La playa, la duna y los acantilados de Peña Blanca forman una composición paisajística espectacular, una fiesta para los ojos y el alma del visitante. Su nombre viene del color blanco, producto del guano de las aves marinas que ha cubierto su islote, particularidad y belleza que lo han convertido en un lugar de referencia en el estado de Colima. Como puede apreciarse en las siguientes imágenes, esta playa y su horizonte infinito de mar y cielo generan profundos sentimientos de calma, tranquilidad y libertad, tan necesarias en estos tiempos álgidos.
La calma hecha playa
La extensa playa arenosa tiene una longitud aproximada de tres kilómetros y sesenta metros de ancho. En su extremo sur está flanqueada por acantilados y en su parte norte existe una roca expuesta conocida como el Pilón, que fue parte de un macizo montañoso ahora erosionado. Este paraíso costero está amenazado por la urbanización y el cambio de uso de suelo a favor de los proyectos urbanos, turísticos y de infraestructura.
Ramadas sobre la playa Peña Blanca y su característico islote
Peña Blanca está situada en mar abierto, a veinte minutos del Puerto de Manzanillo, y alberga una duna bien conservada. Es un depósito de sedimentos que mantiene la anchura y forma de la playa, una barrera natural de protección ante tormentas, huracanes o escurrimientos continentales derivados de lluvias intensas.
Playa y duna costera cubierta por una herbácea rastrera bejuco de playa (Ipomoea sp) y un matorral mezquite (Prosopis sp)
Esta playa es, sin duda, un sitio hermoso para el descanso, la meditación, y la observación de aves marinas residentes y migratorias. Desde su fina arena de color dorado-blanquecino que se mezcla con la arena negra volcánica, puede contemplarse un paisaje espectacular conformado de flora, fauna, atardeceres memorables y por las noches las estrellas tienen un brillo casi tan intenso como el sonido de las olas al romperse.
Peña Blanca en el día y durante un atardecer que abraza a la luna
El acantilado de Peña Blanca lo forma una montaña rocosa erosionada donde puede observarse el depósito de lava que dio origen a sus paredes, un espectáculo pocas veces visible en una costa.
El acantilado de Peña Blanca y su formación rocosa
Esta zona da paso a pequeñas bahías de bolsillo cuyos riscos anidan a las aves marinas. En la parte baja se forman pequeñas cuevas y pozas. Las rocas se pintan de un color verde intenso por los mantos de algas que las cubren. Esto es parte de un ciclo de reacciones químicas, desgaste de rocas, transporte y dinámica marina que genera vida en muchas formas y es de gran importancia ecológica para este ambiente costero.
Bahías, desgaste natural y cobertura de algas sobre rocas que resultan de singular belleza
Después de un paseo cuidadoso a través del acantilado, descubrimos la frágil vegetación natural de cactáceas que por el desarrollo urbano irresponsable en la región está perdiéndose. Por desgracia, hay varias especies en peligro de extinción en la zona. Sin embargo, aquí las podemos contemplar como parte de un paisaje semiárido que convive caprichosamente frente al Océano Pacífico.
En la imagen izquierda cactáceas de la región, pitaya (Stenocereus Spp) rodeada de brotes de mammillaria (Mammillaria spp). En la imagen derecha lechuguilla (Agave Spp), todas ellas en la categoría de peligro de extinción
En su otro extremo se encuentra una roca caprichosa llamada el Pilón, junto al brazo de un arroyo de temporada que mantiene una pequeña área de manglar, lo cual le abona a la diversidad de la flora y fauna de la región y la hace más interesante para su uso y conservación.
Hacer uso de esta franja de zona costera bajo un esquema de turismo alternativo que tome en cuenta a los pobladores de la región, podría resultar en senderos interpretativos de la flora y fauna, miradores para gozar de la naturaleza y de paso tomar una foto, rutas controladas de ciclismo de montaña, un espacio para realizar charlas de educación ambiental, un área ordenada de campamento con los servicios básicos bien estructurados que den a la zona un valor agregado y se convierta en un ejemplo de la región centro occidente del país que gane fama mundial. En la región llega turismo de América del Norte en busca de este tipo de servicios, y si se planea de manera adecuada, podría ser un proyecto sustentable, rentable y con beneficios directos para las comunidades.
Es importante anotar que este tipo de turismo tendría que ser manejado por la comunidad y también tendría que romper con las lógicas del turismo tradicional de hoteles de lujo, con paseos o recorridos en cuatrimotos que además de generar ruido y basura, fragmentan y destruyen este delicado y bello ecosistema costero. Estos paisajes de ensueño solo deberían de experimentarse de una manera cuidadosa y respetuosa para la naturaleza.
Atardecer tras la duna de Peña Blanca
Aramis Olivos Ortiz, Omar Cervantes y Julieta Hernández López


