A la memoria de Eddy van der Maarel
Uno nunca sabe de dónde le nacen las pasiones. Dice mi madre que cuando fui a Acapulco por primera vez como un bebé, el mar me enloqueció de alegría. Desde entonces, siento una fascinación por los océanos, no por las aguas profundas —su inmensidad me atemoriza— sino por la franja dinámica, espumosa y salada que se entremezcla con las playas de arena y las dunas costeras: el final o el comienzo de la tierra. Otra arrebatada pasión la adquirí en la adolescencia cuando leí —en esas revistas de los consultorios dentales— sobre el desierto que los israelitas habían convertido en un vergel. Me sorprenden las adaptaciones de las plantas y animales que viven casi sin agua; se me eriza la piel cuando observo la singular biodiversidad del desierto y me emociono cuando veo a los pastores fertilizando los desiertos con su ganado. Lo mismo me sucede cuando veo palmares, olivares y viñedos sembrados hace decenas de años enverdeciendo los oasis. Por estas dos pasiones, mi vida se ha situado en las costas de las zonas áridas y semiáridas de este país.

Fotografías: Gerardo Sánchez Vigil
Los humanos que vivimos junto al mar
Los datos le dan la razón a mi pasión. Resulta que más de la mitad terrestre de México es árida o semiárida y que más de la mitad de la superficie que corresponde su territorio es el mar que delinea los 11 592 km de sus costas. Nuestro país ocupa en el continente americano el tercer lugar tanto en longitud costera como en proporción de tierra y costa, el cuarto lugar en porcentaje de territorio en estados costeros y el segundo lugar después de Estados Unidos en diversidad de grandes ecosistemas marinos.1 Aunque estas proporciones son importantes para la administración costera, no le damos a las costas la importancia que merecen. A pesar de esforzarnos sexenio tras sexenio, todavía no tenemos una ley de mares y costas. Aunque hay ordenamientos territoriales, estos no se cumplen2 y la norma que regularía a los desarrollos inmobiliarios fue suspendida, seguramente por presiones de los desarrolladores.
Los estados costeros de México han crecido rápidamente a causa de la migración. Azuz y Arriaga3 estiman que la población de estos estados aumentará más de siete veces entre 1930 y 2030, año en que tendrán 60 millones de habitantes. La tercera parte de los 266 municipios costeros tiene climas áridos y semiáridos,4 una condición que de acuerdo con los modelos generales de cambio climático será cada vez más álgida.5 En estos municipios, donde la precipitación es de entre 100 y 400 milímetros apenas, pocas ciudades tienen plantas desaladoras. (La excepción es Los Cabos, donde está la planta más grande del país.) Para alimentarnos, los campos agrícolas costeros tienen desaladoras en sus pozos, aumentando el problema, ya que rompen la cuña salina al jalar el agua de mar.
En los últimos veinte años la población de los municipios costeros del país creció un 38 %: en 2000 había 18 888 093 y ahora hay 26 067 941 habitantes. Los municipios de Baja California Sur destacan por su crecimiento. Es preocupante que el desarrollo inmobiliario crezca en donde no hay agua. Los centros turísticos disparan este crecimiento: Puerto Peñasco, flanqueado por el Gran Desierto de El Altar, se denomina el Dubai de México,6 y el corredor turístico que conecta San José del Cabo con Cabo San Lucas es un claro ejemplo de las ciudades que se construyen en el desierto frente al mar.
Muchos de los habitantes de estas ciudades son trabajadores del sur del país que han huído de la violencia y la pobreza de sus pueblos. Estos migrantes internos viven hacinados, con problemas de basura y agua, en lugares muy diferentes al confort y paisajes de las zonas hoteleras. Están ahí porque, pese a la precariedad en la que viven, al menos reciben un salario. Los empleos de estas zonas árido-costeras están ligados a los cerca de 33 000 pescadores, a las mujeres que procesan el pescado, a los agricultores que cultivan parcelas saladas y a los 33 puertos del noroeste.
Los no-humanos que viven junto al mar
Los no-humanos que viven en la confluencia del mar y el desierto incluyen a invertebrados costeros, como caracoles y conchitas o crustáceos pequeñitos con nombres tan hermosos como la recién descrita Bonita mexicana;7 a artrópodos terrestres, como escarabajos especialistas en suelos arenosos; y a 354 905 aves playeras de 30 especies que invernan en la costa de la península.8 Asimismo, están las 684 especies de flora de las dunas alrededor del Golfo de California y las 517 especies del litoral Pacífico Norte9 las cuales ofrecen 25 servicios ambientales.10
La supervivencia de estas especies peligra en buena medida por la urbanización costera que amenaza con ampliarse. El Golfo de México y el Pacífico Sur son las regiones que perdieron más vegetación natural en los últimos años por la construcción de la Riviera mexicana y los cocotales. Además, son las regiones con los índices más altos de marginación de la costa mexicana.11 De ahí la importancia de preguntarse: ¿sirvió de algo perder esa biodiversidad para desarrollar la región si ni siquiera viven mejor sus habitantes? Las regiones con mejor calidad ambiental y socioeconómica son los municipios de las zonas áridas, pero aun así dudo si aquí todavía hay esperanza.
Por ejemplo, en Todos Santos, La Paz, y otros sitios de Baja California Sur, gran parte de las playas y dunas se han conservado. Sin embargo, los escenarios de elevamiento del nivel medio del mar para 2050 no son muy esperanzadores: los modelos de cambio climático proyectan inundaciones en casi todas sus playas. El panorama se enturbia ante el crecimiento de desarrollos inmobiliarios que traen consigo las mismas consecuencias que el turismo causó en las playas del Caribe Mexicano —tales como erosión de playas a causa de la construcción de grandes edificios sobre las dunas— y ante la variabilidad climática que ha aumentado las arribazones de sargazo. La búsqueda de sitios alternativos para el desarrollo costero es una amenaza porque las inmobiliarias imponen sistemas obsoletos de construcción basados en la destrucción de las dunas, todo por una necesidad absurda de estar cerca del mar.

¿Cómo construir la coincidencia de humanos y no humanos en ese espacio tan largo y productivo?
En 2011 un grupo de colegas y yo escribimos que estábamos a medio camino para fracasar o avanzar hacia la sustentabilidad costera.12 Después de analizar los datos, veo que escogimos la ruta del fracaso. Atendiendo las reflexiones de Cuauhtémoc León,13 en la academia urge traducir los conceptos propios de las ciencias ambientales al lenguaje común y conciliarlos con los saberes de la gente del mar y el desierto. Hay que concretar los esfuerzos hacia una investigación colaborativa entre los distintos saberes y la academia; es decir, investigación transdisciplinaria, fuertemente asociada a los pobladores, quienes han sido abandonados por la mayoría de los académicos. Hay que resolver juntos los problemas cotidianos y de largo plazo e imponernos sobre la megalomanía empresarial y los sesgos optimistas de los gobiernos. Por ejemplo, la llamada Escalera Náutica empezó como un proyecto humilde, que atendería a unos cuantos veleristas deseosos de rodear la península, y se convirtió en un proyecto de tal magnitud que afortunadamente fue imposible realizarlo.14
Nos aflige pensar en ciudades novedosas sometidas a las limitantes que imponen la aridez y el mar. Carlos Peynador, mi colega, propuso construir ciudades costeras como un campo de futbol, con los edificios atrás para que no tapen la vista o evitar que las casas de la playa estén bardeadas y sean así inseguras y sin vista. En los hoteles, los turistas no se bañan en el mar, sólo lo miran desde sus cuartos o albercas construidas sobre dunas. Urge generar procesos creativos y encauzar el ingenio local para codiseñar construcciones diferentes. Las albercas, fuentes y jardines con plantas exóticas gastan tanta agua como ocho residentes y, además, fomentan el consumo exagerado de productos exógenos que se desperdician, hábitos totalmente ajenos al desierto y a las capacidades del mar para sostenerlo.
Mi esperanza está depositada en el municipio de la Paz. Preocupados por no aumentar la vulnerabilidad costera, especialmente en la población de Todos Santos, el gobierno municipal y los habitantes se han organizado para defender la franja de dunas costeras y playas para que no se construya sobre ellas. Es tiempo de conocer, apropiarse y mejorar los ordenamientos ecológicos, los reglamentos y las áreas naturales protegidas, además de fortalecer los comités de vigilancia a través de observatorios ciudadanos que fomenten la ciencia ciudadana y el cuidado del patrimonio. Es importante afianzar las alianzas para convivir humanos y no-humanos en esa zona tan extraordinaria que forman el mar y el desierto cuando se juntan.

Cuando empecé a estudiar las playas y dunas de las zonas áridas estaba sola, lidiando con mis pasiones. Afortunadamente, ahora tengo cómplices igual de apasionados, como Óscar Jiménez Orocio y Georges Seingier —buscadores de datos de todo tipo y hacedores de mapas— así como Natalia Rodríguez Revelo, quien se dedica a contar e identificar insectos. También me acompañan en esta travesía Concepción Arredondo García y Alejandro García Gastelum, quienes diseñan instrumentos preventivos de planeación participativa para ordenar los usos y evitar más riesgos costeros.También está Claudia Leyva Aguilera, educando para amar las costas, y Nelly Calderón de la Barca, comunicando sobre las playas y humedales costeros de la ciudad de Ensenada. Su trabajo es valiosísimo y, además de ellos, están los alumnos, con sus ideas locas que nos acompañan año con año en esta eterna lucha contra la ignorancia ambiental y los intereses económicos que nos apabullan.
Ileana Espejel
Profesora investigadora, Facultad de Ciencias de la Universidad Autónoma de Baja California.
1 Escofet A. e I. Espejel (2004), “Geographic Indicators of Coastal Orientation and Large Marine Ecosystems: Alternative Basis for Management-Oriented Cross-National Comparisons”, Coastal Management, 32:2, 117-128.
2 Rivera-Arriaga, E., I. Espejel, F. J. Gutiérrez-Mendieta, L. E. Vidal-Hernández, A. Espinoza-Tenorio, J. C. Nava-Fuentes, M. García-Chavarría y A. Sosa-López. 2020. “Global Review of ICZM in Mexico”, Revista Costas vol. esp., 1: 179-2000.
3 Azuz Adeath, I., y Rivera Arriaga, E. (2007). “Estimación del crecimiento poblacional para los estados costeros de México”, Papeles de Población, 13(51), 187-211.
4 Semarnat. “Suelos. Degradación de suelos en las tierras secas de México”.
5 Seingier G., O. Jiménez-Orocio e I. Espejel. 2020. “Vulnerability to the Effects of Climate Change: Future Aridness and Present Governance in the Coastal Municipalities of Mexico”. En: S. Lucatello, E. Huber-Sannwald, I. Espejel, N. Martínez-Tagüeña (Eds.). Stewardship of Future Drylands and Climate Change in the Global South Challenges and Opportunities for the Agenda 2030. Springer. 301-320 pp.
6 “Torres tipo Dubai tendrá Puerto Peñasco con inversión de mil 200 mdp”, La voz del Pitic, 18 de septiembre, 2020
7 Campos, E. (2009). “A new species and two new genera of pinnotherid crabs from the northeastern Pacific Ocean, with a reappraisal of the subfamily Pinnotherinae de Haan, 1833 (Crustacea: Brachyura: Pinnotheridae)”, Zootaxa, 2022(1), 29-44.
8 Page, G. W., Palacios, E., Alfaro, L., Gonzalez, S., Stenzel, L. E., y Jungers, M. (1997). “Numbers of Wintering Shorebirds in Coastal Wetlands of Baja California, Mexico”, Journal of Field Ornithology, 562-574.
9 Espejel, I., y colaboradores (2017). “Flora en playas y dunas costeras de México”, Acta Botánica Mexicana, (121), 39-81.
10 Rodríguez-Revelo N., Espejel, I. Arredondo-García, C. Ojeda-Revah L. y Sánchez Vázquez M. A. (2018). “Environmental Services of Beaches and Coastal Sand Dunes as a Tool for Their Conservation”, En: Botero C, O. Cervantes y C. Finkl (eds.). Beach Management Tools – Concepts, Methodologies and Case Studies, Springer pp. 75-100pp.
11 Azuz-Adeath, I., Diaz Mondragón, S., García, C., y Peinado, H. (2016). Evaluación del estado de la zona costera mexicana como base para establecer rutas críticas de gestión.
12 Seingier, G., I. Espejel, J. L. Fermán. G. Montaño, I. Azuz y G. Arámburo. 2011. “Halfway to sustainability”, Ocean and Coastal Management, 54(2): 123-128.
13 León, Cuauhtemoc. 2021. “Encrucijada del ambientalismo: alterada la naturaleza y atrapados por el lenguaje”, Animal Político.
14 González, R., Espejel I., Arredondo-García, C., y Hernández, A. H. (2020). Escalera Náutica. Balance para la conclusión de un megaproyecto de larga data en el Mar de Cortés, México. Frontera Norte.
Si es impresionante el paisaje pero olvidas al hermoso estado de Sonora, ya que su superficie es completamente desértica, ahí se ve la unión entre el mar y el desierto. Te invito conocer San Carlos o Puerto Peñasco.
Paul, lo conozco perfecto, no había espacio para todo. Prometo escribir otro sobre ese lugar, e ilustrarlo con unas fotos maravillosas de Ricardo Garibay, quien también protestó por no mencionarlo. Gracias por tu comentario. ileana