Pareciera que con la pandemia de covid-19 la búsqueda de un desarrollo sustentable ha pasado, de nuevo, a último término. La urgencia por producir vacunas, desarrollar tratamientos antivirales y hasta embotellar oxígeno son la prioridad. Lo notable es que se trata de un virus que nos “sorprendió”, una más de esas historias en las que ya sabíamos lo qué iba a ocurrir y por una razón u otra dejamos que nos encontrara mal parados. Quizá se trata de una sana incredulidad ante el alarmismo, pero ¿no deberíamos de pensar en términos de una inteligente prudencia? Operamos con la convicción de que “el ser humano” está en control de la evolución del planeta. Claro, vemos lo que el ingenio humano ha hecho de nosotros y del mundo y no podemos sino maravillarnos. Sin embargo, la pandemia nos ha mostrado que debemos estar preparados para el cambio de hábitos, especialmente ahora que vivimos en un mundo propenso a saltos acelerados, como corresponde a un sistema dinámico cuando se acerca a umbrales críticos.
La pandemia nos ha mostrado que nuestra vida en el planeta requiere mucho más conocimiento sobre la interdependencia que nos une a la totalidad de la biosfera; un planteamiento insistente del desarrollo sustentable. Nos coloca de frente a la necesidad de cambiar modos de vida, como hemos tenido que hacer hoy para enfrentar al SARS-CoV-2. Sin embargo, no son éstas las reflexiones que bullen en nuestra mente en tiempos de pandemia. Más bien, queremos saber cuándo se acabará el encierro y qué tan pronto podremos retomar nuestras vidas en donde las dejamos. Recuperar el control que sentíamos tener sobre la evolución de la vida en la Tierra.

Ilustración:Estelí Meza
Infondemia y virus
Si la crisis ambiental ya nos tenía en un estado de alarma, ahora nuestra aprehensión pandémica nos hace ávidos de datos, información, y puntos de vista. La crisis nos torna susceptibles a la infodemia; nos obsesiona, angustia y confunde. El término infodemia se acuñó apenas en 2003, inicialmente en lengua inglesa y ahora castellanizado. Precisamente se refiere a la ocurrencia de una cantidad excesiva de información ‒en algunos casos correcta, en otros no‒ una “epidemia de información”.
Hay que observar que la vida, al igual que la cultura, se proyecta en el tiempo a través de la codificación de la información. Hay siempre millares de mensajes fluyendo a nuestro alrededor, todos buscando una oportunidad de entrar y formar parte de nuestros pensamientos y trascender. Lo mismo que hay millares de partículas de ADN (y ARN) flotando en nuestro entorno, esperando la oportunidad de entrar en nuestros cuerpos, incluso al grado de formar parte de nuestro genoma, pues ahora sabemos que parte de él es de origen viral (los llamados retrovirus endógenos, constituyen alrededor de 8% de nuestro genoma1). Los científicos creen que los incorporamos en nuestra dote genética hace millones de años, pero seguramente este proceso de asimilación genética todavía sigue ocurriendo cada día. Estas “adiciones virales” a nuestro genoma pueden ser benéficas o pueden hacernos susceptibles a enfermedades. Quizás todavía sea temprano en la ciencia biológica para comprender a plenitud los mecanismos e implicaciones de la incorporación de estos fragmentos genéticos extraños.
¿Nos sorprende la semejanza viral con lo que ocurre en la cultura? Los flujos de información nos bombardean constantemente. Algunas de esas piezas de información son francamente nocivas, pero sin duda otras más son benéficas. Algunas de ellas abren nuevas oportunidades para ver la realidad desde una perspectiva innovadora, para resolver obstáculos en nuestras vidas, para encontrar nuevos ánimos para seguir adelante. Como lo empezamos a comprender en nuestra biología, la vida está más entrelazada de lo que solemos aceptar. Lo está en la constitución de los códigos genéticos en la biosfera, y entre la gente a través de las ideas que compartimos en nuestros pensamientos. La fuerza de la vida (cultural y biológica) depende de esa esencia entretejida que sobrevive, se adapta, ensaya, yerra, aprende, evoluciona. ¿Evolucionará así nuestra conciencia para entender lo impostergable y necesario de un desarrollo sustentable?
Desafíos a la sustentabilidad
Todo lo anterior nos hace ver que muchos de los desafíos a la sustentabilidad que estamos enfrentando tienen alternativas de solución incorporando la vitalidad de los ecosistemas en la concepción misma del desarrollo tecnológico, aprendiendo de las soluciones que crea la naturaleza. Debemos recordar que el funcionamiento ecosistémico emerge de la organización de la biodiversidad en torno a los patrones termodinámicos que se establecen en el gradiente energético entre el Sol y el espacio sideral a través de la biosfera. Este flujo de energía produce, en pulsos circadianos, materia viva, e impulsa constantemente procesos de transporte de los materiales que constituyen las moléculas que forman a los seres vivos; esta capacidad de transportar materiales incluso moviliza hoy los materiales que ha inventado el ser humano. La naturaleza crea así soluciones a los desafíos que enfrenta. ¿Cómo acoger esta capacidad de la naturaleza? Construir soluciones humanas basadas en la naturaleza lleva a enlazar distintas disciplinas en torno al interés de idear nuevas soluciones a los problemas que enfrentamos. Soluciones que se inspiran en la comprensión del funcionamiento de los ecosistemas. Hacerlo así también anima un pensamiento más amplio, idealmente más coevolutivo con el conjunto de la biosfera, además de benéfico para la humanidad.
Si lo pensamos un momento, apreciaremos que el SARS-CoV-2 es un caso, de muchos, en el que la evolución orgánica nos presenta a un nuevo miembro en la trama de la vida. Hoy, el encuentro ha sido ingrato para los seres humanos, pero puesto en perspectiva es simplemente otra manera en la que la biosfera opera el proceso planetario de la vida nos interconecta. El evento nos muestra que debemos aprender a adaptarnos y a operar conjuntamente en la biosfera más rápidamente de lo que alguna vez especulamos; cosa que tanto hemos postergado en la agenda del cambio climático. Esta adaptación no es sólo un paliativo a las consecuencias del cambio climático que hemos provocado: en realidad nos desafía a concebir y poner en práctica maneras de reconfigurarnos social, tecnológica y económicamente, en congruencia con la búsqueda de un bienestar sostenible, incluyente y equitativo.
Biodiversidad: comprenderla y respetarla
La biodiversidad nos ha jugado esta vez una mala pasada, pero no siempre es así. Por eso, esforzarnos por preservarla sigue siendo una prioridad. La naturaleza de la biodiversidad es evolutiva, transformadora y desafiante. Hoy, como antes de la pandemia, la humanidad está ligada a la trama de la vida en la biosfera. La mayoría de las enfermedades infecciosas que se transmiten entre animales y seres humanos (las llamadas zoonosis) son originadas en la interacción entre la sociedad y los ecosistemas. Ecosistemas cuya integridad ha sido profunda e irreflexivamente deteriorada por la intervención humana. Andersen señala que “La continua erosión de los espacios silvestres ha acercado a los seres humanos a animales y plantas que albergan enfermedades y plagas que pueden así ‘asaltar’ los intereses humanos e incluso cruzar barreras para amenazar la salud misma de las personas”.2 En el caso del SARS-CoV-2, se ha sugerido que el tráfico de especies silvestres es una de las causas de la dispersión a los humanos. La fauna silvestre, el ganado y las personas se eslabonan en la dispersión de patógenos, lo que puede facilitarse por alteraciones al clima y los ecosistemas.3 La solución no está en cortar nuestros lazos con la trama vital del planeta, por el contrario, la encontraremos en comprenderla y respetarla.
¿Cómo abordaríamos, en la búsqueda de una solución a nuestros problemas, la emergencia de las enfermedades zoonóticas? Podemos decir enfáticamente que “la solución está en la Naturaleza”. Para construirla habremos de abordarla desde su causa, por ejemplo, detener el daño que ocasionan las actividades humanas a los ecosistemas y combatir eficazmente el irresponsable tráfico de fauna silvestre.4. El asunto es que la salud humana y la “salud ecosistémica” están, obviamente, interrelacionadas.
Mantener la integridad de los ecosistemas
Los ecosistemas sustentan la salud y el desarrollo humano. Los cambios ambientales inducidos por el ser humano modifican la estructura de las poblaciones de vida silvestre y reducen la biodiversidad. Así se alteran, por ejemplo, los equilibrios entre huéspedes, vectores y patógenos. Mantener la integridad de los ecosistemas ayuda a regular las enfermedades al promover la diversidad de especies, pues hace que sea más improbable que un patógeno se extienda. La pérdida de integridad ecosistémica de los bosques favorece contactos más cercanos entre la vida silvestre y las personas. Los ecosistemas degradados, disminuidos en su integridad, son insuficientes para mantener los flujos de energía que requieren las redes alimentarias, que son el cimiento de su vitalidad. Ante la disminución o desaparición de masas de fauna, los seres humanos se convierten en donadores de alimento, usualmente no el preferido, pero que acaba por hacerlos receptores de oportunidad y entonces hospederos de microorganismos infecciosos inusitados.
Como vemos, los desafíos ambientales que afrontamos surgen en gran medida de nuestra incomprensión de la simple e inexorable lógica termodinámica que interconecta a la biosfera en su conjunto y por lo tanto al fenómeno de la vida en el planeta entero. Son ejemplo de ello desde el cambio climático hasta la contaminación por plásticos. Aunque la lógica termodinámica es simple en principio, la ecuación también incluye al proceso evolutivo, que es el responsable de la aparición de las diversas formas vivas que operan en la biosfera. Cada una de ellas ofrece su propia solución al engarce termodinámico en el ecosistema, y de paso engendrando trazos de evolución conjunta, como la que une flores con polinizadores, frutos con dispersores o personas con cultivares. Entonces, ¿las soluciones están en la naturaleza? Claro que sí, no podría ser de otro modo.
Miguel Equihua y Griselda Benítez
Investigadores Instituto de Ecología A. C., Red Ambiente y Sustentabilidad.
Este texto es una colaboración entre nexos y la Sociedad Científica Mexicana de Ecología.
Los autores agradecen el apoyo del Proyecto FORDECyT-Conacyt, i-GAMMA No. 296842
1 Johnson, W. E. (2019). “Origins and evolutionary consequences of ancient endogenous retroviruses”, Nature Reviews Microbiology. 17, 355–370.
2 Andersen, I. 2020. “Coronavirus es una advertencia de la naturaleza: ONU”, Semana sostenible. 25 de marzo de 2020.
3 Kaeslin, E., I. Redmond and N. Dudley (eds.) 2013. La fauna silvestre en un clima cambiante. Estudios FAO: ONU para la Alimentación y la Agricultura.
4 ONU. 2020. Seis datos sobre la conexión entre la naturaleza y el coronavirus.