En diciembre de 2019, más de 50 empresas firmaron en el Senado de la república un Acuerdo para la Nueva Economía del Plástico. Dicho acuerdo consiste en impulsar de manera integral una economía circular para los productos plásticos, con el objetivo de mantenerlos en la economía a través de su reutilización. El año pasado la Ciudad de México, también presentó un Plan de Acción para una Economía Circular con el objetivo de transformar las 12 700 toneladas de residuos sólidos que se generan diariamente, reducir el volumen de residuos, especialmente los productos de un sólo uso, entre otras cosas. Estas propuestas se han convertido en las predilectas para tratar de detener el avance del cambio climático y reducir el impacto material de la economía.

Ilustración: Víctor Solís
La economía circular —una de las encarnaciones del desarrollo sustentable— promete una estrategia para mantener el crecimiento económico sin destrucción ni desperdicio. Los partidarios de este concepto argumentan a favor de tres principios fundamentales: a) la reducción de los materiales para revertir el modelo extractivo de la economía; b) el incrementar las prácticas de recuperación y reutilización, evitando la producción de desechos; y c) el incrementar la capacidad de reciclaje de la sociedad creando mercados para el uso de materiales secundarios.1
En estos tres puntos está implícita la idea de que, por un lado, es posible sostener un crecimiento limpio o “verde” a través de la sustitución del uso de combustibles fósiles por energías renovables y productos más eficientes, y por el otro, la idea de que la economía global podría tener un menor impacto material si esta deja de crecer “linealmente” para pasar a un modelo circular. Así, la economía circular acierta en identificar la paradójica situación del modelo económico actual. Sin embargo, al revisar cómo se comporta la economía global, la apuesta por una economía circular parece no quedarse más que en declaraciones públicas bien intencionadas.
El problema con la eficiencia del uso de recursos y energía es que, al incrementarse, reduce los costos y termina por incrementar el consumo. Uno de los grandes problemas de economistas que modelan la reducción del impacto material y de emisiones en el futuro es que tienden a confundir la eficiencia con la escala. Es decir, a pesar de que las cosas (unidades como automóviles, electrodomésticos o procesos industriales) se hacen más eficientes, la cantidad de recursos que se insertan en la economía en su totalidad es cada vez más grande.
Actualmente, no existe evidencia de un modelo económico en crecimiento con cero desperdicio. Un grupo de economistas quisieron identificar qué tan circular es la economía mundial, y demostraron que el 66 % de todos los materiales que se insertan en la economía se transforman en desechos, mientras que 27 % de estos materiales se utilizan en edificios, infraestructuras y otros bienes de larga duración. Adicionalmente, el estudio demuestra que de la totalidad de todo el desperdicio que produce la economía, únicamente el 30 % es recuperable, y en la actualidad apenas el 6 % del total de los recursos extraídos se reciclan. Lo anterior quiere decir que, aunque logremos incrementar la cantidad de materiales reciclados, estos estarían limitados a menos de un tercio de los desechos que se producen a nivel global.
Por otro lado, del total de recursos que se insertan en la economía, el 44 % del total representan comida y energía, los cuales no se pueden reciclar. La incapacidad de reutilizar la energía que se pierde en calor (como lo establece la segunda ley de la termodinámica), indica que sostener una economía basada en combustibles fósiles, es inconsistente con un modelo económico en donde hay cero desperdicio. El reto de la Economía Circular es enorme pues en la actualidad el 86 % de la producción de energía primaria aún depende de combustibles fósiles, mientras que el 73 % de la electricidad en el planeta aún se produce utilizando estos combustibles. Tanto así, que las estimaciones de la Agencia Internacional de Energía continuaban señalando que la demanda de petróleo seguirá escalando para alcanzar un pico en el año 2040.
La solución más simple sería la de sustituir los combustibles fósiles por energías renovables, como la energía solar, eólica y geotérmica. El problema con esta suposición consta de tres cuestiones. Primero, las energías renovables como la solar y la eólica son tecnologías difusas, por lo que su aprovechamiento tendría un impacto importante en la demanda de espacio que previamente utilizábamos para otras actividades, como la agricultura. El crecimiento económico acumulado durante el siglo XX y lo que va del XXI ha sido posible gracias a que los combustibles fósiles incorporaron una cantidad importante de energía inaccesible bajo otros modelos de trabajo. Por lo tanto, reducir su uso indudablemente implicará una reducción en la producción y el rendimiento de la economía. Asimismo, capturar y aprovechar estas energías requiere de una mayor inversión de energía y un incremento en el uso de la superficie. Por lo tanto, una economía basada en energías renovables necesariamente tendrá que ser una con menores flujos energéticos.
Segundo, el uso de energía renovable implica la extracción de minerales como litio, cobalto y níquel lo que a su vez implica un impacto material asociado con su extracción, producción, transporte y eliminación/reúso. Esto significa que cumplir con los compromisos de cambio climático necesarios para limitar el incremento de la temperatura en 1.5 °C, implicará un incremento en la demanda importante de estos minerales durante la siguiente década. Por ejemplo, la mayor dependencia de los vehículos eléctricos pondrá en marcha una carrera por explotar territorios que adquieren un nuevo valor para el sector energético, como el desierto de Sonora en México en donde hay grandes depósitos de litio.
Retomando los dos puntos anteriores, el tercer punto se refiere a los impactos socio-naturales de acelerar la participación de energías renovables. Como demuestran los casos de las grandes centrales eólicas en el Istmo de Tehuantepec y los desarrollos solares y eólicos en la Península de Yucatán, los conflictos sociales se incrementan así como el despojo del territorio, para “hacer espacio” a los proyectos de energía renovable. En otras palabras, tratar de reducir las emisiones sustituyendo las fuentes de energía sin transformar los patrones altamente desiguales de acceso y consumo de energía significará un mundo con mayores desigualdades socio-espaciales.
Ciudades, personas y consumo
Estrategias como las mencionadas arriba, aseguran que la economía circular no solamente implique una transformación de la economía hacia el uso de energías renovables y la reducción de los impactos materiales, sino que supone también un cambio en la cultura del consumo. Estos cambios, que se impulsan a través de incentivos (éticos y/o monetarios), promueven la idea de que son las y los consumidores quienes tienen el poder de tomar decisiones para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero o corregir el impacto de la producción de desechos materiales.
La idea del consumo responsable es tan omnipresente y apolítica que, a pesar de ser un concepto sumamente ideológico, tendemos a no reconocerlo como tal, sino que, por el contrario, el consumo “responsable con el ambiente” se entiende como algo inherentemente positivo. Los cambios en los patrones de consumo (en indicadores como la huella ecológica), se han convertido en estrategias que individualizan y transfieren la responsabilidad de las compañías y corporaciones a las y los consumidores y sus prácticas insostenibles. En otras palabras, las compañías no cambian porque no se les demanda suficiente para que lo hagan.
La ideología del consumo responsable ha sido brillantemente articulada a través de estrategias de marketing que apelan a la responsabilidad moral de las personas, posicionando productos a través del culto a las celebridades, y por medio de las instituciones políticas y los medios de comunicación que presentan a la sociedad como un conjunto de consumidores y no como actores con la capacidad de tomar acciones políticas. La economía circular, señala la necesidad de transformar estos patrones de consumo, pero en vez de apostar por reducir la escala de la economía, pone sus fichas en el desarrollo de la tecnología y la eficiencia para reducir estos impactos.
Esto es particularmente visible en las ciudades ya que consumen más de dos tercios de la energía mundial y son responsables de más del 70 % de las emisiones globales de CO2. Actualmente 4 mil millones de personas habitan en ciudades, de las cuales, una de cada tres habita en barrios periféricos. Lo anterior indica que las ciudades se han convertido en los puntos de concentración más importantes de consumo y desigualdades. Se estima que las ciudades alcancen una concentración de hasta 7000 millones de habitantes, y aun cuando estas ocupan apenas el 3 % de la superficie del planeta, son responsables de transformar el 97 % restante.
En una economía circular, las elecciones individuales, por más conscientes y bien intencionadas que sean, son tangenciales, se ahogan en un mar de elecciones “más eficientes”, “verdes”, “orgánicas” y “sustentables”. Organizar boicots al consumo es difícil y hasta mal visto pues obstaculizan el “poder de las elecciones de consumo”. Así, la ideología del consumismo es muy eficaz para desplazar las culpas, por ejemplo, se construye el discurso de que las emisiones se producen porque los pobres contaminan, porque las personas continúan utilizando automóviles o porque hay demasiadas personas en el planeta consumiendo demasiado. El poder del consumismo yace en su capacidad de hacernos impotentes. Nos atrapa en un estrecho círculo de opciones y alternativas de consumo insignificantes, las cuales confundimos con un cambio verdadero.
¿Alternativas?
La crítica que aquí comparto no quiere decir que el concepto de la economía circular no tenga virtudes. Por un lado, acierta al señalar que es imposible sostener un modelo de crecimiento económico infinito, por más eficiente que sea, sin continuar extrayendo más y más materiales. La apariencia de que la economía crece de forma lineal sólo se puede entender si ignora los impactos que tiene en la naturaleza. Asimismo, la economía circular hace una crítica importante al modelo de negocios de las tecnologías en el capitalismo, en donde resaltan problemas como la obsolescencia programada, la propiedad privada del conocimiento y la información del desarrollo de la tecnología.
Sin embargo, al no cuestionar hace que la propuesta no sea lo suficientemente efectiva como para ofrecer una alternativa que nos lleve a un sistema más justo y con menores impactos socio-ambientales. Transitar hacia una economía distinta no sólo requiere de grandes decisiones y políticas “desde arriba” para instituir una economía circular. Como hemos visto en los últimos meses, la organización colectiva “desde abajo” durante la pandemia ha sido clave para la creación de miles de redes apoyo mutuo ante el colapso y las fallas de los mercados y el estado. Ejemplo de esto son los movimientos sociales, principalmente liderados por mujeres en ciudades, que demuestran como existen otras alternativas de organización económica, política y social, alrededor de la producción de comida, comedores colectivos y la creación de redes de distribución en espacios urbanos. Estas alternativas, no sólo transforman el papel de consumidores en las ciudades, sino que se convierten en el sustento material de organizaciones políticas que reducen sus impactos materiales y de emisiones de forma democrática.
Carlos Tornel
Candidato a doctor en Geografía Humana en la Universidad de Durham, Inglaterra.
1 D’Alisa, Giacomo (2018) “Circular Economy” en Pluriverse: A Post Development Dictionary, editado por Ashish Kothari, Ariel Salleh, Arturo Escobar, Federico Demaria y Alberto Acosta. Nueva Dehli, Tulika Books. pp: 28-30.