En 2019 Greta Thunberg y movimientos como Extinction Rebellion y Fridays for Future alcanzaron un protagonismo inusitado y lograron llevar la discusión sobre el cambio climático a un público más amplio del habitual para estos temas. Fue por ello que varios medios lo señalaron como el año del despertar de conciencias en torno al cambio climático. Por eso se esperaba que el tema recibiera más atención conforme pasaran los años y, por supuesto, conforme se implementaran acciones gubernamentales como respuesta al problema. Sin embargo, la pandemia mundial de covid-19 llegó para cambiarlo todo. Una vez que el virus comenzó a azotar a las capitales europeas y a propagarse por doquier, como si el mundo sólo tuviera cabida —o capacidad de atención— para una sola catástrofe, el tema del cambio climático se vio desplazado por el de la pandemia. Esto resulta especialmente problemático al tomar en cuenta que las medidas para controlar la propagación del virus hicieron corto circuito sobre aquello que había sido el principal motor para la visibilización del cambio climático: las movilizaciones en las calles.
Con las medidas de confinamiento y distanciamiento social aún vigentes en diferentes puntos del planeta, es a través de las redes sociales desde donde ha sido posible seguir visibilizando la urgencia climática y posicionarla de nueva cuenta en los reflectores. En el mejor de los casos, no pasarán muchos más años antes de que el cambio climático adquiera en los medios de comunicación y en la población en general una relevancia acorde al riesgo gigantesco que representa para los seres humanos, el cual es mucho mayor al de esta pandemia que, afortunadamente, parece menguar por ahora.1 Una de las principales estrategias que deberían seguirse como parte de la lucha contra el cambio climático, estoy convencido, pasa por tratar de desmentir la mayor cantidad de información falsa y fincar una educación en torno a la situación climática actual. Esto es fundamental de cara a una situación en la que será necesario que el grueso de la población alce la voz de la manera más enérgica posible para que las cosas empiecen a cambiar para bien y se abandone el capitalismo fósil. Además, también será necesario para que un gran porcentaje de la población, llegado el momento, esté dispuesto a asumir los costos asociados a que las cosas, de hecho, cambien —por ejemplo, en los hábitos de consumo y, en general, una probable reducción en la calidad de vida—.
La buena noticia es que, a pesar de todo, podemos considerar que 2020 no fue un año perdido en la lucha contra el cambio climático. Casi como si se hubiera tratado de una transacción, a cambio de desplazar al calentamiento global de la cobertura mediática y los recursos económicos, la crisis de salud y las medidas de confinamiento adoptadas por los gobiernos propiciaron una reducción en el uso y la quema de combustibles fósiles (la causa primordial del cambio climático) que se tradujo en un descenso de 7 % en las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI) durante ese año. De acuerdo con las estimaciones, de convertirse en tendencia en los próximos años, este descenso sería suficiente para evitar un aumento en la temperatura global mayor a 1.5 °C en comparación con niveles preindustriales para el año 2100. El problema es que este descenso no va a mantenerse. Con una economía mundial que se mueve gracias a la quema de combustibles fósiles (petróleo, carbón y gas natural), cualquier recuperación económica vendrá irremediablemente acompañada por un aumento en las emisiones de GEI. Mientras la producción de electricidad siga dependiendo de estos combustibles —actualmente dos tercios de la producción eléctrica global provienen de combustibles fósiles—, el anhelado levantamiento de las medidas de confinamiento y la consecuente reactivación económica del capitalismo fósil imperante nos pondrán de vuelta en la ruta de la catástrofe casi de inmediato. A pesar de ello, no han faltado los mensajes optimistas basados en una “recuperación verde” sin fundamento alguno en la realidad. Por esa razón quiero insistir en el tema de la desinformación, uno de los problemas que más entorpecen los esfuerzos de miles de activistas verdaderamente comprometidos con la causa. La prioridad será enfrentar las nociones equívocas que, en muchos casos, se manifiestan como una forma de negación. Para mí, según el grado de desinformación, el negacionismo climático puede clasificarse en tres etapas: la del oscurantismo, la del presentismo y la del negacionismo yuppie.

Ilustración: Raquel Moreno
Etapa del oscurantismo
Se trata de la forma más elemental de negacionismo; quienes niegan por completo la existencia del cambio climático o, en todo caso, niegan su carácter antropogénico, argumentando que el cambio en la temperatura es propiciado por los ciclos naturales que experimenta el planeta. Cada vez son menos los que se encuentran en esta etapa; se van reduciendo conforme se habla más y más del tema, y mientras se van acumulando los estudios científicos que detallan, con puntos y pelos, lo que está pasando y lo que pasaría en el futuro en distintos escenarios. Sin embargo, lo que habrá de reducir de forma contundente esta etapa de negación serán los acontecimientos climáticos extremos que vayan produciéndose en distintos puntos del planeta como consecuencia del aumento existente en la temperatura promedio global —actualmente es alrededor de 1.1 °C—. Como es lógico, los estudios científicos son papel mojado para quienes no tienen el interés, la paciencia ni los conocimientos para adentrarse en ellos; pero, en cambio, no hay nada más cierto y real que perder la casa en la peor temporada de incendios jamás registrada o en un huracán que rompe todos los récords de intensidad. Cada desastre hará más complicado justificar que “todo está bien”.
Etapa del presentismo
En esta etapa se vive una forma de negación fundamentada sobre la idea de que el cambio climático es un problema futuro que será padecido por las próximas generaciones. Se trata de una noción muy generalizada por los medios, quizá en función de la lozanía de Greta Thunberg y otros jovencísimos activistas climáticos. La mejor ciencia climática con la que contamos deja bastante claro que cualquiera que tenga planeado seguir vivo en el 2030 habría de empezar a preocuparse desde hoy. Sabemos que el aumento de 1.1 °C en la temperatura ya ha comenzado a potenciar diferentes eventos climatológicos extremos a lo largo del planeta —los recientes incendios en Australia y California son muestra de ello—, pero muchas veces se omite el hecho de que este aumento no sólo es irreversible —al planeta le tomaría cientos o incluso miles de años estabilizarse— sino que los efectos irán creciendo de la misma forma que crecen las deudas que se dejan sin pagar. Como si los grados centígrados tuvieran intereses, mientras el deterioro sobre la naturaleza se va acumulando, con cada décima de aumento en la temperatura promedio global los efectos se multiplican, pues son exponenciales. Las consecuencias de un aumento de 2.0 °C serían mucho peores que las de 1.0 °C multiplicadas por dos. Por lo tanto, si bien no es probable que para 2030 el aumento en la temperatura llegue a 2.0 °C, diez años más de capitalismo fósil seguramente serán suficientes para que sus efectos devastadores se sientan en el mundo natural; pero, sobre todo, en el mundo de lo meramente social, bastante más delicado que el anterior.
Etapa del negacionismo yuppie
La última etapa es la del negacionismo yuppie y es probablemente la más difícil de superar. En esta etapa se reconoce la gravedad del problema pero se minimiza, al punto de lo banal, lo difícil que es encontrarle alguna solución. Quienes se encuentran en esta etapa consideran que “el cambio está en nosotros”; que basta con realizar cambios en nuestra vida cotidiana, como cambiar el coche por la bici, dejar de comer carne o viajar menos en avión para resolver el problema. Desde esta postura suele considerarse que se puede hacer algo significativo únicamente desde la sociedad civil, dejando fuera a los poderes públicos o a las organizaciones internacionales y, sobre todo, dejando fuera la lucha contra los poderes económicos y políticos que dependen de los combustibles fósiles para mantener su posición e históricamente han obstaculizado las luchas por el medio ambiente. Quizá en su manifestación más tenue se expresan quienes todavía creen que es posible evadir un calentamiento global catastrófico y, al mismo tiempo, mantener ciertos niveles de crecimiento económico o, en todo caso, que será posible mantener los niveles de prosperidad actuales (definiendo “prosperidad en términos convencionales, por ejemplo, según los índices de crecimiento del PIB). Conforme pase el tiempo, la cruda realidad irá agotando a quienes todavía predican con la contradicción entre un crecimiento económico industrial basado en la acumulación de capital y la reducción de los impactos materiales que este mismo crecimiento tiene sobre la naturaleza. Crecimiento verde, economía verde, desarrollo sustentable, bioeconomía, economía circular, Green new deal,2 son los mantras que revelan a quienes continúan en esta etapa. Curiosamente, es común encontrar aquí a personas bastante involucradas con el cambio climático pero que, al parecer, han decidido cegarse de optimismo o necesitan un discurso amable para cumplir con su trabajo. Hablo de tuiteros populares, activistas por el clima, filántropos, políticos progresistas o funcionarios de primer nivel.
Es importante señalar que la diferencia entre la noción de negacionismo y el mero desconocimiento de la información y los datos científicos radica en la resistencia a aceptar la realidad y el nivel catastrófico de la amenaza que implica el cambio climático. Lo primero, aun en su etapa menos oscurantista, puede resultar más dañino para la causa que lo segundo; en ocasiones —como ha sucedido con el Acuerdo de París— se da la impresión de que se está haciendo algo por remediar las cosas cuando no es así, desincentivando en consecuencia la movilización y el activismo. Sin embargo, es imprescindible librar la batalla tanto en contra de la falta de información como en contra de la información equívoca. Es en ese espíritu que surge este texto, buscando informar sobre algunos datos relevantes y tratando de cuestionar y disipar algunas falsedades o engaños de quienes se encuentran en alguna etapa de negación. La situación es sumamente grave y hay importantes intereses económicos en juego que irán tensando las cosas. La avalancha de información de todo tipo y la guerra por controlar la verdad son consecuencias que apenas están comenzando a suceder.
Daniel Flores Gaucin
1 Se estima, por ejemplo, que el cambio climático puede provocar la muerte prematura de hasta 153 millones de personas tan solo como consecuencia de la contaminación del aire.
2 Clive L. Spash (2020): “Apologists for growth: passive revolutionaries in a passive revolution”, Globalizations, DOI: 10.1080/14747731.2020.1824864