Parada frente a un puñado de políticos de los más altos rangos, la protagonista de esta historia se dispone a hacer patente el evidente daño que la reciente actividad humana ha causado al ambiente, haciendo un llamado a la acción urgente para contrarrestarlo. No estamos hablando de Greta Thunberg, sino de Rachel Carson hace casi 60 años. Ella escribió La Primavera Silenciosa, un libro en el que pasó a lenguaje coloquial los resultados de las investigaciones científicas respecto a los pesticidas y su efecto dañino en el ambiente y la salud humana. Sin saberlo, su libro y su declaración frente al congreso estadounidense desatarían la verdadera gran revolución verde del siglo pasado.
Parecería que la historia se repite en la actualidad con la mundialmente reconocida Greta Thunberg, una adolescente cuyas acciones y discursos frente a la crisis climática han empoderado a millones de personas, quienes han salido a las calles y alzado su voz para exigir acciones urgentes y cambios sistémicos que permitan aminorar los impactos del cambio climático mientras aún haya tiempo. Esta ola de protestas a escala global es especialmente impresionante porque pone en el foco a sectores de la población que históricamente han sido excluidos del espacio público y de la toma de decisiones que generaron esta crisis en primer lugar, como los niños, las mujeres y las personas con discapacidad. Es así como la presencia de Greta Thunberg ha logrado confrontar las formas hegemónicas que dominan el discurso climático no solo por el contenido de su mensaje, que aboga por justicia intergeneracional, o la forma en la que lo ha transmitido, sino que también su presencia como una adolescente de 17 años y con síndrome de Asperger, por sí misma ha sido suficiente para cambiar el foco de atención. Sin embargo, ¿será esto suficiente? O, ¿por qué necesitamos que cada 50 años venga una Rachel Carson o una Greta Thunberg a decirnos “amiga date cuenta” para hablar de nuestras relaciones tóxicas con el planeta?

Ilustración: Gonzalo Tassier
Corremos el riesgo de que así sea, ya que de nada sirve que se haga tanto alboroto alrededor de una persona y cambien tal vez algunas leyes en países del Norte Global, cuando no se tiene una visión sistémica y de las relaciones económicas y políticas que existen entre países. Por ejemplo, el trabajo de Carson permitió que se introdujeran regulaciones más estrictas sobre el uso de pesticidas en Estados Unidos, y prácticamente es a ella a quién le debemos la nueva moda de comer orgánico. Sin embargo, esto de nada sirvió en otros países con regulaciones más flexibles en donde agriculturas y agricultores se siguen exponiendo al efecto de estos pesticidas, o en el propio caso de Estados Unidos en donde personas de bajos ingresos no pueden darse el lujo de comprar comida orgánica.
Si bien la prohibición de sustancias dañinas es una medida útil y necesaria para contrarrestar los impactos de la actividad humana en la naturaleza y la sociedad, esta y otras soluciones de mercado como los impuestos al carbono o subsidios a las energías limpias no atacan al problema de raíz. Mientras la medida del bienestar social sea equivalente al crecimiento económico, las fuerzas del mercado seguirán buscando países con regulaciones más laxas, exportando desechos fuera de fronteras controladas o buscando capitalizar más recursos naturales en lugares recónditos de nuestro planeta (o incluso fuera de este).
Por mucho que busquemos reparar los problemas que hemos generado involuntariamente, conocidos en la economía como externalidades, el intentar resolverlas utilizando el mismo paradigma que las creó no es más que ponerle un parche al problema, cuando lo ideal sería transformarnos como sociedad. Y para ello, personas como Rachel Carson y Greta Thunberg representan jugadoras esenciales en un sistema que oprime a los que sufren más drásticamente las consecuencias de la crisis ambiental. Por eso es admirable cuando Greta pide que no la volteen a ver a ella, sino a las millones de personas que no tienen el privilegio de poder protestar afuera del parlamento cada viernes porque para comer tienen que cumplir con su papel de fuerza de trabajo en un sistema que nos recompensa en medida de lo que producimos.
Así como Rachel Carson fue el parteaguas de la revolución verde, Greta Thunberg se ha convertido en su análogo de la crisis climática. Esta vez es importante no perder de vista el papel vital de otros jugadores. Varios han sido gradualmente más reconocidos en los últimos meses debido a las luchas que han librado por varios años. Pero aún hay un largo camino que recorrer, empezando por no llamarles “las otras Gretas,” como se ha hecho en varios medios. Llamarles así homogeneiza una lucha que tiene varios frentes con distintas preocupaciones íntimamente entrelazadas con los problemas ambientales, los cuales no son apropiadamente representados por la imagen de la valiente Greta.
Esto se refleja con el hecho de que luchar por el ambiente resulta un lujo cuando hay muchos países del mundo donde defender a la naturaleza y el territorio te pone en la línea de fuego, en lugares atravesados por problemas sociales más profundos en donde impera la violencia. México es uno de esos países, como lo demuestra el reciente asesinato trágico de los protectores de la reserva de la mariposa monarca: Homero Gómez González y Raúl Hernández Romero. Estos casos ponen en perspectiva la importancia de mantener las particularidades y contextos de las luchas sociales y ambientales alrededor del mundo. En países como México, cuando llamas a luchar por el ambiente también estás llamando a una lucha contra la injusticia, contra la corrupción y contra la impunidad.
Otro caso cercano es el de Xiye Bastida, una activista climática de 17 años originaria de San Pedro Tultepec (a las afueras de la Ciudad de México). Después de experimentar devastadoras inundaciones en su comunidad, emigró a Estados Unidos y ahora es una de las líderes del movimiento Fridays for the Future en Nueva York, dando visibilidad a los retos que los migrantes enfrentan bajo los inminentes impactos del cambio climático. Además, ella aboga, desde la cosmología tolteca-otomí, el no ver a la naturaleza como un recurso, sino establecer un vínculo de reciprocidad con el ambiente. Estos sistemas de conocimiento son casi inexistentes a la hora de esbozar los acuerdos internacionales como el Acuerdo de París para frenar el cambio climático.
Es imperativo que en este momento histórico en la lucha ambiental, agarremos la tracción conjunta que no se pudo obtener hace 60 años con la Primavera Silenciosa de Rachel Carson. El mundo después de Greta debe ser construido con piezas irregulares, multidimensionales y multicolores. De nada sirven las poderosas voces de grandes personajes como Rachel Carson y Greta Thunberg si sólo son internalizadas por el sistema dominante y si sólo se conciben soluciones dentro del mismo marco que creó los problemas. El propio Panel Intergubernamental de Expertos en Cambio Climático aseveró en su último reporte que únicamente un cambio dramático y profundo en la sociedad podría librarnos de los escenarios más devastadores que podrían estar sucediendo en tan sólo algunas décadas; y este cambio sólo se va a lograr escuchando y empoderando a las voces que han sido históricamente silenciadas.
Bernardo Bastien y Raiza Pilatowsky
Cofundadores de @Planeteand0/www.planeteando.com.
parecen acciones aisladas pero realmente son acciones consecuentes y con una fuerza increíble sobre todo por tratarse de chavas tan jóvenes y qué curioso que sean mujeres…gracias por compartir, felicidades