Los problemas ecológicos del planeta sin duda afectan la salud de los seres humanos: la más reciente advertencia es la pandemia de covid-19. Con la nueva serie “El cuerpo ante la crisis ambiental”, los blogs Crisis Ambiental y (Dis)capacidades exploran las consecuencias de esta desestimada relación.
A Ana Sofía Rodríguez, juntas creamos “Cuerpos ante la crisis ambiental”
como un espacio para compartir no sólo ideas sino afectos y sentimientos
en torno al lugar de los cuerpos en este mundo en crisis.
La crisis climática, su magnitud, su escala planetaria y las fallidas políticas para enfrentarla, obligan a repensarla, a imaginar nuevas teorías, nuevos conceptos, una nueva mirada para dar cuenta de ella de forma más comprensiva. La manera en que la ciencia convencional nos explica este fenómeno —usualmente con sofisticados modelos sobre el futuro del clima planetario y desde la frialdad de sus inentendibles artículos— cancela la posibilidad de llegar al conocimiento desde nuestros propios cuerpos, desde nuestras propias historias. Esta crisis que sentimos atravesada en la garganta como un nudo va deteriorando nuestro ser material y espiritual y hace necesario buscar formas más efectivas, más afectivas, de dar cuenta de una crisis que excede a la climática y que tiene que ver con el orden social de esta Modernidad, un proyecto que nos ofreció liberarnos de todas las tiranías, y que cada vez nos muestra más la falsedad de sus promesas.
Propongo que no hay mejor forma de representar la crisis que mediante el cuerpo, pues no hay forma más real y auténtica de nuestro ser y estar en el mundo. ¿Qué evidencias más contundentes y pedagógicas podríamos tener de la magnitud de la crisis que la tristeza, la angustia que nos provoca la incertidumbre de nuestro futuro, la incomodidad y el malestar cotidiano de saber que humanos y naturaleza agonizamos, sabernos en un mundo en el que la hostilidad se ha vuelto ya el sentido común de nuestros tiempos? El cuerpo es la medida de la crisis, una suerte de termómetro, un símbolo, una representación brutal de la crisis. Pensarlo así significa, por una parte, reflexionar sobre el impacto de la crisis en nuestra salud física y mental, el deterioro de nuestras condiciones de vida, la precarización de nuestras vidas y, sobre todo, la de las de las mujeres que nos procuran los cuidados que hacen nuestra existencia posible y que nos rescatan de la orfandad y, a cambio de lo cual reciben violencia, exclusión, desolación y miserias. Pero, por otra parte, pensar en la dimensión corporal de la crisis supone un replanteamiento y una reinvención de la forma en que hemos pensado el cuerpo. Implicaría recrear nuestros cuerpos, recuperar su poder, visibilizar nuestra relación con otros cuerpos humanos y no humanos. Recordemos que el cuerpo es el gran topos de la acción y el deseo, y es desde ahí, como el centro de toda posibilidad, que podemos trascender la desolación e imaginar nuevos mundos de esperanza.

Cuerpos climáticos, cuerpos de la Modernidad
El cambio climático se expresa con fuerza y contundencia sobre todos los cuerpos: los cuerpos de la naturaleza, nuestros cuerpos humanos, los ríos, los bosques, el suelo, los animales, los insectos, los hongos. El cambio climático los interviene, deteriora y enferma. No afecta solamente a nuestra salud física, sino que daña también las mentes y las emociones. Existe todo un conjunto de estados que se refieren a esto con nombres diversos: ecoansiedad, ansiedad climática, duelo ecológico y solastalgia. Sin embargo, el sistema social efectúa una inversión de los términos: los cuerpos, que en realidad son víctimas de un sistema más amplio que los enferma, son colocados de tal modo que parecería que nosotras somos las responsables de la situación que padecemos y nosotras mismas somos las que tenemos que buscar los remedios.
La ansiedad climática no se explica solamente por la realidad climática y ambiental, sino que es producto de la Modernidad. Aunque la crisis climática haya acaparado toda expresión de la crisis ambiental, y en momentos sea pensada como “La Crisis”, la realidad es que tanto el cambio climático como otros riesgos y amenazas a la vida son síntomas de una crisis mayor, más profunda que las envuelve y produce. La crisis climática se ha convertido en el pretexto para hablar de estos estados anímicos que no necesariamente se explican por los fenómenos climatológicos, sino que nos remiten a preocupaciones con raíces más profundas. Es por ello que habríamos de explorar también la crisis de sociedad, la crisis de civilización, y la crisis del sistema de la vida.1
En su obra psicoanalítica, y particularmente en su libro Bodies, Susie Orbachmuestra de qué manera algunas de las patologías contemporáneas, como la anorexia, la bulimia y otros problemas alimenticios que se expresan en los cuerpos, tienen que ver con estos estados de ansiedad que nacen de una autoestima degradada, de la no aceptación de los cuerpos. Nuestros cuerpos, los cuales se construyen en función de un sentido de vida que viene del exterior, terminan siendo deshabitados; las personas, expulsadas de sus propios cuerpos.2 Estas ansiedades, que se expresan de diversas maneras, están vinculadas a la ansiedad que invade y vacía los cuerpos con el despliegue del mundo Moderno y la pérdida del sentido de vida que le acompaña. Es el despliegue de esta Modernidad lo que se expresa como crisis climática y otras formas de deterioro ambiental, lo que devino en la actual pandemia, y en el asedio cotidiano de múltiples violencias, resultado de una profunda desigualdad, pobreza, precariedad laboral, y en el desamparo de un Estado negligente ante su mayor obligación que es cuidarnos.
La máquina económica y los valores patriarcales en el momento actual del capital cancelan los deseos, las verdaderas motivaciones de vida, las cuales son sustituidas por las necesidades de las mercancías, el capital, la producción y el consumo compulsivo, lo que termina por cosificar, mercantilizar y violentar los cuerpos, sobre todo los cuerpos feminizados, a las mujeres y la naturaleza. Este sistema capitalista neoliberal produce a los cuerpos dignos de ser amados, los cuerpos con derechos, los cuerpos válidos bajo el arquetipo del cuerpo del europeo, y dentro de éste, del anglosajón que es delgado, blanco, heteronormado y sigue los estándares de belleza occidental. Este sistema patriarcal es binario y nos exige definir lo que somos frente a lo que no somos para desvincularnos radicalmente, jerárquicamente, con los otros cuerpos. Pero nuestros cuerpos no son, sino que estamos siendo, estamos transformándonos, manifestándonos y proyectándonos hacia muchos lugares; somos cuerpos inacabables, inabarcables. Todos aquellos cuerpos que no le son útiles se marginan, son cuerpos incompletos, son los Otros. Todos son afectados por la crisis, pero son estos últimos los reemplazables, los desechables, lo que son sustituibles, son estos cuerpos los que ante la crisis mueren o se dejan morir.3
Los discursos ambientales que pretenden solucionar esta crisis hablan de los cuerpos como “adaptables” y “resilientes”; es decir, cuerpos que resisten, como objetos, y no como seres de afectos, que se modelan y diseñan según las circunstancias y necesidades del sistema social. La actual crisis sanitaria provocada por la pandemia ha afectado tanto nuestras vidas que nunca jamás volveremos a ser las mismas; muchas cosas han cambiado, otras habrán de cambiar después de este encierro que parece interminable, que nos ha sido impuesto por pequeños cuerpos, poderosos y diminutos virus, que son en verdad parte de nuestros cuerpos, del cuerpo grande que es la naturaleza. Hemos tenido que recurrir a nuevas estrategias de vida para sobrevivir, para resistir esta virulenta acometida de la crisis, que no sólo nos ha obligado a formas inéditas de sociabilidad, sino que ha traído consigo un aumento de las jerarquías y las desigualdades que, como siempre, afecta más a las mujeres, a los marginados, a los permanentemente excluidos. No hay manera de resistir estos embates y regresar al estado en el que nos encontrábamos: algo se quedó para siempre en el camino. Pero lo que nos proponen los discursos ambientales es resistir, ser artificialmente creativos a la hora de recibir los impactos ambientales. Se promueven los cuerpos optimistas ante un futuro incierto. Pero si el cuerpo no lo logra, se convierte en un bulto, una carga que limita el “desarrollo” y el “progreso” de la humanidad. Cuando un cuerpo resiente emocionalmente, cuando un cuerpo se muestra dañado en su sensibilidad, se hace intolerable al orden social; éste recomienda medicarlo, anestesiarlo, como una cura frente a esta desolación. El capitalismo hace de la desolación un negocio, una oportunidad para crear y vender las medicinas apropiadas para lidiar con los efectos de las crisis.
Lo que es importante reconocer es que cuando un cuerpo individual enferma, como es el caso de nuestros cuerpos ante los impactos del cambio climático, éste no es más que la expresión de un cuerpo colectivo, un cuerpo mayor manifestando sus síntomas de decadencia. En ese sentido, enfermos son los cuerpos sociales y políticos que destruyen los cimientos que permiten la propia vida; sistemas que privilegian el cuerpo productivista, el cuerpo servil y maquínico. Estos son los cuerpos que produce la Modernidad, el cuerpo como máquina: gallinas poniendo huevos sin cesar, vacas ordeñadas a través de robots para extraerles leche de manera incesante y rentable, o el cuerpo humano trabajando hasta el desquicio, un cuerpo dócil y puesto a disposición ante la noria productivista.4
Cuerpos que resisten
Sin embargo, el cuerpo no es un mero receptáculo de poderes. Aunque estos sistemas son aparentemente aplastantes, no pueden con el poder de un cuerpo con voluntad de resistir, de juntarse con otros cuerpos para proponer alternativas. Pienso que, desde el cuerpo, mi cuerpo, los Otros con los que me constituyo y construyo, todo es posible. Se trata de explorar la pregunta spinoziana sobre las posibilidades del cuerpo, “lo que el cuerpo puede”: esto es, curar los cuerpos, transformar los cuerpos, sanar las heridas, cicatrizar los cuerpos, en el sentido de traer el tiempo pasado, la historia de los cuerpos a lo contemporáneo, a un presente de cuerpos resignificados y potenciados, para desde allí proponer nuevos y alentadores futuros.5
Una manera es hacerlo en conjunto con otros cuerpos, pues el cuerpo sólo existe en relación con otros cuerpos, en un sistema de acciones y reacciones. Esto supone desafiar la idea atomista de que somos seres cerrados e individuales y asumir que tenemos una conexión material con el entorno y un vínculo inquebrantable con otros cuerpos. De ahí la pregunta punzante de Donna Haraway “¿Por qué nuestros cuerpos deben de acabar en nuestra piel?”.6 Pensar más allá de nuestro cuerpo es asumir que somos seres abiertos, sensibles, con capacidad de afectar y ser afectados. Si no aprendimos esto de la pandemia, habremos perdido una de las lecciones más valiosas de esta tragedia.
Es necesario reconocer que nuestro cuerpo es parte de un cuerpo colectivo, que en su forma política, en su expresión social, actualmente está normado y vive bajo lógicas racistas, heterosexistas y especistas. Aceptarnos como parte de un mismo cuerpo implicaría tener relaciones éticas con otros seres: orgánicos, inorgánicos, humanos, no humanos, desde los animales hasta las máquinas.7 Implicaría desarticular esas relaciones de poder que matan y dejan morir a humanos y a la naturaleza. Si entendiéramos que nuestro cuerpo es también el de los demás, nos relacionaríamos desde la ternura y la compasión, poniendo en el centro los cuidados. Esto permitiría alternativas para afrontar la crisis climática, así como a la organización social que le ha dado origen a ésta y otras crisis. Sólo de este modo podremos alentar la esperanza con otros cuerpos que, como el mío, deseen construir nuevos mundos de vida.
Ana De Luca
Editora de Crisis ambiental, blog de medioambiente de nexos.
Agradezco a los cuerpos solidarios que me ayudaron a revisar y comentar este texto: José Luis Lezama, Ana Sofía Rodríguez Everaert, y Rebeca Lomelí.
1 De Luca, A., y Lezama, J. L. “La crisis del sistema de la vida. Reflexiones para una ecología política de la esperanza”, Revista Mexicana de Ciencias Sociales. UNAM, 2020.
2 Orbach, S. Bodies. St. Martin’s Press, 2009.
3 Mbembe, A. “Necropolis”, Public culture, 15(1), 2003, pp. 11-40.
4 Federici, S. “En alabanza al cuerpo danzante”, 2015.
5 Agradezco a la Dra. Reyna Carretero por sus enseñanzas sobre el cuerpo y su potencia en el seminario “Judith Butler II. El cuerpo potenciado”, del Centro Regional de Investigaciones Multidisciplinarias.
6 Haraway, D. “A cyborg manifesto: Science, technology, and socialist-feminism in the 1980s”, feminism/posmodernis, Linda Nicholson (ed.), New York, Routledge, 1990, p. 220.
7 Haraway, D. Ob. cit.
Filosofar a partir del cuerpo tiene muchas perspectivas interesantes. Gracias por la introducción.
Al releer el texto, me surgen algunas preguntas. Si nuestros cuerpo están formados por otros cuerpos, y a su vez formamos parte de cuerpos mayores, ¿existe un nivel preferencial desde el cuál construir el conocimiento?
Se presenta la perspectiva de que los verdaderos deseos son desplazados por mandatos externos. Pero el entrelazamiento hace dificil decir dónde termina nuestro cuerpo y empiezan los otros, ¿cómo podemos demostrar que un deseo es realmente nuestro? ¿cómo sabemos si un deseo no es mas que una imposición o una construcción a partir de elementos externos? ¿cómo sabemos que realmente existen deseos propios?
Asumir que existe algo en los cuerpos que es la fuente de los verdaderos deseos implica que la frontera y el enfoque se coloque en los individuos. Pero el individuo no coincide con el cuerpo, pues en ocasiones nuestros cuerpos son extraños a nosotros y hacen cosas que no deseamos que hagan, y viceversa.
¿la fuente de los deseos verdaderos del yo debe ejercer soberanía sobre todo el cuerpo? Esta pregunta Avanzar por este camino requiere conocimientos y tecnologías que no necesariamente se oponen al capitalismo; basta con ver cómo las empresas privadas para explotar tecnologías biológicas surgen en EEUU.
Por otro lado, ¿en qué parte del cuerpo reside la fuente de los deseos verdaderos? ¿podría esta fuente verse comprometida por el desarrollo de tecnologías para actuar sobre lo vivo?
Un proyecto actual es el desarrollo de vientres artificiales. Si se logra, el cuerpo de mujer ya no será necesario para la reproducción, la cuál estará a cargo de gobiernos y empresas privadas. Podría incluso eliminarse la menstruación.