Navegando en Madagascar

La piragua es el transporte local

 

 

 

 

Los paisajes deslumbrantes de Madagascar, su enorme riqueza de especies endémicas, su flora y fauna, son únicos en el mundo; no por nada le llaman el octavo continente. Este país, a 400 kilómetros del sureste de África, es de una inconmensurable belleza. Pude constatar esto último en una travesía en velero que empezó por Nosy Be, el principal destino de playa del país situado al norte de Madagascar. Esta aventura que realicé con un amigo velerista significó viajar alrededor de 600 km por la costa oeste hasta el cabo Saint-André para cruzar a Sudáfrica.

La historia de Madagascar también es única. Fue poblado por indonesios y por otras migraciones asiáticas que cruzaron el Océano Índico. Siglos después hubo migraciones africanas y árabes, de manera que la lengua dominante es el malgache con raíces indo-polinesias; los rasgos físicos de los habitantes tienen mezcla asiática, árabe y africana, y la religión predominante, sobre todo en la región norte, es el islam. Madagascar fue colonia francesa desde 1895 hasta su independencia en 1960, de manera que el idioma que se utiliza para el turismo y los negocios internacionales es el francés.

 

Niña malgache

 

 

Para mi sorpresa, y reconociendo el grave problema de contaminación de plásticos en los océanos y la conocida deforestación en el país, me percaté que las costas siguen siendo un paraíso en términos de la naturaleza; son las más bonitas que he conocido. En las grandes bahías que forman las salidas de los caudalosos ríos que cruzan la isla, tuvimos el privilegio de  anclar frente a bosques de baobabs con lémures brincando entre sus ramas. Estos dos son los principales atractivos que buscan los escasos turistas que llegan en avión a Antananarivo, la capital del país, quienes tienen que viajar muchas horas por carreteras en pésimas condiciones para ver los pocos ejemplares que quedan en algunas de las raquíticas reservas del deforestado interior de la isla. La explicación a la belleza y excelente estado de conservación de estas costas es que no están conectadas por carreteras, y el poco turismo se limita al puñado de veleros que transitan por ahí anualmente.

 

Bosque de Baobabs

 

 

Una de las cerca de 100 especies de lémures endémicos de la isla

 

 

Las playas están habitadas por pequeñas aldeas de pescadores quienes viven al día de lo que les brinda el mar. Tuvimos la oportunidad de visitar algunas de ellas, pues regularmente encontrábamos una cerca de nuestro anclaje. Las casas regularmente son de madera con techos de paja y montadas sobre palafitos para evitar las inundaciones.

 

Aldea típica de la costa oeste de Madagascar

 

 

Los habitantes, quienes llegaban en piraguas a vendernos los escasos vegetales producidos en sus pequeños sembradíos, entre ellos los chiles más picantes que he probado, nos invitaron a visitar algunas de sus viviendas.

 

Mujer tejiendo tapetes

 

 

Mujeres admirando las mercancías recién llegadas

 

 

Moliendo harina de arroz

 

 

Recuerdo especialmente a una mujer llamada Clarita que llegaba sonriente por las mañanas, hablando un francés tan rudimentario como el nuestro, a vendernos pan recién horneado. Al vernos intrigados en saber cómo lo hacía, nos invitó a su pequeño patio en donde horneaba el pan a la perfección dentro de una vieja olla con la cantidad precisa de carbones colocados arriba y en los costados. Me quedó clara la creatividad de la gente de la costa y la manera en la que se las ingenia para hacer maravillas con lo poco que tiene.

 

Clarita y su horno de pan

 

 

En cada aldea hay un maestro carpintero quien, con herramientas rudimentarias, fabrica veleros de diseño ancestral sumamente eficientes llamados “lakana”, utilizados por los pescadores. Las velas son de trapo, la mayoría con muchos remiendos, sólo las cuerdas son modernas.

 

Lakana en proceso de fabricación

 

 

Las escasas mercancías que llegan de fuera las compran por trueque a barcos veleros que recorren la costa. Estas embarcaciones me recuerdan a las novelas de piratas de Salgari que leía en mi infancia.

 

Veleros ancestrales cargando mercancía en el puerto de Mahajanga

 

 

La última bahía en nuestra travesía fue en la que se encuentra el poblado de Mahajanga, donde esta magnífica costa nos despidió con el espectáculo de ver a cientos de lakanas salir al amanecer entre la neblina.

 

Cientos de Lakanas saliendo a la pesca

 

 

 

 

Texto y fotografías: Jaime Migoya von Bertrab
Instagram: jaimemigoya – Sitio: jaimemigoya.zenfolio.com

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Publicado en: Horizontes artísticos