la ‘economía verde’ un gran espacio para hacer los grandes negocios en la actual era del capital ecológico.

Mirando más allá del discurso beligerante

El cambio climático en su construcción discursiva, no se reduce a su expresión física o material, sino que se construye en la argumentación, en el debate, en el terreno ideológico y político, se construye en la lucha por el poder. Su percepción es inducida, de manera tal, que pueda acomodarse a los intereses de quienes promueven una u otra de sus manifestaciones en la escena pública, una u otra forma de interpretarlo y de proponer alternativas para enfrentarlo.

Hoy más que nunca resulta urgente entender el cambio climático en su verdadera dimensión, en sus verdaderas causas y en sus verdaderos responsables. Es necesario deconstruir el belicismo que anima el discurso actual, que permea y penetra hondo en su entendimiento y en su percepción. El lenguaje y las imágenes que se emplean son utilizadas para manipular y construir percepciones e interpretaciones reafirmativas del orden social, creando divisiones maniqueas. Esta retórica sirve a los intereses de aquellos que se benefician de los sistemas económicos y políticos existentes.

Hay toda una parafernalia que funciona como cortina de humo para no ver, para ocultar, o para dejar ver sólo lo que es funcional al sistema moderno de producción y producir bienes que son apropiados de manera privada por unos cuantos, mientras que los males se socializan, recayendo sobre las mayorías pobres y sobre una naturaleza cada vez más exhausta. Como lo planteó André Glucksman, la guerra no es sino la continuación de la política por otros medios. Se trataría entonces de entender cuál es ese juego político, cuáles son esos factores de poder que, en el caso del cambio climático, se expresan en el discurso bélico que animan a las políticas climáticas. La verdadera guerra no es la del discurso falsificador del cambio climático que los grupos de poder difunden, sino la que la economía, los grandes consorcios, sus agentes políticos y los que se benefician de este orden injusto han desatado contra la naturaleza, contra los pobres y los grupos excluidos y que ha provocado muerte y desolación en los mundos de vida.

Los perturbados cielos de Manhattan por el fuego y las cenizas provenientes de los devastados bosques canadienses, producto del cambio climático, más que anunciar el apocalipsis y la llegada del año mil y sus catástrofes, debería ser el gran llamado para hacer conciencia de la necesidad de ponerle fin a ese mundo superfluo, frívolo y devastador de la mercancía y de su fábrica de muerte, y pensar que la utopía de un mundo mejor no solo es posible, sino condición necesaria para dignificar la vida y cumplir los sueños de las mayorías que sostienen este degradado e injusto mundo que hoy día habitamos.

 

Ana De Luca
Profesora investigadora de la Facultad de Ciencias, UABC. Editora del blog Crisis Ambiental de nexos.

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Publicado en: Repensar el discurso