Petrocultura y transición energética en México

En fechas recientes se ha pronunciado en el país una crítica ambientalista que, a pesar de haber sido alcanzada por el oportunismo político, es legítima en su protesta en contra de que el actual gobierno privilegie el petróleo como principal energético. No obstante, pocos parecen advertir lo complicado que es transitar hacia un uso exclusivo de energías renovables, toda vez que se trata de un proceso que no sólo no depende de un mandato presidencial, sino que implica cambios a nivel internacional tanto en la industria y tecnología como en la cultura: en nuestros valores y forma de entender y vivir el mundo que nos rodea. Así lo argumentan las Energy Humanities,1 campo de las ciencias sociales que analiza los energéticos desde la perspectiva culturalista y que ha acuñado el concepto “petrocultura”. La petrocultura abarca las representaciones simbólicas sobre el petróleo pero, sobre todo, se refiere a que buena parte de la vida cotidiana, las ideas, valores y, en general la cultura moderna, está moldeada psicológica y materialmente por el uso de dicho hidrocarburo.2 Con apego a este enfoque, en las siguientes líneas argumento que en México hemos construido una petrocultura basada en representaciones del petróleo vinculadas con política, economía, memoria histórica, arte e identidad nacional; lo que explica, en parte, el fuerte apego y esperanza que seguimos depositando en este hidrocarburo como palanca de desarrollo. En última instancia, esta cultura del petróleo representa uno de los tantos obstáculos para imaginar un nuevo paradigma energético menos dañino al ambiente.

Ilustración: Víctor Solís

Petrocultura y nacionalismo

En la Revolución, cuando los mexicanos se interesaron por nacionalizar el petróleo, publicaciones oficiales como el Boletín del petróleo —fundado en 1916— hablaban de este hidrocarburo desde una retórica nacionalista que abonó a la idea de México como “cuerno de la abundancia” con un futuro promisorio gracias a sus vastas reservas petroleras. Tras la expropiación petrolera, los discursos, imágenes y movilizaciones masivas que originó aquel 18 de marzo sellaron el vínculo entre petróleo-Estado-nación, al grado que se dijo que la expropiación era la “Segunda Independencia nacional”. Esto representó un momento fundacional en nuestra manera de pensar el petróleo, pues mientras que en países como Estados Unidos la labor de los Rockefeller moldeó una cultura petrolera basada en la fortuna y los monopolios de largos “tentáculos” que llegaban a otros países,3 en México el petróleo se ligó a idearios de reivindicación patriótica y desarrollo nacional bajo auspicio del Estado. No es fortuito que todavía resuene la idea de que “el petróleo es de los mexicanos”.

Entre 1940 y 1960, la industrialización y urbanización del país tuvieron a Pemex como importante aliado, lo que hizo que el nacionalismo económico fincara en dicha industria las promesas de prosperidad nacional. Ese ideal fue alentado por la publicidad de Pemex que, entre otros mensajes, repetía que se trataba de una “industria al servicio de la patria”. A lo largo de los años, la conversión de la paraestatal petrolera en la “gallina de huevos de oro” robusteció la triada petróleo-nación-prosperidad.

Petróleo, arte y ritualidad

Las artes también han encumbrado el tema petrolero. Quizá el ejemplo más acabado sea la Fuente de petróleos situada en la capital del país, en la prolongación de la avenida Reforma, cuyos monumentos (Colón, Cuauhtémoc y el “Ángel” de la Independencia) celebran la historia nacional. Ello coloca a la fuente como referente de un relato nacional que se vanagloria de la nacionalización y explotación del petróleo.

Durante décadas, formar en este país un símbolo nacional y no representarlo en murales era un sinsentido; por supuesto, no faltaron los muralistas que rindieron culto a la cuestión petrolera. En 1940, en el Instituto “18 de marzo” de Gómez Palacio, Durango, se inauguraron los murales que Francisco Montoya de la Cruz pintó ensalzando la expropiación. En 1959, Pablo O’Higgins hizo lo propio en un mural de tema petrolero en el palacio municipal de Poza Rica, Veracruz. Precisamente en Poza Rica, lo mismo que en Agua Dulce, Veracruz, y otras poblaciones del Sureste, se ha articulado alrededor del petróleo una ritualidad festiva que cada 18 de marzo da lugar a desfiles y actos carnavalescos que reflejan el orgullo de los lugareños por pertenecer a una tierra petrolera. Esto lleva a reflexionar acerca de si en el país existe una petrocultura con distinta intensidad en cada región, o si lo que tenemos son diferentes petroculturas.

Por otra parte, desde diferentes miradas, tramas y objetivos, el tema petrolero también ha inspirado la escritura de novelas y ensayos de las plumas de escritores tan distintos —y distantes— como Mauricio Magdaleno, Bruno Traven, Carlos Fuentes, Héctor Aguilar Camín y Francisco Martín Moreno, por mencionar sólo algunos.4

El lado oscuro de la petrocultura

México comenzó a construir su culto al petróleo en un periodo en que el resto del mundo lo hacía, e incluso en otras latitudes se pensaba que este recurso sería una energía eficaz y hasta más limpia.5 Al paso del tiempo, las percepciones cambiaron; por ello, Barrett Ross y Daniel Worden, teóricos del estudio de petroculturas, señalan que las culturas del petróleo también incluyen momentos de duda, protesta y rechazo hacia el uso de este hidrocarburo.6 En México esos rechazos fueron evidentes a partir de los setenta, cuando la crítica conservacionista expuso a Pemex como empresa contaminante del aire, agua y suelo del país. Aunado a ello, su cada vez más evidente, rampante y escandalosa corrupción redimensionó a la industria petrolera como símbolo de lo peor del capitalismo mexicano.

La violencia y el crimen también están entrelazados al petróleo. El connotado politólogo Timothy Mitchell argumenta que en Medio Oriente el paradigma energético petrolero, en lugar de incentivar la democracia, incrementó la violencia geopolítica y la venta de armas.7 En el caso mexicano, el “oro negro” también ha generado violencia, pero de carácter interno y relacionada con el robo de combustible que recientemente se conoció públicamente como “huachicoleo”: una actividad ilegal donde participan el crimen organizado y la corrupción institucional.

No obstante el lado negativo de la cultura del petróleo, es indudable que en México actualmente pesa más la petrocultura construida en relación a la identidad, los ingresos petroleros para la nación y el papel protector del Estado. Sin embargo, como señalan las Energy Humanities, estudiar el carácter histórico y contingente de las petroculturas ayudará a entender que la admiración y valor que hemos asignado al petróleo es un constructo social y no una realidad de la que no podemos escapar. Esto significa que así como encumbramos este hidrocarburo, también podemos descentrarlo de nuestra imaginación social y facilitar la transición hacia el uso de energías renovables y menos dañinas al ambiente. Pero, tal como señalé antes, esta transición —como toda transición energética— incluirá cambios tecnológicos, industriales y económicos; pero también culturales, de hábitos, valores e ideas, así como nuevas narrativas sobre la propiedad y uso de la naturaleza.8 En un futuro no muy lejano, la transición energética será inevitable y es pertinente empezar a preguntarnos: ¿nuestra cultura del petróleo generará resistencias sociales significativas a dicha transición? ¿Contamos con propuestas que, más allá de la tecnología y la infraestructura, contemplen los cambios sociales y culturales que implicará?

 

Omar F. González Salinas
Historiador. Actualmente realiza su tesis doctoral en El Colegio de México, en la que aborda los vínculos entre petróleo, política e identidad nacional.


1 Szeman, I., y Boyer, D. (eds). Energy Humanities. An Anthology, Johns Hopkins University Press, Baltimore, 2017; Boyer, D., y Szeman, I., “The rise of energy humanities”, University Affairs.

2 Wilson, S., et al. “On Petrocultures: Or, Why We Need to Understand Oil to Understand Everything Else”, Petrocultures. Oil, Politics and Culture, McGill-Queen’s University Press, Montreal, 2017, pp. 3-19; Barrett, R., y Worden, D., “Oil Culture: Guests Editors”, Journal of American Studies, 46(2), 2012, p. 269; Wereley, I. “Advertising an Empire of Oil: The British Petroleum Company and the Persian Khan Exhibit of 1924-1925”, Media Tropes,  VII(2), 2020, p. 21; Petrocultures Research Group, After Oil, University of Alberta, Edmonton, 2016, pp. 9-10, 17.

3 Buell, F., “A Short History of Oil Cultures: Or the Marriage of Catastrophe and Exuberance”, Journal of American Studies, 46(2), 2012, p. 283.

4 Al respecto, véase: Negrín, E. Letras sobre un dios mineral. El petróleo mexicano en la narrativa, El Colegio de México, México, 2017.

5 Buell, F. “A short History of Oil Cultures…” p. 284; Wereley, I. “Imagining the Age of Oil: Case Studies in British Petrocultures, 1865-1935”, tesis de doctorado en historia, Carleton University, Ottawa, 2018, p. 24.

6 Barret , R., y Worden, D. “Introduction”, The Oil Culture, University of Minnesota Press, Minneapolis, 2014.

7 Mitchell, T. Carbon Democracy. Political Power in the Age of Oil, Verso, Londres y Nueva York, 2011.

8 Sobre los múltiples cambios que ha implicado una transición energética, véase: Vitz, M. “To Save the Forests’ Power, Narrative and Environment in Mexico City´s Cooking Fuel Transition”, Mexican Studies/Estudios Mexicanos, 31(1), 2015, pp. 125-155.

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Publicado en: Repensar el discurso

2 comentarios en “Petrocultura y transición energética en México

  1. Quizás, más que la cultura, lo que mantiene el petróleo como fuente de energía es la economía. Los ingresos petroleros permitieron bajos impuestos por décadas; ahora que el petróleo mexicano se está agotando, una reforma fiscal se hace necesaria, pero hay muchas resistencias. Por otro lado, es cierto que se deben dar pasos para lograr una transición energética, pero el petróleo aún es encesario pues las energías renovables aún tienen varios desafíos tecnológicos que salvar. En Europa en este verano, debido a la falta de gas, tuvieron que usar carbón para generar electricidad en horas pico; usar derivados del petróleo es menos sucio que usar carbón. Los autos electricos tardarán varias décadas en implantarse, no por falta de programas de apoyo sino por escasez de materiales para las baterías y los imanes de los motores eléctricos; por tanto la movilidad por gasolina seguirá usándose un tiempo. También hay que recordar que la electricidad sólo cubre el 30% de los usos de la energía, y es un desafío electrificarlo todo. También el petróleo se usa para usos no energéticos, como la producción de fertilizantes para la agricultura industrial o los plásticos para diferentes industrias, como la automotriz (sean autos de gasolina o eléctricos). Debemos manejar la transición para que la demanda nacional de energía pueda ser cubierta con la producción nacional, o tendremos que recurrir a importaciones que aumentará el costo de la energía y limitará la competitividad.

  2. Excelente artículo recién publicado por Bloomberg: Estiman pico de consumo mundial de petróleo en 2035. Petroleras privadas están presionadas a emigrar a energías limpias, oportunidad para petroleras estatales que tienen los medios y tecnología para seguir produciendo petróleo, Pemex no está incluida en ese grupo (!).

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