Los problemas ecológicos del planeta sin duda afectan la salud de los seres humanos: la más reciente advertencia es la pandemia de covid-19. Con la nueva serie “El cuerpo ante la crisis ambiental”, los blogs Crisis Ambiental y (Dis)capacidades exploran las consecuencias de esta desestimada relación.
Caminamos hacia el cerro de Amalucan en Puebla, motivados por el recuerdo infantil del tupido bosque enano, con una canasta de picnic y un zarape. Al llegar, encontramos desarrollos inmobiliarios y una nostalgia infinita se apoderó de nosotros, una angustia y sensación cercana al pánico, porque el entorno familiar y reconfortante se transformó. ¿Será posible enfermarse a partir de sentir esto? La respuesta parece ser afirmativa, las diferentes modificaciones y fenómenos ambientales desencadenan escollos en la salud mental.
Cuando nos referimos a problemas de salud mental, estamos hablando de alteraciones de la cognición, del estado de ánimo o del comportamiento, así como a variopintas experiencias angustiantes asociadas al deterioro cognitivo. Los padeceres en la salud mental que son inducidos por los cambios ambientales se vuelven cada vez más habituales. Esto no debe extrañarnos, si imaginamos que las redes informativas nos arrasan a diario con datos sobre los cambios ambientales, como son el aumento de las temperaturas, las inundaciones e incendios cada vez más frecuentes y devastadores. Las noticias son un estímulo suficiente para generar alteraciones moderadas en la psique de cada habitante del planeta. En los casos de aquellos que viven la crisis en carne propia, perdiendo cultivos, territorios o incluso vidas, la severidad de las afectaciones es obviamente mayor y más duradera.
Estos sentires, que se han descrito en múltiples revistas científicas de alto impacto, van desde experiencias emocionales negativas leves, hasta afecciones psiquiátricas crónicas.1 Particularmente: la ansiedad, el trastorno de estrés postraumático (TEPT), el trastorno depresivo mayor (TDM), el duelo complicado, la culpa del superviviente, el trauma vicario, abuso de sustancias, ideación suicida, angustia psicológica crónica, ansiedad sobre el futuro y aumento de la agresividad.2 Es decir, una diversidad de nomenclaturas en las que reconocemos que la amenaza constante de un clima cambiante y de sus consecuencias incitan a la desesperanza cotidiana y al desconcierto.
Tenemos una relación estrecha con nuestro entorno —sólo con imaginar esa exquisita sensación de continuidad y expansión corporal cada vez que te sumerges en el azul del mar o caminas entre los tonos verdes de una frondosa selva. Ahora, detengámonos a pensar en cómo las múltiples formas de arrasar con la naturaleza nos estremecen y disminuyen el sentido de pertenencia. Según Nick Higginbotham y sus colaboradores de la Universidad de Newcastle, cuando se pierde esa sensación de conexión con la naturaleza, las personas se exponen a un trauma psicológico y emerge una forma de angustia y sensación de fracaso, que puede ocurrir de manera aguda, subclínica o crónica.3

Ilustración: Estelí Meza
Innovación conceptual: la enfermedad mental en tiempos de crisis ambiental
Desarrollar nuevos conceptos para describir lo que sucede emocionalmente frente a la amenaza climática, así como formas de autocuidado y cuidado hacia la naturaleza que respondan a ella, se vuelven exigencias clave. En este sentido, se han propuesto nociones como la eco-ansiedad, la ansiedad climática, el trastorno por déficit de naturaleza, o la solastalgia.4 Éstas, aunque no son condiciones médicas categorizadas como tal, han sido bautizadas por diversos investigadores como enfermedades "psicoterráticas y somaterráticas" para referirse al daño y vulnerabilidad que provoca estar tan separados de la naturaleza, o a la angustia existencial causada por el deterioro, o por el extractivismo de la casa común.5
Sin embargo, para examinar la noción de este padecer, su relación con la experiencia vital humana y las formas de sanar, hace falta ir más allá. Muchas veces, sólo se apela a la neurofisiología o a los marcadores biológicos que están al interior de nuestro cuerpo para definir los problemas mentales, pero es indispensable incluir las variables exteriores, entre ellas las ambientales.
El abrazo asfixiante del padecer —sentir que estás imposibilitado a pararte de la cama o haber olvidado quiénes son las personas que te rodean— no es una condición que podría ser reconocida únicamente desde el interior, como algo oculto dentro del cráneo. Más bien, la experiencia doliente, aquella subjetividad que constituye al trastorno mental, es un todo que reúne al cuerpo que siente, que percibe y que actúa en relación y en coordinación con el entorno. Como plantea el filósofo Maurice Merleau-Ponty: “somos mentes encarnadas abiertas al espacio”. Tenemos una relación codependiente con el entorno.
Tomar en serio al entorno ecológico como causa de trastornos mentales puede ser un tanto desconcertante si consideramos las perspectivas psiquiátricas más tradicionales. La perspectiva enactiva en las enfermedades mentales propuesta por la psiquiatra y filósofa Sanneke de Haan contrasta con aproximaciones tradicionales que son más reduccionistas.6 Entre éstas destacan, el modelo biomédico y el cognitivo-conductual que postulan que todas las enfermedades psiquiátricas son mejor explicadas en términos neurobiológicos y moleculares. En contraste, de Haan plantea que si queremos entender a cabalidad estos trastornos, debemos observar detenidamente el complejo sistema persona-mundo, lo que implica reconocer e integrar las experiencias que incluyen traumas a raíz de desastres naturales, preocupaciones existenciales respecto al futuro, deudas impagables, rabia por no tener hogar, desigualdad y exclusión social estructural. En ese sentido, en el caso de personas especialmente vulnerables al cambio climático, sentir ansiedades extremas, o pensar en el suicidio no sólo proviene de un desequilibrio en los neurotransmisores cerebrales, sino también de la comprensión profunda del daño catastrófico de la naturaleza.
La experiencia de un trastorno mental trae consigo una pérdida de intersubjetividad, de acuerdos con otros seres humanos y, quizás, también con los otros organismos y ecosistemas con lo que interactuamos diariamente. Frente a esto, Sanneke de Haan propone una práctica psiquiátrica holística que incluya en el diagnóstico y tratamiento al medio ambiente y al contexto sociomaterial. En su modelo, la dimensión existencial y ecológica es crucial.
Desigualdades y resistencias
En 2017, campesinos de Tamil Nadu, un estado al sur de la India, exigieron fondos al gobierno para hacer frente a la agobiante sequía y disminución de préstamos agrícolas. En sus protestas, mostraron cráneos humanos que decían ser de agricultores que se suicidaron por las presiones de estas carencias, así como imágenes de ratones entre sus dientes para transmitir el mensaje de que se verían forzados a comerlos si las cosas no mejoraban. Este episodio, además de visualizar problemas políticos, dio cuenta de las repercusiones que puede tener el cambio climático y otras formas de transformación ambiental en las vidas y bienestar de las personas, y del tipo de repercusiones en la salud mental.
Los problemas ambientales, como el cambio climático, aumentan las desigualdades sociales y las personas marginadas corren mayores riesgos de sufrir los embates ambientales. A decir de la investigadora Donatella Marazziti de la Universidad de Pisa, los grupos más vulnerables al cambio climático son los ancianos, los niños, las mujeres, las personas con problemas de salud preexistentes, y las comunidades de bajo nivel socioeconómico y los inmigrantes.7 Estos cuerpos vulnerados ven su opresión magnificada por las consecuencias de la crisis ambiental, misma que se vuelve un factor de deterioro de la salud mental equiparable a los traumas de la violencia policial o la discriminación racial.
Esta otra cara de los problemas mentales nos invita a dejar de buscar soluciones individuales o privadas a problemas que son estructurales, colectivos y ecológicos. Más allá de terapias específicas, las comunidades pueden desarrollar estrategias de resiliencia en foros en los que se comparten emociones de manera pública. Espacios de acompañamiento y consuelo, como la propuesta canadiense Eco-Anxious Stories o la Red de Sanadoras Ancestrales del Feminismo Comunitario de Guatemala, Tzk’at, invitan a sanar a través de experimentar colectivamente la angustia del otro, compartir afectos, normalizar eco-duelos y eco-ansiedades, la intención es poder resistir y fomentar un bienestar solidario a través de un ética del cuidado con los demás y con el medioambiente.
Apuntes finales
Siguiendo a Lorena Cabnal, fundadora de esta Red de Sanadoras Ancestrales, la sanación de los problemas derivados de la crisis ambiental no pueden ser individuales. Esta sanación tiene que estar relacionada con la acción política colectiva de defensa territorial y ambiental, lo que implica una lucha por la defensa de los ríos, bosques y montañas, así como de los saberes ancestrales del cuidado de la casa común de las abuelas comadronas.
Esta postura me parece propicia para dirigir los esfuerzos de resistencia. El desarrollo de una mirada que integre a los neurotransmisores y las variables ambientales puede restablecer simultáneamente la salud mental de las comunidades, así como la de los entornos degradados. Siempre hemos sido seres ecológicos; se trata de hacerlo más claro en nuestras prácticas sustentables, de involucrarnos en el problema y en sus soluciones. Es importante caracterizar qué es lo que existe en el mundo y cómo nos relacionamos y cuidamos aquello que existe.
La resistencia quizás está en cultivar una conciencia ecológica robusta y colectiva para una sanación ancestral, en donde quepan todos los cuerpos. O a través de la imaginación de otros paisajes posibles en los que detenernos a respirar y poder sentir la suavidad del territorio en nuestros pies sea tan importante como cuidar de nuestros dientes. Un paisaje donde se haga lo posible por evitar las catástrofes climáticas y se generen otras posibilidades de existir, de actuar y de tejer colectivamente para cuidar mentes, cuerpos y ecosistemas.
Ximena González Grandón
Académica del Departamento de Educación de la Universidad Iberoamericana y profesora de la Facultad de Medicina de la UNAM
Otros textos de esta serie:
“La integridad ecológica en la salud y el bienestar” de Enrique Martínez Meyer.
“Cuerpos y desastres naturales: las personas con discapacidad” de Alejandra Donají Núñez.
“Los efectos de la actividad minera en la salud de los mexicanos” de Marlene Cortez-Lugo, Urinda Álamo-Hernández y David Hernández-Bonilla.
“El calentamiento global y la salud” de Patricia Mussali Galante.
“La crisis ambiental y las intoxicaciones alimentarias: el caso de la ciguatera” de Erick J. Núñez-Vázquez y Antonio Almazán-Becerril.
“Ni los parques ni la salud son para todos” de Cristina Ayala-Azcárraga y Marcelo Canteiro
1 Cianconi, P., y otros. “The impact of climate change on mental health: a systematic descriptive review”, Frontiers in psychiatry, vol. 11, 2020; Palinkas, L. A., y otros. “Global climate change and mental health”, Current opinion in psychology, vol. 32, 2020; Berry, H. L., y otros. “The case for systems thinking about climate change and mental health”, Nature Climate Change, vol. 8, núm. 4, 2018, pp. 282-290.
2 Hayes, K., y otros. “Climate change and mental health: Risks, impacts and priority actions”, International journal of mental health systems, vol. 12, núm. 1, 2018, pp. 1-12.
3 Higginbotham, N., y otros. “Validation of an environmental distress scale”, EcoHealth, vol. 3, núm. 4, 2006, pp. 245-254.
4 Comtesse, H. “Ecological grief as a response to environmental change: a mental health risk or functional response?”, International journal of environmental research and public health, vol. 18, núm. 2, 2021.
5 Albrecht, G., y otros. “Solastalgia: the distress caused by environmental change”, Australas Psychiatry, 2007.
6 de Haan, S. “An enactive approach to psychiatry”, Philosophy, Psychiatry, & Psychology, vol. 27, núm. 1, S. 2020, pp. 3-25.
7 Marazziti, D., y otros. “Climate change, environment pollution, COVID-19 pandemic and mental health”, Science of The Total Environment, 2021.
¡Excelente articulo!