Todo parece indicar que en 2024 se traspasará el umbral del 1.5 Celsius de la temperatura promedio del planeta, por encima de los niveles existentes en los inicios de la Revolución Industrial. Esta fue la meta establecida por el Acuerdo de París en el 2015 y ratificada en Dubái en diciembre pasado, a fin de evitar un sobrecalentamiento que amenazara la viabilidad de la existencia humana. Todos sabíamos ya que 2023 podría ser considerado el más caliente desde que se tienen registros, y que era bastante alta la posibilidad que nos acercáramos a traspasar el umbral de los 1.5 Celsius. Los expertos, no obstante, advierten que no basta con que en una ocasión se traspase ese umbral, se requeriría que ocurriera en una serie consecutiva de años para hablar realmente que la amenaza real se ha desatado. De cualquier manera, nada parece detener un proceso en el que, fuera de las angustias colectivas, las cumbres fallidas y los desesperados llamados a la acción de muchos, nadie hace algo verdaderamente efectivo para conjurar la aparente inevitable catástrofe.

El 2024 en la antesala del infierno
El pasado 9 de enero los científicos del Programa de Observación de la Tierra Copernicus de la Unión Europea, afirmaron que en 2023 la temperatura promedio del planeta alcanzó 1.48 Celsius por encima de los niveles preindustriales. Este es un nuevo récord, 0.17 Celsius superior al del año 2016 que adquirió la dudosa reputación de ser el más caliente hasta ese momento.
Lo ocurrido en 2023, no obstante, posee una relevancia mayor por aspectos adicionales, que dan cuenta de los riesgos en los que ha entrado todo lo que habita el planeta. De esta manera, y de acuerdo a estos expertos, 2023 posee también el récord de haber registrado, todos los días del año, temperaturas promedio de 1 grado Celsius superior a los niveles del periodo 1800-1900. Alrededor de la mitad de los días del año 2023 la temperatura promedio planetaria fue de 1.5 y, durante dos días, llegó a los 2 Celsius superior a las temperaturas existentes desde que empezó el uso masivo de combustibles fósiles, en los inicios de la era industrial.
Tal vez no ocurra nada, pero este incremento en la temperatura promedio, reforzado por la continuación de un súper El Niño en 2024, en combinación con el aumento de los niveles del mar, la continua disminución de los hielos marinos, las más de 20 000 toneladas de bombas lanzadas sobre Gaza al inicio de la guerra, las continuas extracciones de petróleo, que también han alcanzado niveles récord, hace predecir que, este año que apenas arranca, puede ser uno de catástrofes climáticas mayores y, prácticamente, la entrada en una era irreversible de daños al planeta y a los más vulnerables de quienes lo habitan. Hay que añadir el efecto acumulado en el clima planetario de las emisiones, regularmente mantenidas en estado de excepción, de la industria y la actividad militar. Se estima que las emisiones de carbono de la guerra Rusia-Ucrania son equivalentes a las anuales de Bélgica y que, el sector militar mundial, es responsable del 5.5 % de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
James Hansen, antiguo científico de la NASA, famoso por haber sido uno de los primeros en advertir sobre los peligros del calentamiento de la Tierra en una audiencia en el Congreso de Estados Unidos en 1988, asegura que el planeta alcanzará el 1.7 Celsius en este 2024. La presencia de un El Niño particularmente severo, reafirmará este proceso de calentamiento para el presente año. Hansen sostiene que a ello contribuyen el derretimiento de los hielos y el aumento en la brecha entre la cantidad de energía solar que absorbe el planeta y la que regresa al espacio exterior.
El fin del mundo ya no conmueve a nadie
Es usual que cuando los expertos en la ciencia climática se dirigen al público, lo hacen para presentar un panorama del clima planetario que cada vez se muestra más sombrío y desolador; tal vez lo hacen así para generar conciencia. La temperatura del planeta parece no cesar en su incremento. Aumentos de décimas o centésimas que parecieran ínfimos, abonan a la idea de que el colapso está próximo, diagnosticándose severos efectos naturales y sociales al punto que harían, eventualmente, inviable la vida.
No obstante, las evidencias que los expertos muestran y el eco que obtienen, no sólo entre los ciudadanos y las organizaciones de la sociedad civil, sino también en diversas esferas gubernamentales, no parecen suficientes para cambiar el rumbo de las cosas, para que los gobiernos tomen las medidas drásticas que la severidad del problema pareciera exigir, o para que los ciudadanos encuentren estrategias y acciones efectivas para presionar a quienes están en condiciones de tomar decisiones. Los propietarios o representantes de los grandes consorcios que comandan la economía mundial no parecen tampoco inmutarse ante toda la parafernalia milenarista que anima al discurso climático.
Dos mundos, dos modos de vivir la crisis climática
Dos mundos parecen convivir en esta ilustrada y fósil modernidad. Uno informado por la ciencia y alentada por discursos del fin del mundo, que se preocupa y angustia ante la posibilidad de la extinción de la vida planetaria, pero que no tiene la voluntad, la capacidad, o los recursos de poder para pasar de la ansiedad a la acción transformadora, sobre todo a las acciones radicales que se requerirían, si en verdad la vida humana y no humana estuviera en peligro real de desaparecer.
Otro mundo es el de aquellos que se benefician del orden económico y político existente, no sólo el del sustentado en el petróleo, sino también el de todos los grandes ganadores del sistema económico vigente. Este es un mundo que no parece mostrar grandes temores por el apocalipsis anunciado, por los efectos de la entrada en la era de la ebullición planetaria, tal y como la definió el secretario general de las Naciones Unidas. Es este un mundo de prósperos negocios, que no ve muchos motivos para cambiarlo por otro, que no solo pudiera ser potencialmente mejor para el resto del mundo sino, incluso, para ellos mismos. El discurso del fin del mundo parece serles irrelevante. Suponen, tal vez, que con algunos maquillajes, cumbres climáticas a modo y manteniendo a la gente inactiva por la ansiedad climática y otras angustias, los negocios seguirán floreciendo y los privilegios continuarán. Mientras tanto, a los no privilegiados, a las mayorías marginadas y sometidas, se les receta el verdadero infierno, que no es necesariamente el climático, sino el de una vida permanentemente precaria, estructuralmente construida para reproducir el orden social que los mantiene en la miseria y que les cancela la esperanza y un verdadero sentido de vida.
Una actitud compulsiva ante la muerte
Si en verdad estuviéramos ante las puertas del infierno climático, pareciera entonces que estamos en presencia de una clase social mundial, la que integra el 1 % de los más ricos, y la de sus representantes gubernamentales, con una seria patología que los conduce compulsivamente a la muerte en la medida que, tanto la crisis ambiental como la crisis de sociedad que vivimos, que resulta de su malsana relación con la naturaleza y con la gente de donde extraen sus riquezas, su poder y sus beneficios, los conduciría necesariamente a su autodestrucción, aunque esto fuera en el largo plazo.
Un orden social, una economía mundial y un sistema político internacional tan enraizado y dependiente del petróleo, no parece asustarse con los pronósticos realistas o alarmistas que circulan en los distintos medios. La fuerza real que mueve al mundo, los factores de poder que nacen de la industria del petróleo, no sólo la energética, y también de la no petrolera, se muestra inmune a los discursos y a los hallazgos científicos que muestran que el colapso se avecina y que los tiempos para tomar decisiones se agotan, o tal vez ya están rebasados.
José Luis Lezama
Afortunadamente el petróleo es un recurso no renovable. Los costos promedio anuales de extracción irán aumentando hasta que no sea rentable. Así que la única opción es descarbonizar la economía. También debemos evitar el punto de no retorno, antes de que el metano atrapado debajo de las capas polares se libere.
Hay dos problemas. El primero es que las medidas a tomar implican alguna forma de decrecimiento controlado, y feroces negociaciones para repartirse los costos. El otro problema es la «ansiedad climática»: la mayoría de la población no necesita ser convencida, pero se siente impotente y para preservar su cordura evaden el problema.
Por ejemplo, los países productores de petróleo verán afectados sus ingresos. En el caso de México, se hace urgente una reforma fiscal. Incluso podríamos ver que compañías petroleras demanden ante la OMC a países que subvencionen las energías renovables, por afectar su margen de ganancias.
Se ha lanzado la hipótesis de que el aumento de las renovables llevaran a un pico de demanda de energía fósil, por lo que en ese caso los países petroleros deben extraer todo el petróleo que puedan lo más rápido posible para rentabilizarlo. Pero esa estrategia generaría una abundancia de energía fósil que haría caer los precios (vender mucho petróleo a bajo precio quizá no sea lo óptimo) , y con precios bajos se aumentará el despilfarro, y se producirá más co2 del que es estrictamente necesario. Además, los precios bajos de energía fósil reducirán los incentivos para buscar alternativas.
En cambio, si se reduce poco a poco la producción petrolera, los precios permanecerán relativamente altos (no demasiado porque precios altos de la energía llevan a recesiones, como está ocurriendo en Alemania). Los países petroleros recibirán un ingreso extra que pueden usar para ir cambiando sus economías, el despilfarro de energía fósil se reduce y se mantienen los incentivos económicos para implementar alternativas.
Nos estamos autodestruyendo …no damos cuenta y no hacemos NADA.
Somos, afortunadamente, nuestro propio depredador. Animales al fin. La cosa que nos creemos superiores, autoengaño y exceso de ego diría yo.
Las grandes afectaciones al planeta, normalmente afectan a los mas pobres y vulnerables, las lluvias torrenciales y las inundaciones, los ciclones con sus daños a las casas ya la infraestructura de los servicios son cada vez mas recurrentes
la sequía con todas sus secuelas, la deforestación por el arrastre de los suelos fértiles , los incendios forestales con sus emisiones a la atmósfera son resultado Del Real cambio climático.
Las emisiones de las plantas generadoras de energía eléctrica que utilizan combustoleo, afectando la salud de la población que las circunda e incrementando las emisiones de gases efecto invernadero.
Son las actividades de las industrias propiedad de los mas ricos del planeta , las que mas dañan a la naturaleza.
El título es todo, los grandes capitales no se conmueven , huyen del planeta( ????)….
Indudablemente los intereses económicos están sobre lo que pueda pasar en el mundo primero el dinero y al final el dinero, la avaricia de los paises capitalistas que nunca permitieron el desarrollo de otros estados en vía de desarrollo hicieron que el día de hoy se este pagando el precio, migraciones descontroladas, explotación de recursos, sin importar el mañana por satisfacer sociedades económicas fuertes, con poder adquisitivo, la indolencia y leyes muertas que solo al día de hoy solo son eso, mientras la potencias no asuman su responsabilidad corremos hacia un precipicio sin fin, las generaciones venideras seran las que paguen las consecuencias. . . .al tiempo