El cambio climático tiene como consecuencia sequías intensas, inundaciones y el derretimiento de glaciares, poniendo en riesgo la vida de las personas, las actividades económicas y la biodiversidad. La quema de combustibles fósiles es la principal causa de este problema. El Acuerdo de París firmado en 2015 por 195 países resalta la urgencia de la transición energética, entendida como la sustitución de energía fósil (petróleo, carbón, gas) por renovable (sol, viento, olas y mareas, geotermia, agua y biocombustibles). Dentro de este rubro, la energía eólica destaca por su acelerado crecimiento en las últimas décadas. Los países que más han apostado al desarrollo tecnológico y expansión de la energía eólica son China, Estados Unidos, Alemania, India y España. En América Latina su presencia es incipiente, con Brasil a la cabeza, seguido por México.

Las principales ventajas de la energía eólica son las siguientes: es 250 veces menos contaminante que el carbón; tiene bajos costos de operación; se integra fácilmente dentro de los sistemas eléctricos actuales; contribuye a la seguridad energética al ampliar el mix de tecnología disponible en cada país. También se han identificado los siguientes impactos negativos: la fragmentación del hábitat de fauna silvestre; la muerte de aves por colisión; escasa generación de empleos y de otro tipo de beneficios sociales en las zonas donde se instalan los parques eólicos. Este artículo ofrece un breve panorama de los retos para México en la adopción de la energía eólica para la generación de electricidad.

Ilustración: Víctor Solís

Algunas experiencias internacionales

La construcción de un parque eólico requiere de la eliminación de cobertura vegetal, fenómeno que a su vez ocasiona la fragmentación del hábitat y el desplazamiento de fauna silvestre. Las especies más estudiadas en relación con la construcción de parques son las aves. Se ha detectado la reducción del 47 % de la población de aves rapaces y entre 40 y 53 % de Agachadiza común (Gallinago gallinago) y Zarapito real (Numenius arquata) en Estados Unidos y Escocia, respectivamente (Garvin et al., 2011; Dahl et al., 2012). Este fenómeno está asociado con la construcción de la red de caminos, líneas de transmisión y por supuesto la instalación de los aerogeneradores (Arnett et al., 2007). En la fase de operación del parque, la principal afectación es la muerte de aves por colisión con los aerogeneradores. Sin embargo, hay poco consenso en torno a los números de aves afectadas. En diferentes parques eólicos de Estados Unidos se reportan los siguientes datos: 7.5 ejemplares muertos por turbina al año en Tennessee; 2.2 en California; 3.6 en Washington (Kaldellis et al., 2016). En Europa los datos son distintos: 1.2 aves muertas por turbina al año en Holanda; seis en Inglaterra; entre cuatro y 23 en Bélgica (Drewitt & Langston, 2006). La fluctuación en los números se debe a que las condiciones de cada parque son distintas. Las circunstancias que contribuyen a la muerte por colisión son las siguientes: la conducta de las aves (altura, maniobra y tiempo de vuelo); su comportamiento reproductivo y alimenticio; la dirección y fuerza de los vientos locales; la topografía donde se establece el parque eólico; la luz que emiten las turbinas que puede aumentar el riesgo de colisión en condiciones climáticas adversas (lluvia y neblina); el tamaño del parque, su ubicación, y el número y distribución de las turbinas instaladas (Santos et al., 2010; Tabassum-Abbasi et al., 2014; Wang & Wang, 2015).

Las ofertas de empleo en la fase de construcción de un parque son limitadas y varían de acuerdo al sector: 16.6 % en labores propias de la construcción; 25.5 % en negocios locales (restaurantes, hoteles y hospitales); 57.9 % en la cadena de suministros (Slattery et al., 2011). La disponibilidad y el costo de la mano de obra, el desarrollo tecnológico de cada país y el tamaño del parque proyectado determinarán la cantidad de empleo generado. La fluctuación en números es amplia, con 1.35 empleos por megavatio (MW) en España y 15 empleos/MW en Brasil (Blanco & Rodrigues, 2009; Simas & Pacca, 2014). En la fase de funcionamiento del parque la demanda de fuerza de trabajo es menor y el rango varía mucho menos (entre 0.3 y 0.5 empleos/MW) (Okkonen & Lehtonen, 2016).

Los parques eólicos también proporcionan un ingreso económico por renta o regalías a los propietarios de los terrenos. Los montos recibidos varían mucho de país a país. En varios lugares de Europa se pagan cerca de 4 000 dólares por hectárea rentada al año. En Holanda, España y Dinamarca se reportan regalías del 4 al 10 % y en Estados Unidos del 3 al 6 % (Juárez-Hernández & León, 2014; Martínez et al., 2019). 

La experiencia mexicana

En México, la industria eólica se concentra en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, con 22 parques y cerca de 1 600 turbinas ya en operación (SEMAEDESO, 2019). Esta región es reconocida por la densidad en procesos migratorios de aves. Cada año pasan por ahí 12 millones de ejemplares de 130 especies diferentes desde el norte y sur del continente americano (Nahmad, 2014). Dentro de los pocos estudios que se han realizado, Ledec et al. (2011) reportan la muerte de 3 200 aves al año en un parque de 98 turbinas. La gaviota de Franklin (Leucophaeus pipixcan) enfrenta el riesgo de colisión con las turbinas en una proporción de 6 a 23 mil ejemplares al año, pero se desconocen las tasas reales de muerte (Villegas & Herrera, 2015).

El Istmo ha sido habitado por pueblos indígenas desde hace unos 3 500 años, destacando los zapotecos, huaves, chontales, zoques y mixes. Estos pueblos se dedican a la pesca, la agricultura, la ganadería y el comercio. En esta última actividad destacan las mujeres. Las empresas eólicas han generado algunos empleos (predominantemente masculinos) en la fase de construcción de parques, pero todavía no existe una manufactura local de componentes eólicos (todo el material es importado de España) y el mantenimiento en la operación de parques es subarrendado, por lo que no puede hablarse de beneficios permanentes en cuestión de empleo para la población.

Los y las titulares de la tierra (ejidatario/as y comunero/as) del Istmo de Tehuantepec reciben mucho menos dinero que en otros países por rentar sus terrenos: entre 100 y 600 dólares por hectárea al año. También cobran menos por concepto de regalías: del 0.025 al 1.9 % (Juárez-Hernández & León, 2014; Martínez et al., 2019). Algunas personas expresan arrepentimiento por haber firmado contratos de 30 años y sienten que no están siendo debidamente compensados. Las mujeres son las más afectadas, dado que su acceso a recursos importantes para sus actividades comerciales se ha visto alterado con la privatización del territorio. Pocas mujeres tienen derechos agrarios, así que tampoco están en posibilidades de cobrar rentas y regalías.

Algunas alternativas

Como puede verse, la expansión de la energía eólica no necesariamente viene asociada con información sólida sobre sus impactos. ¿Qué herramientas existen para minimizar los daños ambientales y potenciar los beneficios económicos y sociales de la energía eólica? En esta última sección se anotan algunas ideas para responder a esta pregunta, usando el caso específico de México.

Con respecto a las afectaciones en aves, es necesario generar información sobre el impacto acumulado de 1 600 aerogeneradores en diversas especies. Urge el involucramiento responsable de instituciones gubernamentales, empresas y centros de investigación en actividades de recopilación, análisis y devolución de datos a las comunidades afectadas. Sobra decir que las consecuencias de la fragmentación del hábitat van más allá de las aves, por lo que también es necesario averiguar el impacto en otras especies y el ecosistema en general, para así tomar medidas preventivas y de mitigación, aún más, cuando se tiene proyectado el establecimiento de 3 400 aerogeneradores adicionales en la región.

Para mejorar los beneficios de la industria eólica en cuanto a empleos, es necesario impulsar el desarrollo de la manufactura eólica a través de la inversión en el desarrollo tecnológico y la formación de recursos humanos. El país no puede seguir poniendo en manos de empresas transnacionales la muy necesaria transición energética. No solo importa remplazar energía fósil con renovable —también es indispensable promover la soberanía del país ampliando el mix energético a partir de recursos propios. 

El problema de las bajas rentas y regalías podría resolverse promoviendo el reemplazamiento de energías fósiles por renovables desde cada comunidad. La población tendría que dejar de concebirse como sujetos pasivos que simplemente rentan sus terrenos, para convertirse en agentes activos capaces de implementar distintos modelos de transición energética a nivel local. Este tipo de iniciativas podrían atacar la inequidad que actualmente existe en la distribución de los beneficios. Para que algo así suceda es fundamental garantizar el acceso a información pertinente a amplios sectores de la población, incluyendo a las mujeres, porque su relación con la tierra y participación en actividades económicas es distinta a la de los hombres. Sobra decir que por disposición del Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo, es obligación del Estado hacer consultas previas, libres e informadas sobre lo que sucede en territorios indígenas. Hay que tomarse en serio estos espacios de consulta para contribuir de manera eficaz a la construcción de la soberanía energética desde las propias comunidades. La ampliación de la base social de los beneficios y su distribución equitativa entre diversos actores (no solo las empresas) es clave para la aceptación de la industria eólica. Para ello es necesario identificar necesidades locales en función de diversos indicadores: patrones migratorios, niveles de escolaridad, división sexual del trabajo, por mencionar algunos. Si los arreglos alcanzados son favorables para la mayoría de la población involucrada, entonces la energía eólica podría comenzar a funcionar como un impulsor de desarrollo económico con equidad social y de género. Por el momento esta posibilidad sigue siendo una utopía, al menos para México.

 

Verónica Vázquez García y Rubén Manuel Zepeda Cancino
Colegio de Postgraduados, Campus Montecillo.

 

Bibliografía

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