En los paisajes semidesérticos en que se encuentra Ensenada, en los pequeños valles rodeados de chaparrales que conforman sus paisajes, es posible cosechar alimentos que nutren el cuerpo y el alma. El desorden territorial, el avance de la urbanización y los cambios en los usos del suelo amenazan esta fructífera tierra y su posibilidad de aprovechar lo que nos ofrece en términos de alimento, cultura y belleza. Estos fenómenos perversos ponen en riesgo el escaso suelo fértil de Ensenada, por lo que es importante unirnos a la campaña para rescatar al Valle de Guadalupe y sumar esfuerzos y creatividad para que encontremos formas eficaces para proteger este amenazado pedazo de paraíso.
México tiene muy poco suelo con vocación agrícola
En un interesante estudio, Torres y Rojas1 nos ilustran sobre la realidad del uso de suelo en México. El suelo, explican, es la base de todo cultivo agrícola, y aunque es posible intensificar la agricultura con tecnología y buenas prácticas, no se la puede practicar más allá de lo que llaman “fronteras agrícolas”; es decir, los espacios propicios para la agricultura están ya dados, delimitados de antemano por la Naturaleza. En México, sólo 14 % de nuestras tierras tiene vocación agrícola,2 y su frontera agrícola está ya casi agotada. Sin embargo, explican los autores, México tiene la capacidad para cubrir la demanda interna, es decir, podemos ser autosuficientes. La autosuficiencia alimentaria es una meta loable de los gobiernos, y para lograrla se requiere de políticas en las que se combine el mejoramiento de las técnicas productivas y la organización del trabajo en el campo, con políticas que combatan la concentración del ingreso procurando su redistribución y metas de bienestar social. Que de tomarse las decisiones adecuadas no sea necesario importar alimentos es, desde luego, esperanzador. Pero quisiera ahora mismo destacar otra conclusión que se desprende del párrafo citado: no podemos darnos el lujo de perder ni una sola hectárea de suelo cultivable.
La historia dispersa e hiperactiva de un lugar
Voy a explicar la historia críptica de un pequeño pero importantísimo lugar denominado Valle de Guadalupe, en Ensenada, Baja California. Este lugar tiene 8 % de tierra cultivable, está ubicado en el único lugar de México con lluvias invernales y veranos cálidos y secos. El clima se denomina mediterráneo porque existe en los países alrededor de este mar, pero también en pequeñas porciones de Australia, Sudáfrica, Chile y California-Baja California. Este clima favorece el crecimiento de especies de plantas que, justamente entre el Oriente Medio y las márgenes del Mediterráneo, se domesticaron y produjeron un impresionante proceso biocultural, que satisface, o deleita aun, nuestra nutrición y paladar: las vides y el vino; los olivos, su aceite y aceitunas; además de verduras como espárragos, alcachofas, alcaparras, entre otras.
Para explicar y entender mejor los fracasos y las fallas en las respuestas gubernamentales para enfrentar la amenaza al suelo fértil del Valle de Guadalupe, recurro a la imagen del déficit de atención e hiperactividad. Cuando se diagnostica a alguien con el trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), se encuentra que, en diferentes grados, lo tiene también toda la familia. Mi familia y yo tenemos TDAH, y no estamos solos: la Secretaría de Salud diagnosticó a dos millones de niños mexicanos con el trastorno; si sus familias lo comparten, puedo pensar que muchos millones de mexicanos lo sufren. En este artículo les quiero relatar una evidencia que me hace deducirlo.
Mi llegada a Baja California coincidió con la iniciativa, por parte de la entonces Secretaría de Desarrollo Urbano y Ecología, de determinar e implementar ordenamientos ecológicos y de uso del suelo en municipios, regiones y el país entero como medida normativa para evitar mayores impactos ambientales. Una de las recetas para el TDAH es poner orden en nuestras vidas, estructurar horarios e intentar ser metódicos. Encontré que mis investigaciones podrían ayudarme: si ordeno el territorio, me dije, seguro me ordeno a mí misma. Así, en 1990, un equipo académico interdisciplinario e interinstitucional incursionamos en la elaboración de un programa para ordenar la costa entre Tijuana y Ensenada. La clave del orden en el uso del suelo es reconocer que hay limitantes ecológicas para el desarrollo de actividades económicas. Es como reconocer, sugiero yo, que la vocación profesional de tu hijo es ser músico, no contador.
También en 1990, un grupo de enólogos, viticultores y empresarios solicitaron al municipio de Ensenada estudios de vocación de uso de suelo de una zona donde había gran cantidad de olivares y ya se cultivaba uva para vino y brandy, el Valle de Guadalupe. Los estudios de vocación del suelo son la base de los ordenamientos ecológicos del territorio; igual que los estudios de vocación profesional que descubrieron en tu hijo su aptitud musical y desecharon la contabilidad. El municipio nos llamó, y en 1991 terminamos el estudio de vocación el cual hicimos basados en las limitantes ecológicas y la calidad del paisaje con la participación de un gran número de pobladores del Valle, trabajo que se publicó3 y convirtió en el primer ordenamiento ecológico de la zona publicado por la Secretaría de Protección al Ambiente del Estado de Baja California.

Pero, como mi hipótesis de que todos los mexicanos tenemos TDAH, el déficit de atención nos hizo ignorarlo. Los pobladores vendieron tierras donde algunos empresarios y agrónomos sembraron vides y construyeron vinícolas, pero otros edificaron restaurantes y casas campestres en donde había o debía haber agricultura. De repente, fue tal el desorden que había que controlarlo y en lugar de usar el ordenamiento ecológico, al gobierno se le ocurrió contratar a una agencia de la Ciudad de México, e hicieron otro instrumento que regularía el uso urbano y turístico. El Instituto Municipal de Investigación y Planeación de Ensenada —junto con un equipo de académicos— logró, a medias, compatibilizar ambas normatividades. Este instrumento de política pública tampoco logró contener el boom urbano y turístico. Como el trastorno implica dispersión e hiperactividad, se armó un reglamento que fue saboteado, pienso que por el sector inmobiliario. Años después, cuando se pasó de restaurantes y casitas campestres a cientos de Airbnbs con albercas y antros y bares con oferta de mixología y cerveza, los vitivinicultores, académicos y otros, organizados, retomamos el reglamento y nos concentramos en reordenar la superficie con potencial agrícola; ese esfuerzo se redactó y publicó, en 2018, con el mismo estrepitoso fracaso de todos las anteriores.
Más concentración, más actividad
Evaluamos todo nuestro trabajo, y constatamos su inoperancia. Cambiamos de estrategia y ahora nos abocamos a producir y divulgar materiales que muestran el gran conocimiento que se tiene de este lugar, mediante Observatorio Guadalupe, esperando que todos los habitantes y usuarios del Valle conozcan las razones profundas para conservarlo. Pero el proceso de educación informal es lento, mucho más lento que la prisa de las inmobiliarias, que la demanda de los turistas para bodas, cumpleaños y grandes conciertos masivos. Además, como en todo el país, se ha polarizado la opinión pública; se acusa a las empresas vitivinicultoras de elitistas porque, en efecto, los gobiernos, los verdaderos responsables de usar los altos impuestos que pagan esta industria y sus consumidores, no han invertido en los poblados para su desarrollo acorde a la inversión que se observa en el campo.
Nuestro déficit de atención nos impide concentrarnos en la suma importancia que tiene la conservación del suelo con vocación agrícola. Menos en un lugar como el municipio de Ensenada, donde únicamente el 9.3 % de su superficie es agrícola (¡tan sólo 126 732 hectáreas!). Esta agricultura se encuentra dispersa en arroyos temporales, y pequeños valles, uno de los cuales es el Valle de Guadalupe con sus cerca de 5000 hectáreas cultivables. No me parece justo perder su capacidad productiva para cubrirlo de casas, que perfectamente caben en otro lugar infértil.

El TDAH colectivo nos llevó a gobierno, sociedad y empresas a buscar otros instrumentos, a dispersar nuestras energías en lugar de concentrarnos en los primeros esfuerzos para ordenar el uso del suelo. El estudio de vocación basado en sus características ecológicas y paisajísticas, que derivó en el ordenamiento ecológico, protegía las laderas con chaparrales para que la lluvia fluyera hacia el arroyo e irrigara las tierras fértiles; consolidaba el uso agrícola, y concentraba el crecimiento urbano a los tres poblados principales. De ser mexicanos no dispersos ni hiperactivos, se hubiera afinado, se hubieran corregido errores, y no hubiéramos llegado al momento actual de alarma.
Nuestra patada de ahogado, y como estrategia contra la atención dispersa, es unirnos a la campaña Rescatemos el Valle y concentrarnos en la ordenación del uso del suelo del municipio en conjunto con la Semarnat para destacar el valor ecológico singular que representan los remanentes de tierras con potencial agrícola. Vamos a acompañar en el decreto del Valle como patrimonio cultural por su belleza natural y valor cultural, y vamos a colaborar con los organizadores de esta campaña en el diseño de la figura de reserva agrícola a nivel nacional. Esperamos con ello no dispersarnos y que la hiperactividad sólo sea actividad concentrada en contagiar a todos el amor a la escasa tierra fértil de nuestro país, de Ensenada y, claro, del Valle de Guadalupe.
Ileana Espejel
Profesora investigadora, Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California
1 Torres, F., y Rojas, A., “Suelo agrícola en México: retrospección y prospectiva para la seguridad alimentaria. Realidad, datos y espacio”, Revista Internacional de Estadística y Geografía, 9(3), 2018, pp. 137-155.
2 México tiene 198 millones de hectáreas y 27.4 millones tienen suelo cultivable.
3 Espejel, I., Fischer, D. W., Hinojosa, A., Garcı́a, C., y Leyva, C., “Land-use planning for the Guadalupe Valley, Baja California, Mexico”, Landscape and Urban Planning, 45(4), 1999, pp. 219-232.