“Lo importante es la totalidad de la evidencia de múltiples conjuntos de datos independientes de que la Tierra se está calentando, que la actividad humana la está impulsando y los impactos se están sintiendo claramente. Estos anuncios pueden sonar como un disco rayado, pero lo que se está escuchando es el tambor del Antropoceno”.
—G. Schmidt. Nasa’s Goddard Institute for Space Studies.
The Guardian, 15/I/20

El clima planetario hoy

La comunidad científica parece no tener dudas sobre la gravedad del clima planetario. Los más recientes estudios reafirman el diagnóstico del incremento constante en la temperatura promedio del planeta. El año 2019 ha sido declarado ya el segundo más caliente desde que se cuenta con mediciones confiables, esto es, desde hace 150 años. No solo eso, los últimos cinco años y la última década son también considerados los más calurosos desde que existen estas mediciones. El 2020 se perfila ya para ser el tercer año más caliente. La década pasada el clima promedio del planeta alcanzó más de un grado Celsius, con base en la temperatura global de la segunda parte del siglo XIX (The Guardian, 15/I/20).

En el marco de los fracasos de las negociaciones climáticas y la falta de voluntad de la comunidad internacional para comprometerse con metas verdaderamente significativas y verificables para abatir las crecientes emisiones de carbono, el objetivo de lograr que la temperatura promedio del planeta no exceda los dos grados Celsius se muestra ilusorio, y lo que en cambio parece más probable es la hipótesis de que para el año 2100 alcance los tres o cuatro grados por encima de los promedios existentes en los inicios de la era industrial.

Ilustración: Víctor Solís

Las negociaciones climáticas y los acuerdos internacionales

La reciente cumbre climática (COP 25) de Madrid, en diciembre pasado, no mostró ningún síntoma alentador. Los delegados arribaron a Madrid con la intensión de no asumir compromisos. Cuando todo mundo esperaba el anuncio de recortes de emisiones de carbono más drásticos, para hacer viable el Acuerdo de París, la inmensa mayoría de los representantes de los más de 190 países allí reunidos decidieron evadir el tema, dedicando la mayor parte del tiempo a discusiones menores, como fue el de los mercados de carbono, en lo que tampoco lograron avance alguno.

La situación es delicada, puesto que los más recientes reportes de las emisiones mundiales de carbono, dan cuenta de un incremento del cuatro por ciento desde que tuvo lugar el Acuerdo de París a la actualidad. No deja de ser preocupante ese incremento en la medida que, bajo las condiciones actuales, para cumplir con las metas las emisiones deberían más bien disminuir siete por ciento anual. El Acuerdo de París supone que para 2020 las naciones firmantes aumenten los recortes a sus emisiones ofrecidos en 2015; esto es lo que se espera de la COP 26 que tendrá lugar a fin de año en Glasgow.

No existe señal alguna de que la comunidad internacional cumplirá con lo acordado en París, por lo que, de ser ciertas las predicciones de los expertos, se afianzará el proceso de calentamiento global, lo que afectará severamente todas las formas de vida planetaria. Un breve recorrido por la historia de las cumbres climáticas y los acuerdos obtenidos desde el establecimiento de la Convención Marco del Cambio Climático de las Naciones Unidas en 1992 y, sobre todo, de Kioto a París, da testimonio del fracaso de todo el proceso negociador de las Naciones Unidas. Durante todo ese lapso, las emisiones no han dejado de aumentar.

¿Por qué no mejora el clima planetario?

La causa principal de la crisis climática contemporánea es la falta de un verdadero compromiso de las naciones para reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero. Es común escuchar que la culpa la tienen los grandes emisores (China, EE.UU., India, Brasil la U.E., etc.), y en cierta medida dicha apreciación es correcta, no obstante, la responsabilidad corresponde a toda la comunidad internacional, grandes y pequeños emisores, países ricos y países pobres. Todos los países en los hechos esgrimen los mismos argumentos para no llevar a cabo los cambios necesarios para evitar la anunciada catástrofe. La causa fundamental es que nadie desea afectar su economía, su desarrollo económico, el bienestar de su gente, su capacidad para competir en la economía mundial. Y lo cierto también es que en el fondo de todo este problema se encuentran las causas estructurales de la crisis ambiental, particularmente la relación sociedad-naturaleza en la era industrial, en la cual la naturaleza está sometida a las necesidades del mercado, a la producción de mercancías, a la rentabilidad económica: una naturaleza finita sometida a una demanda infinita de sus recursos para alimentar a una insaciable producción económica basada en el consumismo y la creación interminable de necesidades artificiales; necesidades no de la población y de sus requerimientos de bienestar, sino de la maquinaria económica y su incesante búsqueda de rentabilidad y ganancia.

Por qué fracasan los acuerdos

El principal factor explicativo sobre el fracaso de los acuerdos internacionales es su no obligatoriedad, la renuencia de los países, ricos y pobres, al establecimiento de instancias fiscalizadoras para el cumplimiento de los acuerdos que tengan jurisdicción en los ámbitos nacionales y que tengan elementos de poder para sancionar el no cumplimiento. El de París es un ejemplo claro del tipo de acuerdos al que puede llegar el sistema de las Naciones Unidas. Todo lo allí acordado tiene un carácter voluntario.

Otro problema no menos importante es lo que ocurre en cada uno de los países después de la firma de los acuerdos. A nadie parece importarle si existe una verdadera voluntad, capacidad institucional y medidas de política reales para cumplir con los compromisos. El carácter voluntario de los acuerdos resulta en un incumplimiento generalizado.

¿Y Estados Unidos?

El actual presidente de Estados Unidos Donald Trump, decidió retirar a su país del Acuerdo de París y la comunidad internacional lanzó todo tipo de críticas hacia una decisión considerada muy condenable. Por supuesto que es condenable la actitud unilateral de Estados Unidos, segundo emisor de carbono en el mundo. Desde luego que tendrá consecuencias, más allá de las que tienen que ver con el ánimo y la voluntad de las naciones de seguir luchando por la causa ambiental.

No obstante, el resto del mundo es responsable de más del 80 por ciento de las emisiones. Estados Unidos, en muchos aspectos, es un pretexto para la inacción de los grandes y pequeños emisores de carbono. La reelección del presidente Trump haría posible la finalización de la salida de su país del Acuerdo de París, que toma alrededor de cuatro años para llevarse a cabo. Esto no significa el completo abandono de los acuerdos. Diversos estados, ciudades, instituciones y corporaciones de Estados Unidos han decidido continuar con los esfuerzos para abatir sus emisiones.

Los efectos reales de la salida de Estados Unidos de los Acuerdos son ambiguos. Estados Unidos, por ejemplo, no firmó el Protocolo de Kioto. Muchas otras naciones si lo hicieron, México entre ellas. No obstante, todos los países firmantes continuaron su tendencia creciente de emisiones. Estados Unidos fue de los pocos casos en los que, debido al plan de energía limpia del presidente Obama, logró una disminución de sus emisiones de carbono del 2008 al 2015, mediante la reconversión de las plantas generadoras de electricidad de carbón a gas natural.

Algunas de las ciudades de la unión americana poseen un aire más limpio que el de muchas de las ciudades de los países firmantes de Kioto. Ciudades europeas, asiáticas y latinoamericanas que sí firmaron Kioto se cuentan entre las más contaminadas del mundo. Firmar un acuerdo es una representación política, protocolaria y simbólica; no es un acto necesariamente conducente a acciones congruentes y concretas.

En el caso del Acuerdo de París en la era Trump, es importante señalar que los intentos por regresar a la era del carbón están condenados al fracaso, porque es una industria tecnológicamente obsoleta y que requiere de grandes subsidios: En cambio, las energías renovables se han hecho cada vez más rentables en Estados Unidos y en el resto del mundo, por lo que ya no son apoyadas únicamente por su contribución a la lucha contra el cambio climático, sino también por haberse convertido en un área de negocios rentable. China, por ejemplo, el mayor emisor de carbono en el mundo, es hoy día el mayor inversor en energía renovable. En la actualidad es el principal exportador de paneles solares, de donde obtiene grandes beneficios económicos. No es Trump, en los hechos, el gran satán del clima mundial, sino la mayor parte de aquellos países que firman acuerdos y simulan preocuparse y cumplir con los compromisos acordados pero que, en términos reales, hacen poco para tomar las verdaderas medidas para combatir el cambio climático.

 

José Luis Lezama
Doctor en Ciencias Sociales, especializado en Política Ambiental por el University College London. Profesor e investigador visitante en El Colegio de México, el Massachusetts Institute of Technology y el Institut d’études Politiques de Paris.