En casi todas las ciudades existen rincones ocultos que se resisten a ser degradados por maniobras del sistema capitalista. Estos espacios, que pueden ser santuarios de la naturaleza, simbolizan una verdadera resistencia ante el mundo globalizado y son una fuente de inspiración artística de tono disruptivo. En esta narrativa fotográfica se entrelaza la historia de La Lagunita del Ciprés, último humedal citadino de Ensenada, un colectivo de teatro y un personaje llamado Armando. Comienza diez años atrás, cuando un grupo de teatreros de Ensenada, Baja California, nos lanzamos a la búsqueda de espacios significativos de la ciudad que pudiesen ser parte de una puesta en escena. Nuestro deseo era realizar una propuesta teatral alternativa que movilizara y al mismo tiempo representara nuestro entorno. Como resultado, luego de algunos meses de trabajo, se realizaron dos intervenciones escénicas.
Así, con el propósito de hacer realidad nuestro anhelo, nos aventuramos a explorar los rincones de la ciudad sin rumbo fijo. Arrastrados por las singularidades de la urbe nuestros recorridos aleatorios dejaron atrás lugares muy emblemáticos: un mercado de mariscos y pescados conocido como El Mercado Negro, y Los Globos, un mercado en donde se pueden comprar cosas de segunda mano. En este recorrido de zonas marginales, personajes singulares fueron nutriendo nuestras prácticas. La idea era que este laboratorio artístico nos impulsara a descubrir territorios y cuerpos de estudio que se vincularan con lo vivencialmente representativo de la ciudad. Siguieron los recorridos en modo deriva: sitios conocidos empezaron a verse desde otra perspectiva. Aparecieron territorios que hasta ese momento nuestros rutinarios trazos acelerados apenas habían logrado contactos tangenciales que no aportaban conocimiento y valoración de nuestro entorno. Finalmente, en una de las tantas derivas, entre un montón de ciudad y la costa del Pacífico, Dora y Julián, dos integrantes de nuestro grupo de teatro, se encontraron con un sitio maravilloso: La Lagunita del Ciprés, un escenario vivo, donde los límites entre la realidad y la ficción se desvanecen al ritmo de la naturaleza. Un verdadero refugio, increíblemente, a pocos metros de un centro comercial, y también de un casino.
Zona de anidación de aves contrastando con la ciudad al fondo.
DORA y JULIÁN se hunden en la arena buscando vaya a saber qué. A la vuelta de una duna se encuentran con ARMANDO.
JULIÁN.- Qué tal, ¿cómo va?
ARMANDO.- (como un príncipe, recostado sobre una duna) Vine a tirar la polilla.
DORA.- Está muy tranquilo por aquí, ¿no?
ARMANDO.- Está a toda madre.
Sonidos de aves amortiguados por la vegetación.
JULIÁN.- Es increíble que nos podamos encontrar con tanta variedad de aves.
ARMANDO.- El año pasado me tocó mirar a trece gansos canadienses. (Pensativo) Muy raro que se dejen ver acá. (Entusiasmado, rememorando) Pinches gansotes…
La Lagunita y Armando habían empezado a dejar una profunda huella en el alma del colectivo teatral. Fue un punto de inflexión para nuestro trabajo que marcó el comienzo de una etapa que estuvo signada por ensayos e intervenciones en la misma Lagunita. Contagiados por el encantamiento de Dora y Julián empezamos a tejer una trama a su alrededor, en donde metodologías de diferentes disciplinas empezaron a converger espontáneamente. Arte, ciencia y política dialogaron para construir una narrativa enmarcada en una escenografía mágica.
Algunos huéspedes del humedal. Aves migratorias y residentes hacen parada en este humedal durante sus desplazamientos.
JULIÁN.- Me llama la atención toda esta vegetación.
ARMANDO.- En esta parte, si no estoy acá mal, encuentras un quinientón, quinientas variedades de plantas que no se ven en ninguna otra parte.
El tule, protagonista de la vegetación, vive en el agua y proporciona un espacio de anidación para las aves.
ARMANDO.- En las dunas de allá arriba me tocó ver un nacimiento de chapulines, salían de la arena, del chingado capullo, y se lo iban quitando. Sacaban primero las pinches antenitas y en cuanto salían los cabrones, luego luego brincaban.
Se escuchan ruidos lejanos de cuatrimotos.
ARMANDO.- (Entre irónico y enfadado) ¿Qué estamos haciendo?
DORA.- ¿Perdón?
ARMANDO.- Estamos acabando con todo el pinche cotorreo, con la naturaleza, compitas.
Pausa.
JULIÁN.- ¿Y esas máquinas que se ven allá?
ARMANDO.- Quieren hacer la pinche planta de agua desaladora.
Anuncio de la planta desaladora para el procesamiento del agua de mar en 2013.
Perturbaciones en las dunas.
ARMANDO.- La gente me pregunta “¿por qué no se pone en la pinche playa?”. Yo no sé mucho de ecología pero me gusta un chingo la naturaleza, prefiero quedarme por aquí, por las dunas.
Pausa.
JULIÁN.- Tenemos que regresar a trabajar. Por cierto, ella es DORA y yo soy JULIÁN. Un gusto haberlo conocido.
DORA.- (Dudando) Perdón. ¿Le molestaría si le tomo una foto?
ARMANDO.- No, qué va. Mi nombre es ARMANDO.
JULIÁN.- ¿Se queda un rato más?
ARMANDO.- Yo aquí me paso horas, compita. Vengo a este lado y me transporto, me relajo.
Pausa.
JULIÁN.- ¿Por acá salimos?
ARMANDO.- Agarre a la vuelta de esa duna, a la derecha y sale a aquel camino que lo deja justo enfrente de la macroplaza.
JULIÁN.- Chau.
DORA.- Hasta luego.
ARMANDO.- Que les vaya bien, compitas.
Luego de rodear por un lado la bicicleta de ARMANDO, DORA y JULIÁN se dirigieron hacia el camino que los condujo a una realidad imposible de aceptar inmediatamente, tuvieron que pasar unas cuantas horas para encajar nuevamente en sus rutinas.
Ese ejercicio de perderse en la ciudad, buscando poesía en cada uno de sus rincones como un acto de anti-arte, que a finales de la posguerra propone Guy Debord, fue una inspiración que nos condujo hacia La Lagunita. El humedal del Ciprés, evocación nostálgica de antiguos humedales, desecados y puestos al servicio del desarrollo, se había convertido en un cautivante escenario de nuestro trabajo artístico. Así como las culturas originarias utilizaron el sitio como zona de asentamiento, nosotros lo tomamos como un territorio de estación escénica.
Si bien La Lagunita es un espacio característico de Ensenada, también representa un símbolo que se escapa de esta bahía, que trasciende hacia otros lugares de cualquier ciudad, convirtiéndose en un emblema que puede establecer conexiones con diferentes culturas. Representa una ruptura frente a los estándares impuestos por la globalización y se erige como un acto de rebeldía contra las manipulaciones inherentes al desarrollo. Es, como muchos otros lugares, una sobreviviente de un parcelamiento citadino, que ahoga y aísla entornos naturales. Rodeada de concreto, La Lagunita resiste.
Las intervenciones escénicas en este humedal nos ofrecieron una perspectiva teatral distinta, más social y disruptiva en comparación con lo que estábamos acostumbrados a experimentar en foros convencionales. Para el colectivo teatral fue una experiencia única, cargada de vivencias enriquecedoras y maravillosas. El entorno natural, junto con el proceso que vivimos en la búsqueda elementos artísticos para nuestros ensayos y presentaciones, nos otorgó una fuerza adicional que pudimos compartir y transmitir tanto al público invitado como a los espectadores casuales presentes en el lugar. Sin duda, los cuerpos naturales que habitan el humedal se convirtieron en personajes insospechados que, mágica y naturalmente, fueron integrados en la trama de nuestro trabajo. La Lagunita del Ciprés, envuelta en una atmósfera casi mística, además de funcionar como refugio de una gran diversidad de especies, resultó un lugar tan inspirador como influyente para nuestro experimento artístico. Por otro lado, el hecho de hacer teatro de una manera poco convencional generó un aprendizaje inédito en el grupo y una profunda reflexión de nuestro contexto vivencial tanto en el público que nos fue acompañando, como en nosotros mismos.
Intervención escénica en La Laguna.
Después de diez años, la semana pasada recorrimos nuevamente La Laguna del Ciprés. Se le sigue viendo muy viva y mágica. Un verdadero santuario que nos transmite armonía y paz. Teníamos la leve esperanza de encontrarnos con Armando. No sucedió. Sin embargo, su recuerdo estaba tan vivo como la laguna misma, tan vivo que el silbido del viento entre tules nos acercó una frase representativa de nuestro querido amigo, al que bautizamos como Armando Lagunita: “Yo no tengo que esperar 365 días para decir feliz año nuevo, yo cierro los ojos aquí y ya es año nuevo”.
Malena Valencia
Estudiante de Ciencias Ambientales en la UNAM.
Claudio Valencia
Profesor investigador en la Facultad de Ciencias UABC. Líder del grupo teatral Clown Sostenido