México es un país de vacas, hay 35.6 millones de reses rondando el territorio del país.1 Esto equivale a algo así como una por cada cuatro habitantes en todos los rincones de México. Hay vacas en el desierto, en las montañas, en los bosques y las selvas, en el norte, el sur, el este y el oeste de esta bella nación. Sus números son superados por el asombroso número de perros, con 43.8 millones, y el ridículo número de pollos, con 591 millones ¡Que se traduce a cinco pollos por persona! No obstante, las vacas ganan con creces frente a las demás especies domesticadas en dos aspectos. En primer lugar, en términos de la remuneración económica que generan. Segundo, en el área total del país que destinamos para su desarrollo. En este escenario, de una alta dependencia económica y espacial del medio rural a la ganadería, el cambio climático representa una amenaza latente para la seguridad alimentaria de México y el bienestar humano.

Vacas por todos lados
El área que destina el país para la cría de reses es inmenso. De acuerdo con los últimos datos del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesqueradel 2020 (SIAP) se dedicaron 109.8 millones de hectáreas para dicha actividad, esto es un poco más que la mitad de toda la superficie del país, el 55.5 % para ser exactos (ver figura 1). Las reses se encuentran homogéneamente distribuidas en el territorio nacional. Veintitrés estados del país tienen poblaciones mayores al medio millón de animales. Cuando decía que hay vacas en todos los rincones de México, lo digo en serio, prácticamente no hay un solo ecosistema a nivel nacional que no tenga algún nivel de afectación por pastoreo. Es más, hasta en los lechos de los lagos hemos metido vacas.
Figura 1. Superficie ganadera en México por entidad federativa

Fuente: Uso actual de suelo, Semarnat
El problema fundamental de la expansión ganadera, además de la destrucción de los hábitats naturales, es el sobrepastoreo y agotamiento de los pastizales ––naturales e introducidos––. De acuerdo con los últimos datos del Instituto Nacional de Ecología y Cambio Climático (INECC) el sobrepastoreo afecta al menos a treinta millones de hectáreas del país (la cuarta parte de toda la superficie agrícola). Cuando se le suma la degradación del suelo por otras fuentes como la compactación, la deforestación y la erosión, alcanza el 80 % de la superficie ganadera.
Aquí se suma el elemento central de este artículo: el cambio climático. No hay duda que la ganadería ha degradado los ecosistemas de tal forma que está perjudicandose a sí misma. Las pasturas sobreexplotadas son cada vez menos productivas y soportan menos vacas (de hecho, el número de reses en México se ha mantenido en los últimos cuarenta años debido a este problema). Si a esto se suman los extremos climáticos (sequías, heladas, inundaciones, huracanes) es muy posible que nuestra superficie ganadera se vuelva cada vez menos productiva. No se trata sólo de la incapacidad para incrementar el hato ganadero, sino el riesgo de verlo reducido de manera considerable.
Ejemplos de esto ya los hemos visto en la última década. La sequía de 2011 atribuible al cambio climático y la de inicios de 2021 y 2022, ocasionadas por La Niña, tuvieron como resultado la muerte de millones de reses en el territorio nacional (ver figura 2). Se trata de vacas que se mueren directamente en el campo y por lo tanto su carne jamás es procesada para el consumo humano. Estas son pérdidas económicas directas para los ganaderos, tanto para los que tienen hatos de miles de vacas, como para los que tienen de veinte a treinta animales. Sin un solo espacio libre en la nación para la cría de estos animales, difícilmente disponemos de estrategias de manejo como el tener áreas de amortiguamiento para hacer frente a la sequía, como puede ser el mover a las vacas de lugar o subsanar la baja de producción en las pasturas con granos.
Figura 2. Pérdidas ganaderas durante la sequía de 2011 (porcentaje del hato estatal)

El impacto de la sequía del 2011 en las poblaciones ganaderas estatales. Durante ese año se perdieron más de un millón de cabezas de ganado en todo el territorio nacional. Fuente: elaboración propia con datos del SIAP
Las reses de la carne de oro
Pasemos entonces a la segunda parte de la historia: la rentabilidad de la actividad. Hace aproximadamente tres mil años Esopo escribió la fábula de la gallina de los huevos de oro. Hoy en México ––y el mundo––, vivimos una fábula similar, pero en lugar de aves se trata de bovinos. El precio de la carne en los mercados internacionales se ha triplicado en los últimos cuarenta años (tomando en cuenta la inflación), poniendo una presión increíble sobre los sistemas productivos. Como consecuencia, el número de vacas en todo el mundo casi se duplicó. No es una casualidad que nos aferremos tanto a criar bovinos.
Así como el granjero acaba por matar a la gallina, nosotros también estamos en riesgo de perderlo todo en la ganadería de bovinos. El manejo intensivo, extensivo y sobreexplotado de los potreros no es sustentable ambientalmente, pero el cambio climático lo hará insostenible económicamente también. La recurrencia de fenómenos climáticos extremos, la expansión de enfermedades tropicales y temperaturas fuera de las zonas de confort para el ganado, son algunas de las amenazas potenciales que reducen y reducirán cada vez más la rentabilidad de la ganadería de bovinos.
Necesitamos comenzar a pensar en alternativas. El manejo silvopastoril y los sistemas agroforestales son dos opciones que cada vez cobran más importancia, al que tendrá que sumarse una reducción importante en el consumo de carne roja en nuestras dietas. Necesitamos replantearnos los sistemas y esquemas ganaderos en México, de lo contrario nos enfrentaremos a una crisis triple: ambiental, económica y de seguridad alimentaria.
Reflexión final
La ganadería de bovinos es una de las actividades económicas más importantes en México. No obstante, la presión que ha puesto sobre los ecosistemas, a través del sobrepastoreo, la deforestación y la compactación del suelo, la ha vuelto cada vez más vulnerable frente a los desastres naturales. En ese sentido, el cambio climático representa una seria amenaza para la rentabilidad de esta actividad. Es urgente diseñar estrategias adaptativas, tales como el manejo silvopastoril. También será fundamental la educación a nivel nacional para reducir los elevadísimos niveles de consumo de carnes rojas y con ello permitir que esta actividad pueda ser sustituida por otra menos dañina para el ambiente.
Guillermo N. Murray Tortarolo
Universidad Nacional Autónoma de México, Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad
Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología.
1 De acuerdo con datos del Sistema de Información Agroalimentaria y Pesquera (SIAP).