¿Por qué el maíz transgénico es un problema de salud?

Es motivo de gran alegría que cada vez más personas están prestando atención al tema del maíz. Las razones de su importancia varían, pero ahora es valorado como un cultivo fundamental para nuestro país, tanto desde el punto de vista económico, ambiental, social como político. Es relevante como grano, mercancía o alimento y su impacto afecta a los intereses colectivos. Sin embargo, hay argumentos contundentes que pueden influir en la perspectiva de aquellos que piensan que es positivo que se mezcle sin control la diversidad de los maíces nativos con los transgénicos, en otras palabras, que continúe sin preocupación la creciente importación de semillas de maíz modificado genéticamente para alimentar personas, animales, sembrar o transformar en la industria. En resumen, esta explicación va dirigida a quienes buscan conocer algunos de los fundamentos científicos en los que se basa el decreto presidencial de promover el uso del maíz no transgénico para contribuir al bienestar físico, mental y social de las familias mexicanas y futuras descendencias.

Ilustración: Estelí Meza
Ilustración: Estelí Meza

¿Qué son los cultivos transgénicos?

El debate sobre la modificación genética de los cultivos es un tema antiguo y complejo que ha adquirido una relevancia sin precedentes en la actualidad. Es fundamental que no perdamos de vista los errores del pasado. Cuando surgió la posibilidad de modificar la información genética de los cultivos, al insertar con tecnología exclusiva de laboratorios funciones de diferentes organismos en las plantas, los desarrolladores presionaron para liberar al ambiente estos cultivos transgénicos en sus centros de origen. A pesar del desconocimiento e incertidumbre sobre los posibles efectos e implicaciones del uso de esta nueva biotecnología, se tomaron decisiones apresuradas debido a la insistencia de las empresas. Y es ahora que estamos enfrentando las consecuencias de esas decisiones.

Primer argumento. El caso del maíz

En la actualidad, contamos con datos que demuestran que la información inicial proporcionada por las empresas para respaldar la liberación de estos organismos genéticamente modificados (OGM) era insuficiente y errónea. Se sabía que el riesgo de escape de semillas y polen con la nueva información genética (transgenes) hacia poblaciones silvestres y variedades nativas era alto. Esto debido a la biología de las plantas, que trasciende las divisiones político administrativas, aumentando la posibilidad de dispersión no intencional al coincidir con el manejo tradicional y la utilización de semillas como alimento para el ganado en todo el país. Las empresas lograron ejercer influencia cabildeando en el gobierno para conseguir la aprobación de la liberación, respaldada por estrategias de contención y bioseguridad provenientes de las medidas “probadas” en otros países sin diversidad local de maíz. En otras palabras, se aplicaron las medidas usadas en sitios sin un riesgo real de transferencia genética a sistemas tradicionales con razas nativas y parientes silvestres. Esta falta de precaución dio pie a lo que enfrentamos hoy: transgenes no deseados, ni aprobados y dispersos de manera irreversible en el centro de origen del maíz y también del algodón, con nuevas funciones intencionales y muchas otras poco o completamente desconocidas que alteran, desde los mecanismos de defensas de las plantas, hasta sus características reproductivas y relaciones con otros seres vivos del ambiente.

Al mezclarse los transgenes en los cultivos mexicanos por accidente y “sin premeditación” se estampa la etiqueta genética de propiedad privada, se trastocan las historias de sobrevivencia de las semillas a las adversidades del pasado, sustituyendo sus propiedades por necesidades de monocultivo desinfectado, nutrido, regado, con información genética que causa más cambios por ser insecticida, resistente a antibióticos, con acelerado metabolismo a tal grado que sobrevive al baño de herbicidas como glifosato, mientras que el resto de las plantas muere en su presencia. Esas sólo son las características esperadas, pero poco se sabe de los cambios al consumirlos por personas, porque esos no interesan en países donde el maíz es únicamente alimento para animales. Jamás se han realizado investigaciones que demuestren que es sano consumirlo a la mexicana. Ningún dato contribuye a la confianza ciega y ausencia de preocupaciones respecto a los efectos de su ingesta crónica, en todas las etapas del desarrollo, en la salud y la enfermedad. La salud y la diversidad del maíz como especie depende de la diversidad de las personas, los ambientes, las tradiciones, las lenguas, las recetas, las transmisiones constantes del conocimiento tradicional y una también diversa lista que hace única e irrepetible cada parcela dentro del centro de origen.

Dado que los transgenes se heredan entre plantas sin ser detectados, retirarlos requiere matar a las plantas y sus semillas, lo que dificulta su eliminación y hace que perder la diversidad sea una posibilidad más segura que limpiarla por completo. Esto hace imposible que heredemos una diversidad sin daños como la que quienes somos mayores de treinta heredamos como miles de generaciones previas. No hay forma conocida de revertir el deterioro al patrimonio biocultural, pero no está del todo perdido, no aún, esa es la urgencia. Cuanto más lejos y protegidos estén los procesos que permiten la diversificación constante de la agrobiodiversidad de sus amenazas, más oportunidades tendrán las futuras generaciones.

A raíz de esta catástrofe, deberíamos haber aprendido la lección de no confiar nuestro patrimonio biocultural y nuestra salud en datos y discursos generados por las empresas para satisfacer sus propios intereses. Actualmente, la principal preocupación es que se dañen los procesos que mantienen y originan la agrobiodiversidad, lo que pone en riesgo nuestra salud, la seguridad alimentaria y nos vulnera frente a nuevos escenarios climáticos y ambientales. El problema es ya grande, aunque no esté en todas las parcelas del país. Mientras en México persistan prácticas que mantienen las semillas para el bien común, seguiremos siendo un obstáculo para el sistema agroindustrial que enriquece y beneficia a los poseedores de la propiedad intelectual (empresas transnacionales en su mayoría).

El caso del algodón

El algodón mexicano también ha sido afectado por la introducción de semillas transgénicas, pese a que las empresas aseguraban que no habría flujo transgénico, ni consecuencias. Después de 27 años de cultivar algodón transgénico e importar semillas vivas como alimento para ganado, aprendimos que los procesos que originan y mantienen la diversidad se dañan cuando se ignoran las advertencias basadas en evidencia y que no existe tecnología que nos regrese la diversidad genética. Recientemente descubrimos que la diversidad genética es menor en las plantas silvestres y nativas cuando tienen transgenes. La presencia de estos transgenes tiene consecuencias fisiológicas inesperadas que a su vez generan daños ecológicos y evolutivos a largo plazo. Incluso sabemos que las chinches que se alimentan de plantas de algodón con transgenes tienen diferentes bacterias que pueden ayudar a propagase más fácilmente, comer nuevas plantas y hasta podrían actuar como plagas. Lamentablemente la semilla de algodón comercial mexicana se sustituyó por completo por la transgénica e importada, ahora la misma diversidad que nos hace fuertes por su amplia distribución conecta con los cultivos de algodón transgénico a las poblaciones silvestres y nativas que representan un seguro para la sobrevivencia y uso de la especie para la humanidad. Es muy costosa y hasta teóricamente imposible la batalla que debemos dar para recuperarla, pero en las milpas y ecosistemas todos los daños se suman y conectan por redes complejas. Al final, con el maíz y su entorno, se daña la posibilidad de una alimentación sana, segura y suficiente para todas las personas, desde campesinas hasta empresarias y trabajadoras en las transnacionales.

Segundo argumento

Los análisis de riesgo son esenciales para determinar la probabilidad de que sucedan consecuencias al liberar al ambiente o consumir organismos genéticamente modificados. Legalmente es necesario analizar caso por caso los riesgos, evaluando cada inserción genética, en cada variedad de maíz y en cada condición ambiental, ya que los resultados pueden variar dependiendo de si se cambia de genes, de variedades y de lugares. Cuando las modificaciones genéticas se escapan a una variedad de maíz nativo, es nuevo el lugar y el cultivo, por lo que se deberían evaluar los riesgos para la salud humana y el medioambiente. Es difícil identificar dónde, cómo y por qué se ha producido una cruza e investigar sus consecuencias. Por lo tanto, es inadmisible solapar la incertidumbre que se está acumulando para la salud de las personas y el ambiente.

Como las empresas vendedoras de transgénicos alguna vez simularon el riesgo de su primer uso en poblaciones humanas (similar a una prueba de medicamento), nos aseguran que son seguros y esperan que aceptemos el resultado. El problema se agrava cuando, después de varios ciclos de cultivo, las plantas acumulan transgenes: pedazos de material genético proveniente de muchas especies incorporados en la misma planta, nuevas combinaciones que no están a la venta, y que jamás se han analizado, ni son de interés de los desarrolladores de las semillas. Cada vez son más las modificaciones genéticas, los protocolos innovadores en los laboratorios, las malezas y plagas resistentes, patentes que caducan, maíces para fines no comestibles para producir tela, plásticos, vacunas, combustibles y más, se producen repitiendo los mismos errores, pero el problema de la acumulación de basura genética es indivisible de los procesos que mantienen la diversidad. Es por ello que necesitamos explicarle a Estados Unidos y Canadá que con esta gran riqueza también tenemos la gran responsabilidad de prevenir afectaciones a la diversidad. Investigar cada combinación de transgenes posible, en cada una de las razas nativas, en cada una de las milpas en las que hay maíz en el país es imposible. De hecho, da tanto temor que ni hablamos al respecto y cuanto más tiempo pasemos importando semillas genéticamente modificadas, será más complejo el futuro. ¿Quién espera que vivamos discretamente siendo conejillos de indias de este gran experimento?.

Por ahora, hemos visto que la mecha es corta en las empresas, lo que ha resultado en amenazas económicas y más adelante nos van a exigir respetar sus leyes de “propiedad intelectual de semillas”. Este es sólo el inicio de una larga batalla pues no queremos un futuro insalubre y ojalá entendieran que tampoco les conviene perder la diversidad.

Cuidarnos desde el origen

Hace 27 años los intereses económicos pasaron por encima de los derechos humanos y los principios de la bioética. Las decisiones que tomaron unas pocas personas sobre la diversidad del maíz condenaron a toda la población. Actualmente, además de seguir diciendo que No es No y que el futuro de nuestro maíz se decide en México, tenemos que atrevernos a señalar claramente a los transgresores de nuestro “estado de completo bienestar físico, mental y social”. Esta es la definición de salud que defendemos y a la que debemos acostumbrarnos y no conformarnos solamente con la ausencia de afecciones o enfermedades. Por más amenazas económicas que nos lancen, sin salud para el maíz, no hay salud para México. Dicho de otro forma “sin maíz, no hay mañana”.

 

Ana Wegier
Investigadora en el Jardín Botánico del Instituto de Biología, UNAM

Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología

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Publicado en: Hallazgos